CARLOS TAPIA
Lo más grave es la muerte de un ser querido. Le siguen los divorcios. Y, en tercer lugar, no hay nada peor para el estrés que las mudanzas. Al menos así lo sostiene la psicología. Cuando Eugenio cayó en la cuenta de que su contrato de arrendamiento se vencía en apenas un mes, lo primero que hizo fue tratar de renovarlo. Llamó por teléfono a la administración del edificio y preguntó, con graciosa inocencia, si le realizarían algún tipo de reajuste. La respuesta retumbó en sus oídos: "Bueno, viste que todo está más caro… Y ese es un lindo apartamento, con dos habitaciones. Te quedaría en 9.500 pesos más los gastos comunes… Hola, hola… ¿Estás ahí?". Sí, estaba, pero la sorpresa le quitó el habla. Quedó durito con la oreja pegada al tubo. Casi 20 segundos después, al fin respondió: "OK, cualquier cosa te llamo, pero me parece medio caro". Carísimo, considerando que hasta ese entonces pagaba $ 5.000.
En ese instante comenzó su travesía. Sabía que, por buen pagador, tenía un año de prórroga para buscar su nueva morada antes que el cedulón de desalojo se deslizara bajo su puerta. Paso uno: Eugenio se compró el diario del domingo y un marcador rojo. Paso dos: dibujó un círculo alrededor de los avisos que promocionaban sus posibles destinos. Paso tres: tomó el teléfono y habló con decenas de propietarios e inmobiliarias. Paso cuatro: vio uno, vio dos, vio tres, vio decenas de apartamentos. Uno le gustó, pero le dijeron que otras tres personas estaban interesadas, y que ellas tenían prioridad. "¡¿Entonces por qué me lo muestran?!". Es que las inmobiliarias llevan potenciales clientes hasta el día de la firma del contrato.
Le gustaron otros. Pero pedían garantía de ANDA o Contaduría; él tenía de propiedad. La aventura continuó. Visitó los más desastrosos sucuchos: vio paredes derruidas por la humedad, canillas rotas, techos altísimos y demasiado bajos; vio, con seguridad, lo peor. Un pariente dijo tener la solución. "Una amiga alquila un apartamento". Era lejos, muy lejos. ¿Lejos de qué? Lejos de todo. No era feo. ¿El problema? El único cuarto que tenía era ciego -sin ventilación-. De todas formas, los creativos propietarios le habían colocado una ventana a la alcoba que habilitaba la entrada a la luz del living. Con esto la habitación se convertía en una suerte de casa del Gran Hermano, visible a todos quienes estuvieran en la vivienda. Le pareció morboso y dio el "no".
Los precios también se convirtieron en un problema. Se dio cuenta que pagar $9.500 por una apartamento de dos habitaciones, en realidad, no era un disparate. Comenzó buscando viviendas con esas comodidades, luego se pasó a los que tuvieran tan solo un cuarto, y después cruzó la línea: la tinta roja se empezó a deslizar sobre los avisos de ¡monoambientes! Luego de meses, al fin, encontró un lugar. "Es muy chico", apuntó con cara de asco una tía que oficiaría de garantía. Él hizo caso omiso y dijo: "Lo alquilo". De inmediato, la inmobiliaria le dio una lista de requisitos.
-Necesitás: tres referencias laborales y tres personales, el último recibo de sueldo tuyo y el de tu garantía, y de ésta un certificado notarial que indique que la propiedad le pertenece; además tenés que pagar nuestra comisión, que equivale a un alquiler: $ 6.200 por un apartamento de 25 metros cuadrados. A esto él le debía sumar todos los meses entre 1.000 y 1.100 pesos de gastos comunes.
En un par de días consiguió un escribano -la documentación tenía un costo de $ 870, más un timbre profesional de $110-. Mientras se encargaba de esto la inmobiliaria le hizo insistentes llamadas: "¿Cómo vas con los trámites? Cuando puedas andá trayendo el dinero, porque mientras no lo hagas lo seguimos mostrando". Puesta la rúbrica pensó que la cruzada llegaba a su fin y que tan solo restaba mudarse. Sin embargo...
