JULIO PREVE
Es notorio que hay más de un Brasil. En un país de dimensiones continentales, en el que conviven culturas tan heterogéneas, parece natural que coexistan múltiples visiones en temas en los que la propia identidad regional deja huellas diferentes. Es lógico que los estados brasileños, influidos por sus distintas peripecias históricas, mantengan visiones diferentes sobre el propio papel que le cabe a Brasil en el mundo, sobre su modo de insertarse en las corrientes económicas y políticas internacionales, con quién alinearse, etc. A las diferentes circunstancias histórico-políticas en las que se catalizaron los estados debemos sumar su dispar éxito económico, y todo esto atravesarlo por las ideologías tan alejadas entre las que se distribuye el electorado del país.
El resultado de todas estas fuerzas de distinto sentido e intensidad es un caleidoscopio enorme en la sociedad, que tiene correlación alta con el modo cambiante de tomar decisiones de gobierno, tanto en materia internacional como interna.
DOS AGRICULTURAS. La agricultura en sentido amplio no es una excepción. Existe por ejemplo un Brasil que podríamos simplificar como el del agronegocio, asociado al venturoso porvenir del país como proveedor de alimentos al mundo. Es el Brasil que en lo internacional actúa plenamente como exportador, contrario a todo tipo de proteccionismos y distorsiones a la competencia comercial en la materia. Es el país que nos sorprende cada año por sus crecientes guarismos de exportación debida ésta no solo a cambios importantes en la productividad, sino a algo difícil de imaginar hoy fuera de Brasil: la conquista permanente de más y más frontera agrícola disputada a zonas supuestamente improductivas.
Coexiste con este Brasil que llamamos del agronegocio, que exporta más de 30.000 millones de dólares, otro Brasil compuesto por miles de productores pequeños, algunos de ellos muy pobres, genéricamente comprendidos en lo que se llama la Agricultura Familiar, también de enorme importancia política no sólo por su número y distribución geográfica sino porque muchas veces son el producto de reformas agrarias, de distribuciones de tierras procedentes incluso de la abolición de la esclavitud. Este Brasil de la Agricultura Familiar sostiene posiciones defensivas en materia internacional, preocupado más por la competencia en el mercado brasileño que por la solución de la pobreza a través del propio comercio internacional. Esta doble concepción, que se ha alternado en el poder en los últimos quince años, es lógico que genere problemas a los intereses sustantivos de Uruguay, tanto en sus expectativas de comercio con Brasil, como en la coparticipación con este país en posiciones sostenidas en el mundo.
DOS POLÍTICAS. Tan es así que coexisten dentro de Brasil estas dos visiones, que posee dos ministerios de agricultura: el MAPA (Ministerio de Agricultura Pecuaria y Abastecimiento) y el MDA (Ministerio de Desenvolvimiento Agrario). El primero comprende al agronegocio, y el segundo desarrolla las políticas de apoyo a la agricultura familiar incluyendo la administración de las ayudas derivadas del poderoso Pronaf (Programa Nacional de Apoyo a la Agricultura Familiar), que a la vez es parte del Programa Fome Zero. En este último ministerio se concentra hoy la posición internacional de Brasil en materia agrícola.
La preponderancia política interna de este ministerio se expresa además en el énfasis creciente que va cobrando la vieja política de garantía de precios. La misma supone la fijación de un precio mínimo que, además de determinar el monto de los créditos oficiales, establece un piso a la comercialización. Si el precio de mercado no lo alcanza, se desencadenan varias intervenciones como el crédito oficial para retener la cosecha, lo que puede culminar con la compra por parte del gobierno federal de las producciones. Esta política, totalmente incompatible con la libre circulación, se había mantenido limitada a unos pocos rubros de producciones regionales, y con precios en general inferiores a los de mercado. El gobierno Lula relanzó esta política ampliando su financiamiento y alcanzando otros rubros, en un proceso todavía incipiente, pero que en los agricultores determina crecientes presiones para intervenir oficialmente ya sea en los precios, ya sea limitando el comercio cuando se trata de rubros próximos a la autosuficiencia como el arroz y los lácteos.
