Para drama, ya está la vida

| En tiempos de crisis, los finales positivos de films y libros pueden suponer una satisfacción negada en la vida diaria, o eso creen los guionistas. Otros dicen que la gente consume cultura, no importa cómo termine.

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El País

GABRIELA VAZ

Varios clásicos cambiaron su final para ser llevados a la pantalla grande. Pero aún en Hollywood hay historias en las que esto es inaceptable pues perderían esencia.

Apenas comenzado el 1600, William Shakespeare publicó una obra con título muy sugerente: All`s well that ends well (Todo bien si termina bien o Bien está lo que bien acaba, según la traducción a la que se recurra). Siglos más tarde, los críticos literarios la catalogarían como una de sus "comedias oscuras", debido a su tono agridulce y un final de sátira.

Hollywood parece haber ignorado la ironía. También autores de novelas y guionistas de televisión. Muchos se han ceñido a la premisa de aquel título shakesperiano al pie de la letra y ahora, algunos analistas opinan que, en tiempos de crisis, la industria del entretenimiento apuesta más que nunca a los finales felices. Es psicología lisa y llana: en momentos adversos, que al menos la ficción resulte compensatoria.

El análisis no es descolgado. Basta realizar un repaso de películas estrenadas en épocas de crisis mundial para verificar que muchos guiones originales, incluso clásicos, cambiaron su final para tornarlo más esperanzador. Un mes atrás, la BBC publicó un reportaje bajo el nombre La obsesión por los finales felices en el que citaba varios de esos casos.

El problema es que las cosas no operan de forma tan simple. Para muchos, un final feliz en la ficción es tan solo facilismo marketinero, pero no contempla lo que la gente necesita cuando atraviesa un mal momento anímico. De hecho, editoriales uruguayas consultadas aseguraron que la crisis afecta al mercado porque aumentan las ventas de libros, pero su contenido es invariable: historia, política, infantiles, biografías y novelas, sin importar cómo terminen; sed de cultura, consumida sin discriminación.

Por otro lado, es verdad que cuando el héroe gana, en la pantalla o en un texto, también triunfa el espectador o lector, opina la psicoanalista Graciela Bruno, profesora en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República.

Entonces, en tiempos de crisis y a la hora del ocio, ¿cómo nos afectan los finales ficticios? ¿Es simple entretenimiento o, por el contrario, la esperanza real también radica en la posibilidad de comer perdices?

RETOQUEs. En 1931, el mundo vivía a pleno la Gran Depresión, la crisis económica que comenzó en 1929. Por entonces se estrenó Frankenstein. Quienes conocieron la historia en el cine, no se enteraron que en el libro Frankenstein asesina a su esposa y luego muere. Por el contrario, en la película el doctor y su mujer viven felices para siempre.

El jorobado de Notre Dame de Víctor Hugo fallece tras contemplar el ahorcamiento de su amada Esmeralda. En el film de 1939, ella y Cuasimodo sobreviven.

Uno podría pensar que los cambios se realizaron sólo para hacer las historias más "digeribles" para la gran masa y dejar a todos contentos, sin observación más profunda. No obstante, citado por la BBC, el historiador del cine del Museo de Comunicación británico Tony Earnshaw opinó que "la muerte de los protagonistas enviaba un mensaje totalmente inapropiado en una época en la historia de Estados Unidos en la que se estaba saliendo de la depresión, y la gente tenía la vista puesta en un futuro mejor".