CASA NUEVA. "Hola, necesito un camión de mudanzas para el sábado". Eugenio dijo la misma frase decenas de veces antes de encontrar una empresa disponible para ese día. Debían recoger las pertenencias de su casa, luego llevar una parte de ellas a un depósito y recién después ir rumbo a su flamante apartamento. El costo del operativo, "en un camión con tres peones: $ 3.500".
En las mañanas, antes de ir a trabajar, y en las noches, a su regreso, se dedicaba a preparar todo para el gran día. Conseguir dónde embalar las cosas no es asunto fácil. "Sabés qué pasa, ahora todo viene en cajas chicas. Y las pocas que hay se las llevan los recicladores", le dijeron en un supermercado. Insistió en varios lugares y consiguió juntar algunas.
La ropa decidió guardarla en valijas. Descubrió pantalones, camisas y remeras de origen desconocido. Lo mismo le sucedió a la hora de ordenar -o desordenar- el escritorio. Halló infinidad de papelitos: algunos con números de teléfono sin remitente, otros con apuntes indescifrables. También vio mezclados repartidos de Historia y Sociología de la facultad, con los de Matemática A de quinto de liceo. Con las bibliotecas le pasó lo mismo. Tuvo en sus manos textos que jamás en su vida había visto. Y descubrió otros que nunca se dignó a devolver.
Al principio se había propuesto mantener un orden a la hora de "desarmar" la casa. Pero cuando empezó a hacerlo todo, inevitablemente, se comenzó a desordenar. Pilas de libros al lado de las de platos. Ropa tirada en el sillón del living, sobre cajas y electrodomésticos. El polvo copó cada rincón. Del piso parecían emerger papelitos, tornillos, pelusas y hasta vidrios. También, por todos lados, había partes de muebles que debió desarmar para trasladar.
En medio de este desastre pidió a UTE que le diera el alta a la luz de la nueva morada. "Vamos a pasar el lunes, martes o miércoles en la franja que va de 10 a 16 horas. Le avisamos para que haya alguien en el apartamento. La conexión tiene un costo de 757 pesos.", dijo la mecanizada voz de la telefonista. "Pero yo trabajo. Además vivo en un octavo piso, no tienen porqué entrar", replicó. Poco importó su queja. Un día debió molestar a su padre, otro a su hermana y el otro a su abuela, para que se quedaran en su futura casa. Finalmente hicieron la conexión desde afuera del edificio.
Por teléfono también consultó a UTE cómo darle de baja a la luz de su viejo apartamento. "Tiene que venir con su cédula y el último recibo pago", le dijeron. Al otro día, a las nueve de la mañana, ya estaba en una de las oficinas del ente; a las 10:33 lo atendieron. "Necesito su documento, el último recibo pago y lo que marca el contador al día de hoy", le dijo la empleada, sin mirarlo a los ojos y antes de esbozar, sin vergüenzas, un bostezo. "Pero eso no me lo dijeron…". Antes que terminara de replicar, la funcionaria lo interrumpió: "Sin eso no puedo hacer el trámite". Al otro día miró el contador y fue a UTE. Lo atendió la misma persona. "¿Se acordó de traer todo hoy?". Se mordió los labios y le dio los papeles.
En Antel sí que saben hacerse rogar. Eugenio estuvo 23 minutos reloj con la musiquita en la oreja -en realidad al minuto 16 una voz levantó el tubo y lo derivó a otro interno-. Quería averiguar cuál era el precio para el traslado de una línea telefónica ($ 804) y del ADSL ( equivale a una cuota). Decidió devolver la línea y hacer, gratis, otra vez el trámite de conexión. La estrategia le hizo ahorrar unos pesos, pero le trajo algunos dolores de cabeza.
No importa a la hora que se vaya a las oficinas de Antel, siempre hay gente, y mucha. El primer día fue a las nueve de la mañana. Llevó consigo el contrato de alquiler para pactar la nueva conexión y el Modem para devolver el ADSL. "Ay, pero te falta la fichita que conecta el aparato con la línea de teléfono". Al otro día llevó todo más "la fichita". "Ay, te puedo aceptar la devolución de la línea y del ADSL, pero me es imposible hacerte la nueva conexión. El inquilino anterior tenía una deuda y necesitamos un certificado notarial que documente la fecha desde que vivís ahí". Al tercer día llevó el certificado. "Ay, pero la promoción de Internet que querías se terminó hoy. Te ofrecemos esta, que es más cara, pero tiene las mismas ventajas". Aquí sí pudo coordinar para que la instalación la hicieran en un horario en que él pudiera recibirlos, aunque recién dentro de tres semanas.
