El dentista ya no es enemigo

| "Me gustaría ser valiente. Mi dentista asegura que no lo soy", confesó una vez Jorge Luis Borges. Quizás también el literato argentino sufría de odontofobia.

 20090530 360x250
El País

MARTÍN FABLET

De chiquito mi vieja me llevaba a un dentista que tenía su consultorio en Soriano y Yí. No bien nos tomábamos el 116 en 21 y Ellauri, comenzaba en mí una abundante y continua sudoración que conseguía empaparme toda la espalda y parte de la nuca. La angustia era tremenda, ya que el dentista no era muy bueno y sabía cómo hacerme sufrir. Era un ritual semanal que amargaba mi existencia. Me sentía como Dustin Hoffman en Marathon Man. El ruido del torno, junto al olor a hueso quemado, resultaban una combinación siniestra. Si algo sucedía posponiendo la horrorosa cita, ese día se convertía en una verdadera fiesta. No extraño a aquel dentista y espero que Dios no lo tenga en la gloria.

La odontofobia o miedo al dentista afecta a una de cada diez personas. Le tengo tanto pánico, que soy capaz de soportar un espantoso dolor de muelas antes que solucionar el problema. Según mi analista, todo es culpa de aquel perverso sujeto de la calle Soriano. Obviamente un buen dentista debe ser capaz de ayudar a vencer esa fobia y ofrecer en caso necesario sedación o incluso hipnoterapia. Jamás recurrir a la burla y mucho menos dudar de la masculinidad del paciente.

Soy consciente de mi más absoluta ignorancia en torno a los avances en la odontología. Sí, tengo presente lo interminables que eran los tratamientos, especialmente los de conductos; siempre quedaba algo por taladrar.

Hoy todo es mucho más rápido y según dicen indoloro; todo gracias a nuevos materiales y sofisticadas herramientas. Los tratamientos han dejado de ser misteriosos procederes, para convertirse en habilidosas pericias de técnicos bien capacitados.

Cámara bucal. El paciente puede estar al tanto de su tratamiento de forma on line gracias a una novedosa y pequeñísima cámara intraoral. Esta cámara se introduce en la boca del paciente (con su autorización), capturando imágenes entendibles y proyectándolas en un monitor. Allí, de forma relajada y profesional, paciente y asistente discuten el tratamiento a seguir. Nunca me quedó muy claro el papel de la asistente, ya que siempre opina mucho y a veces hasta hace de claque.

Limpieza ultrasónica. La placa, esa porquería inmunda constituida por masas invisibles de gérmenes muy dañinos que se encuentran en la boca y gustan de pegarse a los dientes, suele ser la causa de caries y enfermedades en las encías. De difícil detección, a menos que esté teñida (fácilmente puede colorear su placa masticando unas tabletas rojas "reveladoras" que se venden en algunas farmacias), su tratamiento suele ser el caballito de batalla de la mayoría de los odontólogos. Para combatirla, hay equipos de ultrasonido. Estos, a diferencia del gancho que utilizaba nuestro ya casi amigo de la calle Soriano, son una especie de lapicera con una punta roma, la cual produce una vibración tal que, al rozar con las placas de sarro, las expulsa violentamente realizando la profilaxis correspondiente.

Láser. Otra de las innovaciones más renombradas, y la cual pretende operar como diferenciador entre un profesional y otro, es la utilización del temido rayo láser.

Hay diferentes tipos y usos del láser en odontología. Ninguno de ellos se utiliza para la desintegración del paciente. La especialidad en la que más se emplea es la estomatología o tratamiento de enfermedades que afectan los tejidos blandos y por supuesto la cirugía. Mucho menos se utiliza para el tratamiento de tejidos duros: como caries, sensibilidad dental y ayudante en el blanqueamiento dental.

Las cirugías con láser sangran mucho menos y por ello no suelen necesitar de sutura, así como también la utilización de analgésicos es menor. Unos de los objetivos primordiales del láser es desplazar a la horrenda turbina y a su ruido, pero lamentablemente debido a su versatilidad y los altos costos de los equipos láser no ha podido ser eliminada del tratamiento odontológico.

Anestesia sin agujas. La aguja de la anestesia es de las cosas más repudiadas entre los odontofóbicos. Consigue como nada erizar a la víctima. Uno no puede creer que tan tremenda aguja pueda clavarse en la encía.

Desde hace tiempo, la industria de los analgésicos ha encontrado un efectivo sustituto. Se trata del Oraquix, un anestésico local que se coloca en el espacio entre la encía y el diente en forma de líquido, el cual rápidamente se transforma en un gel, anestesiando la encía por unos veinte minutos.

Todos estos adelantos técnicos, me han hecho revalorar la figura del odontólogo, posicionándolo en un nuevo podio a prueba. Seguramente a partir de hoy recuerde el 3 de octubre, Día de la Odontología. De todas maneras no puedo olvidar que el primero en diseñar la silla eléctrica fue un dentista neoyorquino, Albert P. Southwick.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar