C. NOTARGIOVANNI / M.I.LORENZO
Pasaron 16 o 17 años y, cada Día del Padre, imaginaban cómo sería esa persona que no conocieron o de la que tenían vagos recuerdos. Por iniciativa propia, o cuestiones del destino, de grandes se reencontraron. Tres testimonios conmovedores que demuestran el poderoso valor emocional de la paternidad, que además avalan expertos.
Soy tu hijo". Así de directo (y "nervioso hasta las patas") se presentó por teléfono Diego Romaniz ante su padre, luego de 16 años sin tener noticias. Del otro lado, tras unos instantes de silencio "sepulcral", la reacción fue de lo más natural: "Ah, hola, ¿cómo andás?, ¿vamos a tomar algo juntos hoy?" Diego no lo dudó. Esa era la segunda vez que intentaba comunicarse con su progenitor: el día anterior lo había vencido el miedo y al escuchar la voz masculina se arrepintió y colgó. El adolescente jamás pensó que el aburrimiento en una clase de informática, que lo llevó a googlear desinteresadamente su apellido en Internet, haría que se diera de narices con los datos de la empresa donde trabaja su padre, Miguel Romaniz.
Nicolás siempre supo el teléfono, pero antes de llamar a su padre le mandó un recado a través de un amigo. Necesitaba la certeza de que no sería rechazado. Respiró hondo y discó. Una voz femenina le informó que su progenitor estaba en el médico y le dio la dirección de la clínica donde encontrarlo. Dudó unos instantes, se duchó y salió al encuentro. "No me olvido nunca más", dice y hace una pausa. Está emocionado. Le costó reconocerlo, la imagen de ese hombre poco tenía que ver con la que habitaba en su cabeza. "Disculpe, ¿usted es el señor Esteban Fernández?", preguntó. La respuesta fue afirmativa. "Me parece que usted me conoce, me llamo Nicolás Fernández", afirmó al tiempo que le extendía la mano. Así, y 15 años después de haber sido abandonado, Nicolás volvía a ver la cara de su papá.
Adriana se reencontró con su progenitor sin buscarlo y sin quererlo. La única tía por parte paterna que se comunicó con ella alguna vez en sus 16 años le dijo que su abuela quería conocerla. Accedió, pero grande fue la sorpresa cuando llegó a la reunión y se encontró con su padre. "Fue una situación medio incómoda porque ganas de verlo no tenía", cuenta con firmeza. La charla abordó temas triviales ("pelotudeces", dice ella), "Y claro, ¿qué me iban a decir después de tantos años?", sentencia.
Estos tres hijos no se parecen ni se conocen, pero tienen una cosa en común: conocieron a sus padres de adultos o adolescentes. El tiempo ha hecho lo suyo desde entonces, subsanando las heridas, provocando una fría cercanía o alejando para siempre, según el caso.
Final feliz. Pasaron dos años desde aquella tarde en la que Diego Romaniz y su padre Miguel combinaron por teléfono para ir a tomar un café a la Ciudad Vieja. Hoy tienen 21 y 49 años respectivamente. El joven estudia Tecnología Informática y trabaja en una empresa de software; el padre es locutor y se desempeña como recepcionista en el hotel Holiday Inn.
"Nunca me voy a olvidar ese día. Me temblaba el cuerpo", recuerda Diego, sentado en uno de los sillones "más cómodos" de la casa de su padre, en Shangrilá. A su lado, Miguel confiesa que para él también fue especial ese momento. "Hubo una conexión, ya que Diego resuelve con un llamado lo que yo tenía pensado hacer hacía tiempo (buscarlo) y no me animaba por miedo". Y no fue necesario ir al encuentro con alguna prenda que los identificara, acota Miguel. "Sabía que lo iba a reconocer desde lejos, y así fue", dice, mientras le da una palmada cariñosa a Diego en las piernas, y ambos ríen. El padre confiesa que ni bien lo vio le dieron ganas de "abrazarlo y no soltarlo por un buen rato", pero igual se dieron un beso y un apretón de manos.