El sábado a las 11 de la mañana, ¡al fin!, llegó el camión de mudanzas. Desde la ventana le pareció que era chico. Y era chico. El último mueble, un antiguo tocadiscos que supo ser de su bisabuelo, entró gracias a que una mitad sobresalió hacia afuera del transporte. En la primera escala una araña de techo cayó al piso y se destrozó. Para ese entonces poco le importaba lo que sucediera. Ya en su apartamento, Eugenio sacó de su bolsillo una mapita a escala con el objetivo de que los muebles fueran puestos en su sitio definitivo. Esto no pasó. A medida que entraban las cosas el lugar se convertía en un caos, casi peor al que se formó en su anterior morada. Y todo se complicó cuando la heladera no se dignó a entrar por el ascensor. Entre los peones del camión que juraban que era imposible subirla y el portero del edificio que explicaba casi a los gritos que el horario de mudanzas había terminado, Eugenio ya tenía los nervios de punta. Por suerte a uno se le ocurrió quitarle las puertas y de esta manera esta pudo subirse por el ascensor.
La peripecia casi llega a su fin, aunque Eugenio deberá tomarse quince días para ordenar el desastre que lo rodea. Como puede deja libre un rinconcito del sillón. Piensa en tomar una bebida fresca y encender el televisor. Pero la heladera aún está desenchufada y la tele, que supo tener cable, ahora no cuenta ni con una mísera antena. En fin: ¡hogar, dulce hogar!
"Puedo llegar a sufrir depresión, ansiedad, insomnio e irritabilidad"
Hay dos tipos de mudanzas: las que se realizan por obligación, y las que se hacen por placer. De la misma manera hay dos tipos de estrés: negativo y positivo. Así lo explica la licenciada en Psicología y magíster en Terapia de Conducta, Mariela Golberg.
"Una cosa es que yo me mude porque voy a un lugar más bonito. Es obvio que tengo un estrés porque soy exigida a realizar una movida de todo el entorno. Sé que no me tengo que olvidar de nada. Que tengo fechas que cumplir. Y después tengo que hacer ese movimiento a la inversa cuando llego al otro lugar. De todos modos, estoy ante un estrés positivo, porque todo lo que hago es para mejorar. Es como cuando uno estudia para un examen. Pero hay otras mudanzas, en distintas circunstancias, que tienen un contenido de estrés que es negativo. Es el caso de una migración. O cuando me veo obligada a irme a otro lugar por un problema económico, por ejemplo", detalla la especialista.
Golberg explica que el estrés se divide en eustrés y distrés. "El primero es cuando me siento bien. Cuando la exigencia me permite crecer, desarrollarme, hacer cosas nuevas. Y el segundo es el que a veces se torna grave. Puedo llegar sufrir depresión, ansiedad, insomnio e irritabilidad".
La licenciada sostiene que lo que más estrés ocasiona en el caso de las mudanzas es el problema de tener que cumplir con fechas tope. "Tenés que hacer a veces más allá de tus posibilidades", señala. "Además, todo lo que es desarmar una casa y al mismo tiempo vivir allí es problemático. Lo cotidiano se vuelve estresante. Terminás, por ejemplo, comiendo con las manos porque está todo embalado. Y la tolerancia es menor. Se te rompe algo y es todo un drama", agrega.
-¿Cómo se evita el estrés que generan las mudanzas?
-Hay que entender que las cosas ocurren. Yo tengo muy poca posibilidad de actuar ante lo que está planteado en el mundo. Sobre lo que sí tengo incidencia es sobre mí mismo. Tengo que considerar mis capacidades. Ponerme, por ejemplo, objetivos más razonables. Aprender a usar el día y no hipotecar el presente por lo que todavía no está. Hay gente que vive tensa y nerviosa por el futuro. Tengo que invertir en mí, para aprender a detectar determinadas señales de que yo funciono de tal manera. Una vida sin estrés no existe. Y tampoco tiene que ser necesariamente buena, porque el estrés también me permite avanzar.