CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
Las últimas semanas han mostrado en forma elocuente el mosaico de situaciones disímiles que imperan actualmente en América Latina, lo cual derriba las visiones hegemónicas de una problemática común y formas también comunes de resolverla.
A fórmulas mesiánicas cargadas de generalidades para diagnosticar y resolver los problemas, donde el "bolivarianismo" de Chávez es su expresión más representativa, se le contraponen otras cargadas de localismo político que son otra forma incorrecta de interpretar y resolver los problemas.
Pero de todos modos para buena parte de la región es cierto que lo económico es global, y al compás de eso se movilizan sus economías, y por otro lado lo político es estrictamente doméstico. Lo que importa aquí es el rédito de corto plazo o resolver las cuestiones propias de cada país, dejando de lado las visiones americanistas que visten de tanto en tanto los discursos de los líderes políticos. La región está fragmentada en sus visiones de cómo encarar el futuro. Y no es un hecho menor, pues equivocarse de ruta implica costos.
LA VISIÓN MEXICANA. Empezando por el norte, el ministro de Finanzas de México Agustín Carstens acaba de señalar que ese país con seguridad integrará dentro de veinte años el concierto de las naciones desarrolladas. El comentario no es menor, pues además de provenir de una figura relevante, refrenda una trayectoria que ese país comenzó hace más de una década, en función de una estrategia de aproximarse al mundo desarrollado en lo institucional y en lo económico. Su reforma política ha posibilitado transiciones democráticas que han sorteado con éxito etapas difíciles. El mejoramiento de la institucionalidad para dar transparencia al funcionamiento de sus mercados domésticos, sigue su curso, aunque hay que reconocer que queda mucho por hacer. Pero lo importante es que hay una visión de país donde la apertura de su economía, la independencia de la autoridad monetaria, la búsqueda del imperio de la democracia y la lucha contra la corrupción integran la práctica del menú de políticas. Todo eso le ha permitido ser el único país latinoamericano que integra la OCDE, club exclusivo integrado por economías desarrolladas.
MIRANDO AL SUR. El sur tiene áreas de sosiego, donde Chile y Perú son dos de sus exponentes más representativos dentro del concierto de las naciones más pequeñas. Uruguay integra también ese grupo, aunque de tanto en tanto sufre los sobresaltos que le impone la pertenencia a un bloque regional dominado por Brasil y Argentina, quienes tienen agendas armadas alrededor de intereses propios. En definitiva, como corresponde, aplican sin ambages en su política exterior el realismo necesario que se requiere para lograr objetivos domésticos, tanto sean políticos al servicio de la administración de turno como económicos.
Si miramos con un poco de atención lo que viene aconteciendo, se percibe que en ambos países, y en particular en Argentina, no están presentes visiones de largo plazo, sino resolver los problemas del momento, en algunos casos con fines políticos domésticos que nublan las perspectivas globales. Es justo reconocer que una condición necesaria para "hacer" es detentar el poder, pero cuando tal conducta se convierte en el eje de todas las acciones el concepto de supracionalidad que requieren ciertas políticas, sucumbe ante el peso de la realidad. Y de eso se trata cuando se habla de las conductas que deben imperar en el seno de un tratado como el Mercosur. Dos ejemplos recientes son elocuentes para mostrar el bilateralismo reinante que aplican sus socios mayores, en cuanto a sus compras de gas a Bolivia. Este país, asociado al esquema regional, es exportador neto del recurso. Siguiendo los maduros preceptos de la Unión Europea, el tema energético es básico, integra los cimientos iniciales del acuerdo y es un tema de valor estratégico. Pues bien, Argentina y Brasil, cada uno por su lado, arreglaron el tema con Bolivia y de acuerdo con la información disponible de manera diferente. Mientras tanto, otros socios como Uruguay miran lo actuado tratando de acomodarse lo mejor posible a lo acordado. Es así que Bolivia pretendía venderle a Brasil a un precio igual que al negociado recientemente por Argentina (pasarlo de U$S 4,20 a U$S 5 por millón de unidades térmicas británicas). Lo que logró en cambio fue la mitad de lo que aspiraba en principio. Eso se explica porque de la negociación surge que ese precio más alto solo se aplicará a mezclas especiales del fluido que reciba Brasil, que a lo sumo serán la mitad de los envíos. En definitiva, ambos acuerdos fueron negociaciones de presidente a presidente, donde el peso geopolítico de los participantes jugó en contra de un asociado minoritario. Pero más importante aun es que está fuera de agenda la estrategia energética de la región, lo cual hará que cada país deba recurrir a una propia que le asegure su oferta, lo que implicará sin duda costos de inversión y funcionamiento mayores. Otro ejemplo que muestra que el tratado de Asunción no es el mecanismo para eliminar asimetrías. Mirando hacia el horizonte, no se trata de compensar el intercambio comercial rubro por rubro, como en el caso del sector automotor en Uruguay, sino de crear las condiciones para montar plataformas productivas que nos posibiliten competir con el resto del mundo. Pues de aplicar esa lógica compensatoria de manera extrema, se podría decir que Uruguay tiene con la región un balance positivo en materia de turismo y otros servicios para lo cual debe adoptar medidas compensatorias. En realidad de lo que se trata es que el tratado no sea una fórmula de aceptar los costos del desvío de comercio. Lo ideal sería que fuera un instrumento para modernizar las estructuras productivas, de servicios y de logística de sus socios, facilitándoles su capacidad exportadora hacia los mercados del resto del mundo.
