LEONEL GARCÍA
Apelando a todos los dedos de sus manos, Emiliano arremete contra el teclado y se manda una "zapada" al estilo free-jazz. Pese a su "famita" de dispersa, Catalina pone total concentración en el instrumento: con un dedo hace una escala descendente con las teclas blancas y otra ascendente con las negras. El otro Emiliano del grupo "toca" con pasión, como si fuera un Jerry Lee Lewis de dientes de leche. Para ellos, y para Tomás, Agustina y Sebastián, era la primera vez que se enfrentaban a un órgano eléctrico. Todos se ganan el aplauso de sus compañeros. Todos cursan el preescolar. Ninguno tiene más de cinco años.
La Fundación Eduardo Mateo es como un colegio con todos los niveles de la enseñanza dedicado a la música. Está el "maternalito", cuyo nombre oficial es el proyecto "Ajó, mamá": niños de uno y hasta dos años, acompañados por sus padres, en los que la música sirve como estímulo de lo motriz y como generador de vínculos. Se busca el inicio de la sensibilización musical pero no es un fin en sí mismo, explica la docente Alejandra Goldfarb, graduada en musicoterapia en Argentina y con experiencia con pequeños desde hace más de 15 años.
Luego le sigue el "preescolar", con grupos de chicos de dos y tres años, y de cuatro y cinco: apelando mucho a lo lúdico, comienzan a inculcarse los conceptos de ritmo y velocidades. A partir de los seis años asisten a la "escuela", y así como a esa edad se aprende a leer y escribir, acá comienza a ponerse énfasis en las destrezas artísticas: la propuesta ya incluye una currícula de seis materias semanales (taller, percusión, lectoescritura, canto, expresión corporal y un instrumento a elección entre guitarra, piano y flauta).
Y también está el "liceo", que aquí se llama "Bandas", para chicos de 12 a 18 años, donde se profundiza la etapa anterior pero enfatizando el ensamble vocal e instrumental, dice el coordinador general del centro, Jorge Schellemberg.
De preescolares en adelante, el proyecto está bautizado "Tunguelé", como una de las canciones más conocidas del artista que da nombre a la fundación. Esto da la pauta del énfasis que se le da a la música popular uruguaya, regional y mundial (del propio Mateo a los Beatles, pasando por Caetano Veloso). Pero la propuesta es definida como "elástica", investigando mucho lo que escuchan los alumnos... algo que alguna vez causó dolor de oído a los docentes.
Dinámica. "¿A ver quién me sigue? Siempre según cómo suena la guitarra, ¿eh?" Alejandra camina por el salón escoltada por los niños, al paso o al trote según el tempo de los acordes. Algunos de los pequeños captan el ejercicio enseguida, otros demoran más. Hay unos definitivamente más interesados en el órgano, el xilofón, o en los "tesoros" (instrumentos de percusión) escondidos bajo una sábana. Más temprano que tarde todos se prenden a la dinámica. La música amansa las fieritas.
En promedio, las clases tienen diez estudiantes. Según Schellemberg, eso se debe a que cada niño merece su espacio y atención. "Con los preescolares, trabajamos la exploración, la estimulación y la sensibilización de cada individuo con la música a través de lo lúdico. Juegan sí, pero son juegos dirigidos para el desarrollo auditivo, motriz y sensible con la incorporación de elementos musicales. También se busca generar y potenciar el disfrute de parte del niño preparándolo para etapas de enseñanza más intensiva. Pero siempre, se tiene que disfrutar de la música. No en vano en inglés, a tocar un instrumento se lo llama to play (jugar)", añade el coordinador.
Maracas. Llega uno de los momentos más esperados: destapar el "tesoro". Sebastián quiere un pandeiro, y no se deja engañar: "¡Esto es una pandereta!" Agustina elige una maraca, Tomás un cascabel y Emiliano un tambor africano. "No vale tocar cuando la guitarra está en silencio, ¿cómo suena la guitarra, fuerte o suave? ¿Suave, no? Entonces, tocamos despacito", dirige Alejandra.
Los cursos para niños de la Fundación Eduardo Mateo comenzaron en 2007, con una clase para preescolares y otra para escolares. Schellemberg dice que hoy hay, además del proyecto "Ajó, mamá", cinco talleres para chicos en edad de Primaria, tres para aquellos que aún están en el Jardín, y dos para adolescentes. En julio se abrirán más grupos en todos los niveles, anuncia, con cupos limitados.
A Catalina le gusta tocar el tambor, pero se lamenta que "solo lo tocan los grandes. Emiliano I prefiere la guitarra, "pero la eléctrica"; cuando le pidieron a los chicos que trajeran sus discos favoritos, él llevó uno de Maná, "él que tiene la canción Labios compartidos". Sebastián prefiere la batería, escucha mucho un disco de Elvis Presley que tiene en la casa y le encanta "jugar a los superhéroes". Emiliano II adora el Carnaval y asegura que toca bien la harmónica. Tomás sueña con una trompeta. El final de la clase es un show arriba del escenario, con un enganchado de Arroz con leche y el Elefante trompita ¡a ritmo de rock!
"Con los chicos el trabajo tiene que ser lúdico y divertido. No queremos que a esta edad combinen acordes sino que, a lo sumo, adquieran un buen manejo rítmico, que por estímulo musical empiecen a tener conciencia de la velocidad", dice Goldfarb. Para ella, lo más importante, es combinar el placer del juego con contenido. "Porque a veces por divertirnos mucho no se termina enseñando nada; y también por poner mucho énfasis en el contenido, la educación es tan rígida que uno termina alejándose de la música. La idea es que todos salgan tocando un instrumento. Y si no finalizaste, al menos que la buena experiencia te lleve a seguir enganchado y abra la posibilidad de volver a probar en otro momento".
Schellemberg también pone el ojo en esos objetivos. "Esta escuela tiene que servir para encontrar las posibles vocaciones artísticas, pero también para que cualquier niño -que en un futuro será astronauta, carpintero, médico o electricista- tenga una formación musical que lo haga más libre, que lo haga más feliz".