CARLOS STENERI, DESDE WASHINGTON DC
Por razones diferentes Argentina y Brasil no se han posicionado correctamente para recoger con plenitud los efectos de una coyuntura internacional excepcional. El rebrote de la inflación, como corolario de una política económica desarrollista a la usanza de los años sesenta, signa los acontecimientos en el primero de los países citados.
Por su lado, el gran vecino norteño está sumido en una crisis política, cuyo detonante ha sido la exposición a la luz pública de prácticas de corrupción en el seno íntimo del gobierno.
Ambos hechos tienen, entre otras cosas, un costo que se descarga sobre sus niveles de crecimiento futuros, presionándolos a la baja, alejando así la posibilidad que ambos países incursionen en sendas de crecimiento de mediano plazo robustas alimentadas por la bonanza externa.
INFLACIÓN. La experiencia empírica demuestra de manera inequívoca que la inflación es un lastre para el crecimiento económico y fuente de desigualdad social. Argentina se ha sumergido en un sendero de política económica que lo conduce irremediablemente hacia ese resultado. El propósito de conservar el peso argentino depreciado con respecto a su nivel de equilibrio para mantener la competitividad externa ha llevado a una expansión excesiva de la base monetaria. Esto ha permitido que el peso argentino hoy esté subvaluado, en términos reales, entre el 17%-20% ponderado con su canasta comercial externa.
Esta opción de política es la respuesta del Ministro Lavagna a los experimentos fallidos del pasado, en los que la sobrevaluación cambiaria fue una de las antesalas permanentes de las crisis profundas que presenció ese país. También es una manera de apostar hacia el sector transable, verdadera locomotora de arrastre de la economía y fuente básica de ingresos. Los impuestos a las exportaciones equivalen prácticamente al superávit primario de las cuentas fiscales.
Pero eso no es una justificación para ubicarse en el otro extremo del espectro, manipulando el tipo de cambio. La distorsión de variables reales, en este caso una de capital importancia como el tipo de cambio, tiene también efectos reales negativos de consideración. En este caso más inflación y menor crecimiento económico.
Los hechos recientes muestran que la inflación subió en julio en términos anuales al 9.6%, desde un nivel del 2.2% anual en febrero de 2004. Pero lo más importante es que la misma se viene acelerando, alimentada por la expansión monetaria necesaria para financiar la intervención cambiaria, cuando la propia economía se halla cerca del límite de disponibilidad de capacidad ociosa y la inversión se encuentra estancada. Esta combinación irremediablemente genera expansión del consumo, presiones inflacionarias que alimentan la caída de la demanda de dinero fortaleciendo a su vez el empuje inflacionario y un deterioro de las cuentas externas. Para enrarecer ese escenario, aparece una situación de inflación reprimida por vía de precios administrados de la energía y los servicios públicos, que más temprano que tarde deberá corregirse para evitar dificultades en su oferta. Y por encima de ese escenario, la desaceleración del ritmo de crecimiento del producto, con todas las implicancias que esa dinámica trae sobre las cuentas fiscales.
Con esa constelación de hechos, es muy probable que la trayectoria de los precios se dispare, presentándole a la administración un dilema de compleja resolución. En este escenario probable el empleo exclusivo del freno fiscal a través de mayores impuestos —la disminución del gasto no luce probable— es insuficiente. Una política monetaria restrictiva es su complemento necesario a través de un aumento de la tasa de interés nominal, hasta que ésta se haga positiva en términos reales, todo lo cual implica por definición el abandono de la intervención en el mercado de cambios.
Por la vía de la mayor inflación que la intervención cambiaria no puede compensar, o por medio de la contracción monetaria para abatir la inflación el tipo de cambio real irá a su meseta de equilibrio.