La tensión entre estos dos ministerios se expresa todos los días en los énfasis que implican también posiciones internacionales difícilmente compatibles. De esta tensión permanente surgen las decisiones internas referidas a los montos, la naturaleza y la extensión de los diferentes mecanismos de intervención.
BRASIL EN LA OMC. Líder junto a China e India del G 20 que propició algunas instancias que destrabaron la negociación, el vecino país ha venido dando mayor relevancia a su éxito político que a lo que parecen ser sus sustantivos intereses económicos, los que en materia agrícola uno tiende a pensar que se deben asociar a su vocación exportadora de alimentos en cantidad y calidad para el mundo entero. No obstante, por la necesidad de mantener su alianza con países como China e India, totalmente defensivos en materia comercial, suma a sus demandas por apertura de mercados de los países desarrollados, posiciones muy defensivas para su mercado interno. Es otra vez la tensión entre los dos enfoques: una más afín al grupo de Cairns, otra destacando más los alcances del trato especial y diferenciado para los países en desarrollo, aceptando limitaciones al comercio para productos especiales —por ejemplo los de la agricultura familiar— o incluso la adopción de salvaguardias agrícolas en casos de simples aumentos de importaciones o descensos de precios.
Las posiciones defensivas que en materia comercial agrícola —en la OMC y en otros foros— sostiene hoy Brasil, suponen una inclinación de la balanza hacia estos enfoques.
SOBERANÍA ALIMENTARIA. Tengo en mi poder un documento del Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Consea), organismo asesor del Presidente que está integrado por todos los ministerios vinculados a la temática de producción y consumo de alimentos, Itamaraty, así como algunas organizaciones no gubernamentales conocidas por sus posiciones contrarias al libre comercio. En este documento se desarrolla el concepto de soberanía alimentaria, más retrógrado que el de seguridad alimentaria, y del que jamás había oído hablar. Por seguridad se entiende el derecho de producir alimentos propios para abastecer toda la demanda doméstica, priorizando la oferta propia sobre el comercio. Si bien es notorio que hoy en día la seguridad es más clara con el comercio que con la producción propia, uno puede entender quizás que un país con hambre, con muchos millones de habitantes, esté dispuesto a pagar cualquier precio para lograr abastecerse. Es el enfoque de la política agrícola europea de la posguerra.
Pero el concepto de soberanía alimentaria va mucho más allá; establece que las importaciones no deben entorpecer las políticas domésticas de abastecimiento, de modo de preservar la importancia socioeconómica, cultural y ambiental de la producción propia de alimentos. Es el paroxismo del encierro económico.
Es posible que este tipo de posiciones no tenga demasiado futuro; pero entretanto pueden afectar los intereses sustantivos de Uruguay y el Mercosur. Éste, en lugar de verse como un espacio aduanero único de competencia entre agentes económicos, sin referencia a su nacionalidad y con sujeción a reglas comunes, es visto por Brasil y crecientemente por Argentina, como un modo negociado de complementar las producciones locales, eficientes o no. Se cambia el derecho a importar 500 heladeras por el de exportar mil pares de zapatos. Por cierto esto no tiene nada de unión aduanera y la teoría económica ya ha laudado lo que significan estos intercambios de ineficiencias bilaterales en términos de sacrificio de bienestar general.
NUEVO ESTATUTO. Con un Brasil con estas posturas externas, incluyendo las sostenidas en el Mercosur agrícola, se hace necesario repensar un nuevo estatuto de relacionamiento con este país, cuyas posiciones se van alejando cada vez más no sólo del Mercosur tal como se lo firmó de libre circulación, sino de nuestros intereses más inmediatos. Con una política interna determinada por la autosuficiencia para lograr abastecimiento con oferta propia; con ayudas a la producción de creciente intensidad; con posiciones no muy fuertes en materia de disciplinas para el comercio agrícola cuando ese vecino u otros países análogos son importadores; con el abuso de la agricultura como argumento para no hacer arreglos con los grandes, que en muchos casos nos pueden ser de utilidad; con toda esta realidad golpeando a nuestra puerta, solo parece haber dos caminos: empezar a recorrer un nuevo estatuto de relacionamiento, o esperar a que otro Brasil —que existe sin duda— se alterne en el manejo de estos temas vitales para nosotros.