IGNACIO ÁLVAREZ
La vida es siempre una experiencia oscura, dura, dolorosa; una pesadilla. La única manera que se puede sobrevivir es si uno miente; se miente. Si no, la vida se vuelve insoportable.
La afirmación la hizo Woody Allen, y como tal es exageradamente pesimista; pero al mismo tiempo provocativamente aguda, revulsiva e inteligente. Y si no amerita ver su última película, quizás al menos invite a una sincera y valiente introspección.
Convengamos en que hay vidas y vidas; pero concordemos también en que son muchos los que se sienten insatisfechos con las existencias que llevan. También están los que se dicen felices, pero mienten o se mienten a cara de perro; y los que ni siquiera se animan a plantearse la pregunta, por temor a la respuesta.
Claro que tener una vida plena no supone andar las 24 horas con una sonrisa bobalicona dibujada en el rostro, y necesariamente nuestro pasaje por este mundo estará conformado por momentos buenos y malos. La felicidad no es sinónimo de algarabía perpetua (que además de imposible, es más un síntoma de consumo de algún ácido o sucedáneo). Pero aún con esa salvedad, para Allen triunfa con creces el sinsentido, y al comienzo de su última película cita al Shakespeare de Macbeth: "La vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, y que nada significa". Un film que no en vano alude a la muerte desde su título: You will meet a tall dark stranger, aunque en español llegará con el título de "Conocerás al hombre de tus sueños".
La película -para variar- gira en torno a las peripecias de un grupo de parejas en crisis, sus engaños y fantasías frustradas, dejando un sabor final amargo, similar al de Vicky, Cristina, Barcelona. Los personajes de la cinta son un escritor frustrado (Josh Brolin) que se enamora de su vecina a la que ve en la ventana (Freida Pinto); la suegra de éste (Gemma Jones) que cree en videntes, y el esposo de ésta (Anthony Hopkins) que la abandona y se casa con una chica escultural (Judy Punch) que lo traiciona con un entrenador de un gimnasio. A la esposa del escritor (Naomi Watts) le gustaría tener un romance con el propietario de una galería de arte (Antonio Banderas) que a la vez tiene un amorío con una artista que le ha presentado Watts.
Es que en el universo sentimental del veterano cineasta, el amor ocupa un rol importante pero efímero, y más que un proyecto vital es un paliativo mundano; y más que pureza y entrega es bajeza y egoísmo. En palabras de Allen: "La felicidad depende del grado de habilidad que tengas para el autoengaño. En ese sentido, el amor es el principal mecanismo de supervivencia que nos ha dado la Naturaleza". Y en ese sentido, no tiene pruritos en reconocer lo justo y necesario de "vivir de ilusiones y mentiras".
La pregunta inquietante es: ¿serán éstos los desvaríos de la alocada mente de un excéntrico y septuagenario director neoyorquino? No lo sé. Lo que sí sé es que la semana pasada, café de por medio, le pregunté a un respetable sexagenario montevideano a cuántos maridos fieles conocía, y su respuesta fue "a ninguno".
Pero quédese usted tranquilo/a, amigo/a lector/a; y antes de tirarle el diario por la cabeza a su pareja -o de esconderlo bien lejos de su alcance, según más le convenga-, piense que seguramente mi contertulio fuera otro alocado y excéntrico veterano. (¿O será acaso que usted es de los que gusta vivir en el mundo de las mentiras e ilusiones?)
Como sea, aún así, para Woody Allen la vida es una tortura a la que estamos enganchados. Y asegura que su existencia es una agonía continua, pero que si le atracaran en un callejón oscuro a punta de pistola, se pondría de rodillas ante su ejecutor para que le dejara seguir viviendo.
Seguramente todos reccionaríamos igual: la cosa es para qué. igalvar71@hotmail.com