IGNACIO ÁLVAREZ
Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, el labrador les replicó: "¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?" Una semana después, el caballo volvió de las montañas trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su buena suerte. Este les respondió: "¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?"
Cuando el hijo del labrador intentó domar a uno de aquellos caballos salvajes, cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia. No así el labrador, quien una vez más se limitó a decir: "¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¿Quién sabe?" Unas semanas más tarde, el Ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota, lo dejaron tranquilo. Y ya sabemos lo que dijo el labrador.
Este cuento lo leí hace años en un libro de Anthony de Mello, un sacerdote jesuita que nació en la India en 1931, y cobró notoriedad mundial por sus conferencias de espiritualidad, donde mezclaba la doctrina judeo-cristiana con el budismo. Murió muy joven, tres meses antes de cumplir los 56 años, en la noche de su primer día en Nueva York, el 1º de junio de 1987. Pero no me atrevo a decir que tuvo mala suerte, y mucho menos que haya muerto. Porque esta semana revivió en mi memoria, a raíz de lo que me ocurrió.
Eran las cuatro y media de la tarde del lunes, cuando manejaba hacia el Centro por la rambla. Como siempre, aprovechaba para hacer algunas llamadas desde mi celular, pero una bocina me hizo mirar hacia la izquierda: en su ancha moto, con su blanco casco y su campera de cuero negra, un policía de tránsito me hacía señas de que me estacionara contra el cordón. "¡La culpa la tienen estos políticos corruptos!", le dije antes de que me pidiera los documentos. Le expliqué que estaba atendiendo llamadas vinculadas a mi trabajo periodístico; él me informó que la multa por hablar por celular es de 3.500 pesos… pero me dejó ir sin multarme. ¡Aleluya!
Al día siguiente, a eso de las tres y media de la tarde, iba nuevamente al Centro por la rambla. Y prácticamente a la misma altura, mientras esperaba en el semáforo con mi celular en la oreja, un policía de tránsito se paró con su moto al lado mío. Con las manos en la masa bajé el vidrio, pero por suerte me reconoció, y me dejó seguir diciendo algo sobre los periodistas.
El miércoles a las cuatro y media tomé la rambla como siempre, agarré el celular como de costumbre, y mientras chequeaba los mensajes de voz en el semáforo, una cara conocida se me puso al lado. Era el policía del lunes. Alcancé a preguntarle si era infracción tener el celular en la oreja aunque no estuviera hablando, pero su respuesta fue obviamente afirmativa: "¿Vos sos el periodista del otro día no? Esta vez no te voy a perdonar", sentenció. Y por supuesto que asentí con silenciosa resignación.
No sé qué me da más bronca: si la mala suerte de ligar tres policías durante tres días seguidos, o mi estupidez en no imaginarme que no hay dos sin tres, y que más que una casualidad, lo de los dos primeros días era un aviso en luces incandescentes.
Con mucho dolor pagaré esos 3.500 pesos que estúpidamente tiré a la basura, y ni siquiera puedo acusar a los chanchos de quedarse con la plata, porque estos eran policías de tránsito. Pero ahora sí creo haber decidido que no voy a volver a hablar por celular mientras manejo. No por el riesgo, sino por la multa, claro. Por supuesto que estoy al tanto de los peligros que conlleva llevar el volante con una mano y con poca atención. Pero es como decía Martín Fablet en su columna del domingo pasado al citar un estudio realizado en los Estados Unidos, que mostró que el 95% de los conductores entiende que maneja mejor que la media: absurda sobrevaloración la nuestra, que nos lleva a creernos mejores de lo que somos.
En definitiva: ¿buena suerte o mala suerte? Pensándolo bien, y aunque sea como hijo del rigor, la empecinada multa de esta semana puede terminar ganándole a mi porfiada manía de desafiar al peligro. Menos llamadas para matar el tiempo, y más tiempo hasta que la muerte llame.
Cuando terminaba de escribir esta columna, llegó Pablo, mi amigo que con 30 años sigue haciéndose quimioterapia luego de un agresivo cáncer de colon que hace dos años le perforó el intestino. Me contó que los últimos valores le dieron un poco elevados, por lo que se va a someter a un segundo PET -en el exterior, obviamente-. Pero en vez de deprimirse, su reflexión me sorprendió: "Yo saqué la grande -me dijo-. Después de la operación volví a nacer, y desde entonces vivo el día a día". Y gracias a él terminé de entender el mensaje: ¿Buena suerte o mala suerte? ¿Quién sabe? Pero como decía Tony de Mello, "lo que marca de manera más definitiva el rumbo de nuestra vida no es lo que nos acontece, sino nuestra actitud ante los hechos y lo que hacemos en consecuencia".
PD: cuando el miércoles llegué finalmente al Centro, dejé el auto dos horas sin ticket de estacionamiento. La mala suerte tiene que tener un límite; la estupidez humana no. igalvar71@hotmail.com