GABRIELA VAZ
La curiosidad de Hugo Verani se despertó a raíz de una línea de texto: "A Julio E. Payró". Así dedicaba Juan Carlos Onetti su segunda novela, Tierra de nadie, de 1941. Veinticuatro años después, la segunda edición repetía el homenaje: "A Julio E. Payró, con reiterado ensañamiento". Como el mismo Verani escribe, las dedicatorias de libros suelen revelar una complicidad poco explícita y a menudo privada. La incógnita era cómo y cuándo había surgido ese vínculo entre el escritor uruguayo y el prestigioso crítico de arte argentino, del cual no se tenía noticia alguna. La búsqueda de una respuesta llevó a encontrar las cartas escritas por Onetti a Payró a lo largo de casi dos décadas, que hoy están en poder de dos universidades estadounidenses.
Verani -uruguayo que reside en ese país desde 1964, doctor en Letras y Filosofía, profesor investigador de la Universidad de Notre Dame en Indiana y autor del libro Onetti, el ritual de la impostura (Monte Ávila, 1981)- decidió entonces convertir ese material en el epistolario más íntimo que se conoce del escritor hasta el momento. En Juan Carlos Onetti, cartas de un joven escritor (Trilce, 2009) se recogen 67 cartas compuestas entre 1937 y 1955, aunque sólo tres corresponden al período posterior a 1943. Allí se descubre a un Onetti distinto: "jovial, amistoso y con gran sentido del humor", revela Verani en conversación telefónica desde México, días antes de volver a Montevideo para el centenario del nacimiento del célebre autor.
MAESTRO Y ALUMNO. Payró era un reconocido intelectual, informado, profesor, crítico de arte, viajero y extrovertido. Onetti, diez años menor, era un escritor sedentario, reservado, autodidacta y antiintelectual, que nunca terminó la Secundaria. Esa antítesis es parte de la seducción que desprende tal amistad. "Se descubre aquí que Payró fue uno de sus principales mentores intelectuales, junto con Joaquín Torres García, quien también lo visitaba mucho", cuenta Verani, a la vez que asegura que Onetti "adoraba" al argentino. Aunque las cartas escritas por Payró se han perdido (el uruguayo no conservaba nada; ni epístolas ni manuscritos propios, pues tiraba todo al fuego), Verani las imagina "pedagógicas, enseñándole cosas". En el carteo puede verse que Onetti "poco a poco se independiza y hasta polemiza de arte con este hombre que sabía del tema más que nadie en ese momento", señala el profesor.
El valor del epistolario radica también en la aparición de un Onetti desconocido, en varios aspectos. Por un lado, se revelan aristas inéditas de su personalidad. "Curiosamente -ilustra Verani a modo de ejemplo- demuestra gran vanidad en las cartas, algo muy poco común en el Onetti que conocemos. En las primeras habla de sus futuros biógrafos y todavía ni siquiera había publicado nada. No existía El Pozo, que es de 1939, y sin embargo tiene conciencia plena del valor literario que está dentro de él, pero que no ha demostrado. Además de que, luego, la vanidad no será una de sus características".
Otra curiosidad que dejan entrever estos documentos es su postura de "intelectual afrancesado", al decir de Verani, dado que sus principales lecturas en sus inicios eran francesas. "Sin dudas, eso venía de Payró quien vivió en Francia mucho tiempo. Es muy llamativo. Y no sólo se ve en los libros que leía, también le fascinaba la pintura. Él mismo dijo una vez: `He aprendido más para el arte narrativo de la pintura que de la literatura`".
VIDA PRIVADA. En la época en la que el epistolario se inicia, el escritor uruguayo no era para nada conocido y apenas si había publicado tres cuentos en Buenos Aires que nunca nombra, ni parece recordar. Sus obras Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) son escritas en el período que abarca el intercambio, "lo que es fascinante, porque (en las cartas) menciona esos libros, algo también raro ya que Onetti no habla de su obra", señala Verani.
