IGNACIO ÁLVAREZ
En Chile se siguen sintiendo réplicas del terremoto, y los temblores que antes eran habituales, ahora ponen nerviosos a todos. El jueves pasado, Nacho Kliche -que está viviendo allá- me contaba en la Radio su dramática peripecia cuando el sismo lo agarró en la propia ciudad de Concepción: "El primer cimbronazo me tiró a seis metros de distancia, y durante varios minutos fue lo más parecido a meter un insecto en un frasco y zarandearlo para todos lados", explicó. Y describió la caótica escena de cientos de personas corriendo en la noche, intentando alcanzar la cima de un cerro para zafar de la temida ola gigante.
Una semana después del sismo, un conocido me mostró un SMS de una amiga chilena, que le contaba de su preocupación porque "aún no tengo noticias de los míos". Cuando le pregunté de qué parte de Chile era su familia, me dijo "de Concepción". La peor respuesta que alguien puede esperar.
Ayer, un tío mío vinculado a los vinos, y que conoce muy bien al país trasandino, me comentaba que a raíz del terremoto se perdieron 112 millones de litros de vino chileno. Al partirse las piletas, un 12% de la producción 2009 se fue a la tierra. "Pero los chilenos van a salir", me comentó con absoluta seguridad. Y seguramente sea así, a juzgar por lo que ha sido el imponente crecimiento de ese país en las últimas décadas, ubicándose a la vanguardia de América Latina. Porque los chilenos hicieron el "clic" hace ya mucho tiempo, desde su apertura económica hasta su madurez política, pasando por el fútbol, donde la selección clasificó al Mundial en un histórico segundo lugar detrás de Brasil (si hasta tuvieron la grandeza de elegir a un argentino como DT, privilegiando la excelencia, a la tirria que los enfrenta desde hace años).
En cambio, los uruguayos estamos muy lejos de los hermanos trasandinos (mucho más que los kilómetros que nos separan). En lugar de cordillera, Uruguay goza de una penillanura suavemente ondulada. Por eso no hay terremotos, claro; pero quizás también por lo mismo sigamos dependiendo del repechaje para clasificar al Mundial.
Hace unos años he tenido la posibilidad de viajar a lugares tan conflictivos como Colombia, Sudán o Israel. Y mi poco original conclusión fue que somos un país bendecido por la Naturaleza y por la Historia, donde no hay guerras fratricidas, fanatismos ni condiciones extremas de supervivencia. Pero quizás esa sea nuestra bendición, y al mismo tiempo nuestra condena. No sabemos lo que es sufrir de verdad, y por lo tanto no sabemos lo que es sacrificarse de verdad para salir adelante. Nunca fuimos golpeados en serio; y por ende nos podemos dar el lujo de seguir a media máquina: total, acá nunca pasa nada. Para bien y para mal.
En 2002 debimos afrontar una de las peores crisis financieras y económicas que se recuerden, y a diferencia de Argentina aquí no hubo saqueos, ni presidentes escapados en helicóptero, ni legisladores que apludieron un default.
Tuvimos una dictadura; pero no por casualidad fue una de las más "leves" del continente; e incluso la guerrilla midió bastante las consecuencias de sus actos (en este caso la comparación con Chile también es elocuente).
Y el primer presidente de izquierda, que había prometido "hacer temblar las raíces de los árboles", dejó el gobierno con una popularidad récord, explicando que el árbol al que se refería era el Ceibal, con su plan de una computadora para cada escolar.
Ahora asumió un tupamaro; pero el Mujica Presidente no se cansa de proclamar su aggiornamiento ideológico, demostrando un cambio radical desde aquel rebelde marxista de los ´60. Es que Mujica se uruguayizó. Y si no lo hubiera hecho, difícilmente habría ganado las elecciones. El problema es que su germen revolucionario sigue vivo; pero ya no se llama socialismo, sino pragmatismo. Su método no es la estatización de los medios de producción sino la reforma del Estado; y sus armas no son las de fuego sino las de la persuasión y el diálogo entre todos los uruguayos.
¿Pero nosotros queremos esa revolución? Porque no cabe duda de que nuestro Estado es paquidérmico; pero como bien sabemos el Estado somos todos: los ciudadanos que pagamos los impuestos, los políticos que hicieron entrar a miles de amigos o votantes; y esos miles de uruguayos que se mueren por el tan ansiado empleo público. Por lo tanto es difícil pensar que ni Mujica ni nadie podrá demoler algo que está en nuestros genes. Ni siquiera un terremoto. igalvar71@hotmail.com