El comportamiento de la economía real ya muestra signos de desaceleración en medio de niveles de inversión declinantes a partir del primer trimestre de 2005, quebrando así la tendencia creciente de trimestres anteriores. Más aún, la construcción viene ganando ponderación en ese total, lo que implica que el efecto de la inversión sobre la mejora de la productividad global de la economía decrece.
Una comprobación es que el producto viene creciendo en el mediano plazo sólo al 3%-4% en términos anuales, si se deduce del guarismo proyectado para 2005 (7%) el arrastre estadístico del año 2004 (3.5%). Si se toma en cuenta que el exceso de capacidad instalada se está agotando, ese guarismo podría ser menor.
La salida de esta encrucijada se resuelve mejorando la competitividad global de manera genuina, siendo la inversión una de sus vías. Una vez más la tozudez de los hechos muestra que el ahorro doméstico no es suficiente para financiar niveles más elevados de inversión. En eso, es obvio que un marco adecuado para su afianzamiento constituye una condición necesaria. Hasta el momento los hechos han demostrado lo contrario. Nuevamente el despojarse de estereotipos y posturas ideológicas al respecto parece una postura difícil. Pero no queda otra alternativa.
LA CORRUPCIÓN. Hasta ahora el comportamiento de la economía brasileña parecía un caso de texto.
Durante el último quinquenio sus fundamentos macroecónomicos y sus indicadores de vulnerabilidad externa han venido mejorando sustancialmente.
Cierres fiscales estrictos, acoplados con la mejoría de su balanza de pagos, quedaron plasmados en una senda de superávit primarios crecientes (superiores al 4% del PIB) y saldos positivos de su cuenta corriente (2% del PIB) a pesar de recibir saldos crecientes de inversión directa externa. A eso se agrega un aumento considerable del grado de apertura de la economía, que hace que las exportaciones ayuden a liderar su crecimiento.
Brasil se ha hecho menos vulnerable a los impactos externos por diferentes vías.
La exposición neta en moneda extranjera del país ha caído en casi 85.000 millones de dólares, como resultado de una disminución de la deuda externa privada, un aumento de las reservas del Banco Central y una mejora en la posición neta en divisas del sistema financiero. Además, la deuda pública en dólares es sólo el 4% del total y casi el 24% está contratado a tasa fija.
El corolario de esta situación eran proyecciones de aumentos crecientes del producto —3.9% para 2005 y 4.2% para 2006— en un contexto de inflación controlada, que mostraban que el vecino del norte se había desprendido al fin de su letargo dentro de un ámbito más amistoso para intentar recuperar el tiempo perdido en materia de crecimiento.
Los sucesos de público conocimiento han dislocado en buena parte ese escenario, resultado del buen manejo macroeconómico de sus administraciones.
Si bien se descarta casi de plano que Brasil se vea afectado por una crisis de magnitud, hay consenso en ajustar a la baja las proyecciones de crecimiento del producto. En este sentido se pronostica para el año próximo un aumento del nivel de actividad del 2.5%-2.7%, lo que constituye una caída significativa.
Es la prueba empírica del costo de la corrupción, que no es más que una falencia institucional alimentada por varias fuentes. Y esto ha sido una dimensión descuidada en la teoría del crecimiento, o mejor dicho recién incluida como una de sus variables explicativas. Buenos marcos institucionales son un ingrediente esencial para lograr crecer más.
En la mayoría de estos casos, lo que hay son incentivos o falta de desincentivos para explicar esas conductas delictivas. La vigencia de condiciones de transparencia y la existencia de penalidades claras de aplicación expedita son algunas de las condiciones necesarias para frenarlas. Su búsqueda y puesta en marcha son una tarea constante en todas las sociedades.
Por último una nota de advertencia. Que esto sirva como catapulta para instrumentar las acciones necesarias que ayuden a evitar su reincidencia. Pero que no se constituya en un elemento de autoflagelación, porque episodios recientes en el mundo desarrollado (Enron, Worldcom) muestran que estas prácticas son más corrientes de lo pensado.