Café va, café viene, luego de cuatro horas de charla sobre sus experiencias de vida y sus rutinas, Miguel le explicó al joven los motivos de su "abandono", intercambiaron sus respectivos teléfonos, se vieron al día siguiente, y desde entonces jamás se separaron.
Hoy almuerzan juntos todos los fines de semana, se dicen "te quiero" y a veces "te extraño", se aconsejan, contienen y comparten los mismos gustos por la música de Queen, Creedence y Pink Floyd. "Capaz que yo soy más pasivo y él más calentón, pero somos muy parecidos. Hasta se enchastra como yo cuando come", revela el padre. "¡No me dejes pegado!", bromea Diego.
Si bien hoy ambos definen como "muy buena, sana y madura" su relación, lo cierto es que recomponerla no ha sido fácil, sobre todo para Diego, quien vivió el abandono de su padre a los tres años, y a partir de allí experimentó varios momentos de dolor y resentimiento. "Cuando era chico era fuerte explicarle a mis compañeros que mi padre se había ido, pero bueno, por suerte mi madre siempre me contuvo, cumpliendo ambos roles".
Miguel confiesa que abandonó a "Dieguito" porque luego de separarse de la madre del chico, de la cual no estaba enamorado, comenzó a sentir un rechazo consigo mismo y con el mundo; sin darse cuenta, entonces, se dejó llevar por las drogas y el alcohol, y su vida entró en "caos" Mientras él habla, Diego lo mira fijo con los ojos vidriosos. Luego se produce un silencio, y el joven revela que el pasado ya no le preocupa. "Vivo el ahora y lo disfruto".
Sorpresa y media. Adriana había accedido a conocer a su abuela paterna, pero cuando llegó se encontró con un invitado que no estaba en la lista: su padre, con quien nunca convivió y quien vio cuatro o cinco veces hasta cumplir los cinco años. De esa época conserva dos recuerdos: una ida al zoológico y otra a una heladería.
Hoy Adriana es una mujer casada de 33 años y madre de una niña de 3 años. Desde aquel encuentro hace 17 años no ha habido una conversación. "Mi padre nunca me dio una explicación y yo tampoco se la pedí", señala. ¿No te intriga saber qué pasó? "Lo que pasa es que a esta altura ya no me importa. Capaz que si un día me dice de charlar estaré abierta, pero me parece que eso no tiene que nacer de mi. Además, no me va a cambiar lo que ya pasó" dice y agrega contundente: "El dolor de mi niñez ya lo pasé, eso no me lo va a cambiar y me parece que cualquier argumento que me pueda llegar a dar no es válido".
El nacimiento de la niña produjo un acercamiento familiar, el padre visita a la nieta, le lleva regalos en el cumpleaños y en Navidad; pero el vínculo sigue siendo superficial. "No es una relación de padre e hija, nunca lo va a ser", explica. Los sentimientos de Adriana -que relata su historia como si hablara de otro- están más cerca de la indiferencia que del enojo: "es una persona más pero yo no lo quiero. Es horrible lo que estoy diciendo pero bueno…", dice.
Tampoco lo extrañó durante su ausencia, aunque admite haber sentido cierta curiosidad sobre su imagen siendo aún una niña. "Vos extrañás a alguien cuando tenés contacto, yo no lo extrañaba. Quizás en algunos momentos me hubiera gustado que estuviera, como en mi cumpleaños de quince, por ejemplo. O que me llamara, porque no fue capaz ni de llamarme", explica. La joven dice que no comprende la actitud de su padre y que nunca lo va hacer, muchos menos desde que se convirtió en madre.