TENTACIONES Y ACIERTOS. En el caleidoscopio de realidades que muestra la región, han aflorado nuevamente las tentaciones de culpar al endeudamiento externo como generador de una deuda social, en otras palabras pobreza. Así es que el novel presidente de Ecuador Rafael Correa, anunció que su país necesitaba reestructurar su deuda externa por considerarla "ilegítima". Su ministro de Economía Ricardo Patiño insinuó una quita de entre el 40 o 60 por ciento, usando un esquema similar al aplicado por Argentina de la deuda neta total del gobierno central de 4.000 millones de dólares que no asciende a más del 30 por ciento del PIB. Lo interesante es que llamado en consultas uno de los artífices de ese esquema, Guillermo Nielsen, indicó que los costos de tal propuesta superarían con creces los beneficios esperados. De todas maneras el Ministro Patiño indicó que haría uso del período de gracia de 30 días para pagar un cupón del bono global 2030 que vencía en esos días.
Finalmente hubo un cambio de curso, anunciándose que se haría el pago en fecha, postergando en consecuencia la medida, para no abrir un nuevo frente en momentos de padecer una severa oposición doméstica por otros temas
Pero en esta saga de pasos que entendemos equivocados juegan también otros aspectos. Es así que el gobierno de Venezuela, mentor del Presidente Correa, hubiera incurrido en fuertes pérdidas de no mediar el pago. La razón es que estuvo vendiendo activamente seguros de cobertura de una cesación de pagos del gobierno de Ecuador. De todas maneras, analistas estiman que su posición inicial de 1.500 millones de dólares se ha reducido a una cercana a los 500 millones. De todos modos es una suma considerable, sin justificación para los intereses del pueblo venezolano.
De este episodio aun no terminado, pues los dichos ahí están y los compromisos quedan se pueden extraer algunas conclusiones.
A diferencia de episodios pasados, la dimensión del contagio en los mercados financieros parece estar ausente. La cotización del riesgo regional permaneció incambiada, confirmando que los inversores tomaron el hecho como una anomalía.
De todas maneras es una mácula, que puede encender luces amarillas en los mercados que se traducen en costos de financiamiento más elevados. O lo que es más temible, un agotamiento temporal de la liquidez, dificultando el financiamiento externo.
Nuevamente se hace necesario para toda la región autoasegurarse de esos eventos mediante la acumulación de reservas acopladas con operaciones de reperfilamiento de sus vencimientos.
Por último, corresponde mencionar que Belice está inmerso en un proceso de reestructura de su deuda aplicando normas legales contenidas en sus bonos conocidas como "cláusulas de acción colectiva". Estas permiten modificar los términos de los instrumentos mediante mayorías especiales de sus tenedores (generalmente 75%). Su inclusión comenzó en el 2003 con México, seguido por Uruguay en su operación de canje de ese mismo año El caso es relevante pues es la primera vez en la historia que se instrumentan esas normas en bonos soberanos emitidos bajo la ley neoyorquina.
Los mercados aceptaron la propuesta sin sobresaltos, mostrando la validez de un instrumento que quitará volatilidad a los mercados en eventos similares.
CONCLUSIÓN. En suma, el denominador común de la región es la fragmentación de propuestas. Más allá de lo que se diga impera el localismo político y de ahí se derivan sus visiones en el mirar y actuar hacia fuera. El error no es de ahora, sino haber pensado que iba a ser distinto. En consecuencia es que nosotros debemos actuar como nación.