Tampoco era común que el escritor uruguayo revelara información sobre su vida privada. Pero también en este aspecto, las epístolas aportan una nueva mirada. Si bien no se explaya -"rechazaba de plano contar intimidades que sólo daba a entender", explica Verani- hay un par de cartas en las que surgen los sentimientos relacionados con uno de sus matrimonios. En 1941 su segunda mujer, María Julia Onetti (hermana de su primera esposa; ambas primas hermanas del escritor), lo abandona por otro. En una carta fechada en abril de 1942, confiesa: "En cuanto a María Julia, lo que me ha partido por el eje como consecuencia de la ininteligente actitud de la criatura es lo que trataré de explicar si puedo. Yo soy un tipo sin relación con el mundo. El cerebro no me da para entender de verdad lo que estoy viviendo, las gentes ni las cosas ni un corno. Todo me resulta como entre sueños y no hay forma de despertar. Toda mi comunicación con el mundo la establecía a través de ella y perdida ella no hay caso, no hay ersatz (palabra que en alemán significa reemplazo, en inglés implica además que la sustitución es insatisfactoria). Esto me tiene mal; en consecuencia, tengo que escribir y escribir y escribir. Por otro lado, estoy enamorado de M.J. pero no tengo ni la más pequeña necesidad de verla ni de decirle so long. No tengo, en realidad, necesidad de ninguna persona y esto no me envanece; más bien me preocupa un poco porque imagino armonioso al universo y debe haber un inflexible toma y daca al que le estoy haciendo aguja, y no impunemente".
Onetti se casó dos veces más. Dorothea Muhr, su cuarta y definitiva esposa, que aún vive, fue una de las personas que debió autorizar la publicación de las cartas, además del permiso cedido por la Biblioteca de Investigación del Getty Research Institute (Los Ángeles, California) y por la Biblioteca Hesburgh de la Universidad de Notre Dame (Indiana), los dos institutos estadounidenses que compraron las epístolas.
Además de descubrir a un Onetti inédito e imprevisto, los lectores del epistolario podrán atestiguar una amistad única con un final abrupto y misterioso (ver recuadro).
Charla epistolar
24 abril 1940. "Querido Payró: Acabo de ver una película, muy buena, extraordinaria para mis gustos, que se llama Intermezzo. ¿La conoce? He lamentado mucho no haberlo tenido a usted de vecino de asiento, para salir luego a tomar algo y conversar sobre eso o no decirnos nada (...).
23 marzo 1941. "Querido Julio: Ya puedo anunciarle el suceso: estoy empleado en Reuter`s. No sé aún en qué condiciones ($), pero mi impresión es muy buena. Es asombroso comprobar hasta qué punto es cómico el término medio de la humanidad; la cosa es que al ser comparado, uno resulta un fenómeno (...)".
16 noviembre 1942. "(...) Estoy leyendo algo muy bueno. Se llama: Luto en 24 horas (una porquería el título). Autor: Vladimir Pozner. Tema: caída de Francia. Muy bueno. De cine, nada, no voy. De amor, nada, no viene. De escribir no escribo. Estoy idiota, ya ve. (...) Si conoce alguna receta para enamorarse, cópiela y envíela".
Misterioso fin de una amistad
Si bien el período total del carteo entre Juan Carlos Onetti y Julio Payró publicado en Cartas de un joven escritor se ubica entre 1937 y 1955, sólo tres cartas aparecen después de 1943. Ese año el autor uruguayo volvió a Buenos Aires ("y no en 1941, como siempre se dijo", apunta el investigador literario Hugo Verani), por lo que se da por hecho que en lugar de escribirse los amigos se visitaban tras ese año.
Pero también es cierto que con el tiempo la relación fue cambiando y la amistad, tal vez, comenzó a mermar. En la penúltima carta que se conoce, fechada el 12 de abril de 1947, se atestigua una gran pelea entre los dos, tanto que "parece una telenovela", señala Verani. "No sabemos nada de qué sucedió en la amistad entre ellos. Es de suponer que fue desapareciendo, debido sobre todo a esa carta de 1947, que es fascinante porque Onetti aparece muy enojado, lo insulta...", explica el doctor en Filosofía y Letras. En el mismo libro, Verani apunta que la carta "deja traslucir el enfado de Onetti por los reproches burgueses de Payró. El uso abundante del lunfardo, de italianismos y del voseo, muy poco común en veinte años de correspondencia, sugiere de por sí un rechazo al clasicismo cultural y elitista de su amigo".
El último documento, de 1955, ocurre cuando Onetti, de vuelta viviendo en Montevideo, se entera de que Payró es nombrado interventor en la Dirección de Enseñanza Artística del Ministerio de Educación y Justicia en Argentina, por lo que le escribe para felicitarlo. "Pero nada más, ya no hay amistad", apunta Verani.