Preguntas sin respuesta. El encuentro en la clínica médica no satisfizo las expectativas de aquel adolescente de 19 años que convivió con su padre hasta los cuatro años, cuando se disolvió el vínculo matrimonial. "Fue como si te encontraras con un amigo que no ves hace tres meses", ilustra Nicolás, de 32 años. No hubo abrazo efusivo ni invitación a conversar; y mucho menos un pedido de disculpas por haber desaparecido de su vida. Aún así, Nicolás empezó a viajar a Durazno esporádicamente para instalarse los fines de semana en la casa de su padre.
"Preguntáme lo que quieras", le dijo el papá en la primera visita. "Que sos un hijo de puta", desembuchó el joven. No hubo respuesta. Tampoco la hubo para el resto de las preguntas que siguieron: ¿Qué culpa puede tener un niño de cuatro años? ¿Por qué tuve que dar el primer paso? ¿Qué sentiste cuando me viste por primera vez? ¿Alguna vez quisiste a alguien? "Cuando vos tenés una relación en la que vos preguntás y el otro evade, tenés dos opciones: o te levantás y te vas a la mierda o lo tomás como lo que es, tratás de resetear, aceptás…mucho tiempo después me di cuenta que era muy difícil para él demostrar cariño", explica Nicolás.
Antes de perderse definitivamente y en el lapso de un año después del divorcio, el señor Fernández visitó tres o cuatro veces a su hijo. Dos años más tarde su madre se volvió a casar y desde ese momento su padrastro se convirtió en su "papa". "La verdad no recuerdo haber tenido la necesidad de ver a mi padre hasta que lo llamé", dice.
En este punto coinciden los tres entrevistados, que además de desgano sentían que el primer paso debía darlo el padre, el adulto, el responsable. Para Adriana y Nicolás, incluso, la sola idea de un posible encuentro les producía rechazo.
No te necesito. ¿Es posible que un hijo no necesite a su padre? "Lo que pasa es que la mente humana es muy compleja", explica el profesor y psiquiatra de niños y adolescentes Miguel Ángel Cherro. "Creo que eso es muy variable y depende de cada persona. También te diría, y eso lo vemos en la práctica clínica, que hay personas que niegan sentimientos. Uno puede negar afectos, eso es posible, aunque no estoy diciendo que sea así en todas las situaciones. En las que no hay negación puede haber pasado que no se desarrolló adecuadamente el vínculo de ese chico con su papá. Ya sea porque este no lo pudo instaurar, o porque hubo impedimentos de otra naturaleza", agrega.
En este sentido, el apego construido durante los primeros años y la actitud de las madres ante la ausencia del padre resultan fundamentales para explicar este sentimiento. (Ver servicio).
El padre de Nicolás Fernández murió hace tres años y se llevó a la tumba todas las respuestas que su hijo necesitaba. El de Adriana sigue presente, pero tiene una importancia lateral en su vida. Miguel y Diego pudieron construir en estos dos años algo parecido a una relación filial. "No lo siento como padre, esa es una figura que no tuve y no creo que la tenga. Sí es uno de mis mejores amigos y me dolería muchísimo si mañana no lo tengo, porque en estos dos años aprendí a quererlo, y mucho". Para Miguel, su meta principal es tratar de resarcir sus "errores" y cerrar heridas. "Diego es hoy la persona más importante de mi vida", confiesa, se levanta de su sillón y le da un fuerte abrazo.
"El padre iguala en jerarquía a la madre"
Nadie duda de la importancia de la madre en la crianza de los hijos, pero a la hora de juzgar a la figura paterna el peso se relativiza. Esa idea cultural es "antigua", dice el psiquiatra Miguel Ángel Cherro, citando distintas investigaciones internacionales.
"La figura del padre como tal es muy importante e iguala en jerarquía a la de la madre, aunque su significado opere por canales diferentes", señala el profesor especializado en niños y adolescentes.
"A través de padre y madre se transmiten, aún en la comunicación gestual y corporal, modelos distintos. Varones y mujeres tenemos maneras diferentes de reaccionar frente a determinadas cosas, ni mejores ni peores. Lo que demuestra la figura de la ciencia en este momento es que ambas figuras son importantes", afirma y sigue: "es decir que aparecería como una figura que en la foto saldría en segundo plano pero que en jerarquía tiene mucha importancia porque es el que da algo así como un sostén que establece la continuidad, la seguridad, la certidumbre".