Esa era al menos la visión de los financistas de la cultura. Pero, ¿qué hay con el consumidor? Para la directora editorial de Santillana, Virginia Arlington, "lo que vende es una buena historia, no importa cómo termine. Hay libros que terminan `mal`, pero te dejan una lección de vida tan fuerte que de todas formas son una experiencia gratificante. Sí es verdad que si la historia es mala, querés que por lo menos termine bien". La editora asegura que no existe una estrategia de búsqueda de finales felices en los textos para contrapesar las crisis. No sólo porque los tiempos no brindan esa posibilidad -los planes de la editorial se cierran con un año de antelación, y si bien "a veces uno se la ve venir" (a las crisis económicas), "nuestro cálculo tiene más que ver con lo presupuestal que con los contenidos de los libros", asegura Arlington-, sino porque no cree que el lector se fije en eso. "Las crisis inciden: se vende mucho más. Pero sin distinción de género del libro". Con ella coincide Luis Sica, director de la editorial Random House Mondadori en Uruguay: "Cuando hay crisis la gente se refugia en la cultura y compra libros, concurre al cine, al teatro, destina dinero extra para distraerse", y eso sin pensar en cómo concluirá la historia en cuestión. "La mayoría de los lectores sigue a su autor preferido". (Sobre este punto, la psicóloga Bruno recuerda que la lectura implica placer aún cuando se narren situaciones dolorosas, pues ayuda a ponerle palabras a las emociones).

Ambos editores afirman además que nunca se propone a un escritor cambiar el final de un texto, para tornarlo por ejemplo más esperanzador. "No se nos ocurriría, ni tampoco tenemos noticias de que alguien lo haya hecho, ni en Uruguay ni en el resto de los países de habla hispana. ¿Imagina que un autor aceptaría ese planteo?", dice Sica.

Finales necesarios. Con tal de que su historia fuera llevada a la pantalla grande, muchos autores lo han aceptado, gustosos o a regañadientes. Y algunos otros nunca se enteraron, pues su obra fue readaptada mucho después de su muerte. Lo cierto es que los finales retocados no son sólo cosa de tiempos difíciles. Por ejemplo, en el libro Desayuno en Tiffany, de Truman Capote, la protagonista se marcha a Brasil. Llevada al cine, en 1961, la historia termina distinto: ella se queda con su verdadero amor.

Se cuenta que el guión de un entonces desconocido Quentin Tarantino para La fuga terminaba con la muerte del protagonista. Cuando el film se estrenó, en 1993, concluye con una imagen de felicidad entre éste, su mujer y su hijo. El final feliz vende en cualquier época, o esa es la idea en Hollywood.

Sin embargo, también es verdad que algunas historias poseen tal fuerza que cambiar su conclusión, aún cuando sea triste o trágica, resulta totalmente inaceptable, incluso en la meca cinematográfica de los happy endings. Una narración de Thelma y Louise que no termine con ambas mujeres lanzando su auto por el Gran Cañón para escapar de la persecución policial pero también de sus aciagas vidas, jamás tendría el impacto justo con el que cierra la historia. Tampoco sería creíble una versión de Hamlet en la que éste termine feliz y reconciliado con Ofelia.

En todo caso, cualquier trama es pasible de bifurcaciones si se admite un total cambio de sentido, y se toma con humor. ¿Imaginan, los seguidores de El señor de los anillos, a un Smeagol (aquella criatura en decadencia por su obsesión con el anillo del poder) recuperado y rehaciendo su vida, exitoso, ¡casado! y al frente de una joyería? (ver ilustración de William Ferreira).

Es que el final feliz es un imán sumamente seductor, aunque provoque risa. Otra muestra es la perfecta estructura ascendente de la película ganadora del Oscar 2008 y éxito de taquilla, Slumdog Millionaire: una historia deprimente con un final soñado. Y hasta un baile para redoblar la conclusión festiva.

Sentarse a mirar milagros realizados se convierte en una buena fuga. La psicóloga Bruno admite que en ocasiones existe una "necesidad de escape". "Eso del circo para el pueblo: dejar en un segundo plano las preocupaciones. Uno puede quedar capturado mirando una pantalla y en ese momento escapar a la realidad que se está viviendo. Y si tiene el plus de un final feliz, es una satisfacción negada en la vida diaria. Si el personaje con el que me identifico termina feliz, podría suponerse como cierto goce. Pero es bien puntual. Salimos del cine y volvemos a la realidad", reflexiona.

