Cosa de negros

IGNACIO ALVAREZ

El deterioro de la sociedad uruguaya es innegable. Es cierto que los indicadores socio-económicos han venido mejorando en los últimos años, pero hoy uno de cada cinco uruguayos es considerado "pobre". Más allá de las cifras, hay una realidad que se palpa en cada esquina. Basta con ver las noticias policiales o a los que piden en los semáforos, para entender qué significa que la mitad de nuestros niños vivan en la pobreza. Lo peor, entonces, no es el presente sino el futuro. ¿Qué se puede esperar de un chico que vive en la calle, tentado por la pasta base y rodeado de malas influencias? ¿Quién le va a transmitir la importancia de estudiar, si es hijo de una generación que en muchos casos tuvo que dejar el liceo para salir a rebuscársela en la calle? Y aunque los padres le insistan con la necesidad de formarse, cada vez es menos común la presencia de una familia que contenga a ese niño, a la vez que le marque claramente sus límites. Cariño y disciplina son la demostración del amor a un hijo, pero para ambas cosas se precisa estar ahí. Y entre padres fugados, madres con cinco hijos, y la cultura del "lo quiero ya", son excepcionales los ejemplos de superación en base al sacrificio constante.

Quizás recién ahora, con realista dramatismo, estemos cayendo en la cuenta de que aquel Uruguay de mediados de siglo, con una extendida clase media, hace rato que desapareció. Y con preocupación creciente, advertimos que desde entonces estamos yendo derecho hacia un destino mucho más parecido a la tercermundista realidad latinoamericana, que a la vieja y querida Suiza de América.

Depende de nosotros; como dependió de nosotros llegar a este estado. Pero más allá de las medidas económicas que promuevan el desarrollo del país, es necesario un cambio de mentalidad. Entender de una vez por todas que la riqueza de los países pobres reside en la capacitación y en el conocimiento, y que si no se cambia radicalmente el rumbo de la educación en Uruguay, el futuro será cada vez más negro.

Negro como el Harlem, que nos está marcando el camino a seguir en ese sentido. Así me lo comentaba la semana pasada el Economista Ernesto Talvi, a propósito de una experiencia educativa conocida con el sugestivo nombre de "El milagro de Harlem". En ese complicado barrio de Nueva York, se abrió un centro con una propuesta diferente, que además de darles clases a los jóvenes marginales, brinda una red de servicios comunitarios fuera del aula, con un seguimiento que se extiende desde el nacimiento hasta el momento de la graduación. La idea fue desarrollar programas (familiares, de salud, de apoyo escolar, etc.), de forma tal de generar en el barrio una comunidad educativa donde los jóvenes se sientan acompañados por adultos que los apoyen en un ambiente enriquecido.

Los resultados son elocuentes: la experiencia de la "Harlem Children´s Zone" logró eliminar la tradicional y enorme brecha entre los estudiantes negros de Harlem y el promedio de los blancos de Nueva York. Roland Fryer, un prestigioso economista y profesor de Harvard, hizo un meticuloso seguimiento de los logros obtenidos, y concluyó lo siguiente: "El presente estudio me cambió la vida como investigador, porque ya no me interesan los cambios marginales. Lo que se hizo acá es equivalente a curar el cáncer para esos niños. Debemos replicar esta cura, porque muchos de nuestros chicos están muriendo, literal y figurativamente".

Las respuestas están ahí, al alcance de la mano. Pero mientras los negros de Harlem las llevan a cabo, nosotros nos enredamos en "meriendas de negros", como Ignacio De Posadas definió al Congreso de la Educación realizado hace dos años en el Palacio Peñarol. Y más allá de la polémica expresión del ex ministro, la recientemente aprobada Reforma Educativa se pareció más a una lucha de poderes, que a un intento por mejorar la calidad de la enseñanza. Si hasta el propio Danilo Astori reconoció que "la Ley de Educación no es una reforma de contenidos", y dijo que a pesar de la millonaria inversión que hace la sociedad, en materia educativa "estamos en el debe", y sólo se logró un avance "modesto".

Es que el famoso 4,5% del PBI para la educación no es garantía de calidad. Podemos subir eternamente los salarios de los docentes, pero si no mejoramos la calidad de nuestra enseñanza, las evaluaciones internacionales seguirán ubicando a los estudiantes uruguayos al nivel de los africanos. (Las últimas pruebas PISA -Programa para la Evaluación de Estudiantes a nivel Internacional-arrojaron que en Uruguay, más del 40% de los estudiantes de 15 años se ubicó por debajo del nivel mínimo en Ciencias, Lectura y Matemáticas).

Pero será difícil saltar del nivel de los negros africanos a los negros de Harlem, mientras en Uruguay se siga dando la absurda realidad de que sean los docentes mejor calificados quienes elijan en qué centro de estudios dar clases. Porque éstos suelen preferir trabajar en las escuelas y los liceos de contextos más favorables, mientras los centros que captan a los chicos más carenciados deben contentarse con los docentes más inexperientes y peor capacitados, por mejores intenciones que tengan.

Parece claro que las trabas más difíciles de superar son las mentales. Y las seguirán siendo mientras sigamos peleándonos por los intereses sectoriales, defendiendo la chacrita y discutiendo sobre el árbol sin ver el bosque. Si hasta el Plan Ceibal tuvo que implementarse directamente desde la Presidencia de la República, para evitar los obstáculos corporativistas de los gremios docentes. Pero no sólo de ellos, porque la idea de una computadora por niño acaba de ser criticada por el presidente de la Federación Rural, por "el riesgo de producir entes electrónicos adictos a Internet". Argumento similar al manejado hace unas semanas por el blanco Ignacio De Posadas, quien se quejó de que el otorgamiento de una computadora a cada escolar, hará que pasen "buena parte del tiempo sobrante en relación con otro aparato (…) Y poco quedará para el relacionamiento familiar y social". Menos mal que lo dice uno de los supuestos abanderados de la modernización del país, y referente económico de Luis Alberto Lacalle. El precandidato que no se cansa de alabar el Plan Ceibal diciendo que "hay pocas cosas más importantes por las que felicitar al gobierno", y de subrayar que "como te digo una cosa, te digo lo mismo".

igalvar71@hotmail.com

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