Pero como se sabe, las situaciones ideales muchas veces están lejos de la realidad. Divorcios, abandonos, muertes precoces están a la vuelta de la esquina.
Lo importante para un desarrollo relativamente sano del niño, explica Cherro, es cómo se posicione la madre ante situaciones como esta: "Lo que ha demostrado la investigación es que si la madre reconoce esa figura como un hecho importante y complementador, el niño va a tener un desarrollo mucho mejor a que si la madre ignora la figura del padre y tiene una actitud competitiva descalificadora con la figura del varón".
El experto señala que disuelto un vínculo sea por las razones que sea, "mal asunto y mal negocio es descalificar al otro padre. Tanto de un lado como del otro, acá no hay diferencia de género".
La experiencia del psiquiatra le dice que hay dos tipos de padres que abandonan: los que viven una especie de resignación ("ya perdí a mi hijo, me voy a desentender") y los que tienen desde el principio el deseo de recuperar al hijo y que piensan permanentemente en ellos. "De ambas situaciones te puedo dar ejemplos significativos", dice Cherro.
El abandono antes del abandono
Según la experiencia del profesor y psiquiatra de niños y adolescentes Miguel Ángel Cherro, existe una progresión encadenada de situaciones que se ligan al abandono. "Rastreando en la historia del padre abandónico uno descubre que de alguna manera fue sometido a un abandono o negligencia. O que en sus vínculos tempranos no tuvo una adhesión lo suficientemente fuerte. Allí podrá haber carencias desde el punto de vista de padre, madre o lo que sea", señala.
El modelo de cuidado que tienen los adultos con los bebés es innato, explica Cherro. "Normalmente, cada uno de nosotros se enfrenta a un bebé y éste le despierta un montón de emociones positivas, cambiamos la voz, etc. Esa es una cosa biológica, nos ponemos a tono con las necesidades del bebé", ilustra. "Entonces, esos modelos los incorporamos en nuestros primeros momentos de interacción con nuestra madre. Es decir que eso es una impronta con la cual nosotros podemos contar al momento de enfrentarnos como adultos con otro bebé. Es un círculo que se va reproduciendo de generación en generación", agrega.
Según Cherro, un padre o madre abandónico arrastra una historia distinta: "Ahora, el individuo que no tuvo ese baño de cuidados, de afectos, esa empatía, difícilmente después la pueda transmitir porque es como que no tiene esos modelos incorporados. Y generalmente si uno rastrea la historia va a encontrar elementos de carencia primarias importantes", finaliza.
Es fácil suponer que en las tres historias mencionadas, el abandono dejó huellas. Adriana dice: "Yo siempre quise casarme, formar una familia, estar segura de que mi hija iba a tener un padre que iba a estar presente". Nicolás, que aún no es padre pero que quiere serlo pronto, dice que su experiencia le enseñó todo lo que "no hay que hacer" cuando tenga un hijo.
Consultado al respecto, Cherro hace una advertencia: "Eso puede esconder una cosa que también es negativa. Todos los extremos y todas las correcciones de 180° son peligrosas porque puede esconder en el fondo enmendarle la plana a los padres. Ahí puede haber una rivalidad con los padres mal resuelta. Yo no creo en esos discursos totalitarios de hacer todo lo contrario. La vida no está hecha de totalidades. La vida tiene claroscuros, hay negros, hay blancos, hay grises, más oscuros y más claros", dice.
¿Eso puede ser perjudicial para el futuro bebé? "En primer lugar, esa rivalidad mal resuelta con los padres acarrea dificultades para el propio adulto que la padece y en segundo lugar, ese adulto no está en buenas condiciones de ser padre o madre", afirma tajante Cherro.