Por supuesto que un final de ficción, positivo o no, difícilmente será determinante para el estado anímico de un lector o espectador, sino que más bien podrá acompañar sus distintas etapas. "El tipo de lectura a la que se recurra tendrá que ver con lo que la persona está necesitando leer en ese momento", apunta la terapeuta Bruno, aunque admite que en casos puntuales el efecto puede ir un poquito más allá. Por ejemplo, si la saga de Harry Potter hubiera terminado con el (ya no tan) pequeño mago muerto, podría haber generado un decaimiento en muchos de sus seguidores. "Para muchos, ese personaje de ficción es un doble, alguien en quien se miran, un referente identificatorio. Un paciente adolescente me relató una vez que, cuando terminó de leer el séptimo libro, donde un personaje importante muere, esto le resultó doloroso, aunque aparentemente tiene un final feliz. La muerte de Harry Potter significaría más todavía, sería el fin de la magia", sostiene.

Pero volviendo a la generalidad, para la gran masa la ilusión o la esperanza quedan reducidos al momento específico que dure la proyección de la película o la lectura del libro -"momentos saludables y necesarios, de encuentro con uno mismo", dice Bruno- cuando las felicidades ajenas nos hacen sentir reconfortados.

Muchos comulgarán con el eslógan que, en canal Fox, hacía la promoción de Los Simpson: "Para dramas, ya está la vida".

Para niños, superar los obstáculos

La bruja, el príncipe azul, la madrastra, los animalitos del bosque, la manzana, la rueca, el zapatito, el hada madrina, la princesa rescatada y el final feliz. Personajes más, situaciones menos, en las historias infantiles lo que importa es que los protagonistas superen los obstáculos y terminen comiendo perdices. ¿Incide esto en la psiquis de un pequeño?

Para la psicoanalista Gabriela Bruno, más allá del final, "el cuento es primordial para que el niño ponga a jugar todos sus deseos inconscientes, sus temores, sus anhelos, y para que pueda realizar sus fantasías sin castigos, sin culpas, que mueran los malos y ganen los buenos, y jugar en esos distintos roles".

Si bien en este marco un final feliz es positivo - "porque si el héroe sale triunfante, también sale triunfante el espectador o lector"-, Bruno opina que el recurso típico y necesario de los cuentos infantiles es que existan "obstáculos, trama narrativa, hechos que se vayan sucediendo. Yo pondría más hincapié en la posibilidad que el niño tiene de ir anticipándose a lo que va a ocurrir".

También tienen cierta cuota de seducción las narrativas que incluyen pérdidas, dice la psicóloga, como una muerte (muchas veces con mágica resurrección incluida). "Creo que es fundamental en los finales felices: que ocurra algo terrible, para poder superarlo".

Una broma sobre los finales felices

Un año y medio atrás, el mundo conoció a la Fundación del Final Feliz, una organización creada por una británica llamada Adrienne Small, quien, luego de leerle el libro Una serie de eventos desafortunados a su hija, notó que ésta quedó muy triste. Decidió entonces reescribir el final de esa historia y crear la fundación con el objetivo de impulsar que los libros infantiles siempre terminen bien. Incluso sugirió que los que no lo hicieran fueran incinerados.

Meses después, y con la noticia publicada como real por varios medios sin crítica alguna, se supo que todo era una broma de marketing. La clave la daba el propio sitio web de la supuesta fundación: "La mayoría de los personajes de este trabajo son ficitios. Cualquier parecido con personas reales, vivas, muertas o medio muertas, es pura coincidencia. Ninguna persona no ficticia, lugar o cosa nombradas en esta web fue dañada durante la creación de este sitio. No estamos seguros de si el monstruo del Lago Ness es real o no, usted decide".

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