El motor inagotable

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Terminé de leer el cuento y la conexión con otro cuento que había leído, de otro autor, era evidente. No había ninguna oración igual, ni siquiera una coma, pero estructuralmente hablaban de lo mismo de la misma forma. La posibilidad de que se hayan copiado era imposible. Planificando un índice para una investigación, un amigo encontró un texto que tenía casi el mismo índice que él estaba ideando. No había forma de que fueran copiados, de hecho ni siquiera compartían el idioma. Pero eran dos enfoques totalmente unidos.

Cuando una persona le cuenta un libro o una película o un viaje a otra persona, es muy probable que esta última conecte el relato con algo que haya visto, leído o visitado. Y esa conexión no es arbitraria, es la prueba de que todo se vincula más allá de nuestras intenciones. (Esta vinculación que evidencia que las ideas floten en el aire y las preguntas son comunes, tiene el defecto del plagio, que es un delito sobre los derechos de autor. Al ver los puntos de conexión, el plagiador se dedica a copiar idénticamente lo que debería ser un estímulo para la creación propia. Y más allá de la pena que le corresponde, su delito es una prueba de las preguntas compartidas).

El estudio de la filosofía nos sumerge en este misterio de compartir preguntas con personas que vivieron siglos y milenios antes que nosotros. La docencia es probablemente el ámbito más privilegiado para comprobar esta cooperación de la humanidad. Un niño, un joven o un adulto hace una pregunta vieja pero que también es propia. "¿Por qué le llamamos "mesa" a la mesa? ¿Por qué no le decimos… yo que sé… de otra manera… o el espejo, ¿quién le puso el nombre de espejo?" Esta pregunta de un estudiante en 2007 se la hizo Platón en el año 359 antes de Cristo. Escribió al respecto un diálogo que se titula "Cratilo". Hace 2.367 años, repito, 2.367 años, hubo alguien que se hizo la misma pregunta. En su mundo no había teléfonos, autos, aviones, ventiladores, softwares, calculadoras, hospitales, periódicos, championes, florerías, discotecas, bombitas, veredas… pero había "algo" que lo conecta con nuestro tiempo.

Ese "algo" es el asombro, la simple admiración por lo que es. Ése es el motor de la humanidad. Sin asombrarnos, sea por la belleza o por la injusticia, estaríamos paralizados. El aburrimiento es la pérdida de esta capacidad de sorpresa. Los griegos se asombraban ante el espectáculo inabarcable de la naturaleza y se hacían preguntas. Y se las hacían justamente porque era inabarcable, múltiple, infinitamente estimulante. Del otro lado, el tedio, es una injusticia con uno mismo y con el mundo. Claro que todos tenemos el derecho a sentirnos aburridos, pero mejor hacer el análisis contrario, es decir, que es un deber no aburrirse. Falso que vivimos la era de los múltiples estímulos y eso incrementa el aburrimiento debido al exceso de cosas para hacer. Desde que el ser humano habita la tierra los estímulos se desbordan y exceden nuestra capacidad de disfrutarlos todos. No hay argumento que justifique el hastío.

El asombro nos impulsa a incidir en ese mundo que admiramos y las formas de hacerlo son tan imprevisibles como asombrosas. Desde la organización política hasta el garabato en la servilleta, pasando por las leyes, los puentes, las artesanías o la limpieza que vuelve nuevo lo viejo. Lo que hacemos por estar asombrados se convierte también en asombroso.

Compartimos el mundo no sólo con nuestro seres cercanos y ni siquiera con los seres humanos que viven hoy, lo compartimos con todos los que vivieron antes, a los cuales les debemos un rezongo por todo lo que queda por hacer y una guiñada por lo que hicieron. Los muertos están llenos de novedades para arrancar.

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