IGNACIO ALCURI
En toda sociedad hay temas reñidos con las convenciones sociales. Asuntos que solamente se conversan en sótanos oscuros o en la complicidad del lecho matrimonial.
Éstos varían en cada territorio, y actividades tan comunes como alzar un brazo para detener el ómnibus pueden ser penadas con la muerte del otro lado del planeta.
En las Islas Fuji, por ejemplo, está prohibida toda mención a los pies. Cuando nace un niño, lo primero que se le hace -aún antes de cortar el cordón umbilical- es cubrir sus piececillos con bolsas de plástico opacas para que nadie vea esa desagradable parte de su cuerpo. Las zapaterías están controladas por el Estado y solamente se comercializan calzados cúbicos que ocultan hasta la última curva.
Cuentan que en aquel archipiélago, a mediados de los 70, hubo un candidato político que corría con gran ventaja en las encuestas y perdió las elecciones por decir la palabra "¡juanetes!" luego de golpearse la cabeza contra el marco de una ventana.
La policía tuvo que evitar que una multitud enardecida lo linchara.
En Europa Oriental existe otro caso muy particular. Mientras ciertas religiones del mundo prohíben las representaciones de Dios, como pinturas o esculturas, la Iglesia Punticana de Moldavia fue un paso más allá y no permite siquiera pensar en el creador del cielo y la Tierra.
Allí los templos están equipados con enormes parlantes que transmiten heavy metal a un volumen altísimo, para que los fieles no puedan concentrarse. Y los altos mandos del clero recorren la ciudad realizando tomografías computadas al azar, asegurándose de que no haya infieles osando pensar en el Padre.
Por Uruguay también sabemos de tabúes. A principios del siglo pasado había que bajar a la playa de bigotes, porque mostrar el pequeño rectángulo de piel que se encuentra entre la nariz y la boca era un pecado mortal.
Con el tiempo esto fue cambiando, y se acabaron los temas que no puedan conversarse con los nenes mirando traseros aceitados por televisión. El último de los "intocables" víctima de la sociedad libertina fue el intestino grueso.
Hasta hace pocos años, el interior de una persona era la frontera final. El vecino podía juzgarlo por lo mal que se vestía o por esa bandera de un partido político que tenía colgada en el balcón, pero cualquier elemento que ingresara al organismo era un asunto de la mayor privacidad.
Todo comenzó a cambiar con la difunta Ana María Campoy, quien nos decía que "no pasaba nada". Y hoy en día la tanda publicitaria está llena de anuncios que utilizan a la ligera expresiones como "tránsito lento" o "constipación".
Como si a uno, que fue criado en una familia de valores tradicionales, le guste ver por la tele imágenes computarizadas de las tripas de cualquier desconocido.
Quienes actúan en esas piezas suelen poner cara de circunstancia, colocando una mano sobre el abdomen y moviéndola hacia abajo, como deseando que aquellas funciones (íntimas) vuelvan a la normalidad.
Algo de lo que sólo debería preocuparse cada uno o a lo sumo conversarlo en un sótano oscuro o el lecho matrimonial.
En el futuro no se extrañe si las personas utilizan los baños de casas ajenas para expulsar sus desechos, en lugar de aguantarse hasta volver a la capilla de mármol en lo más recóndito de su propio hogar, en donde corresponde comulgar con el saneamiento sin que otra persona en el mundo se entere. Qué tiempos aquellos.