MAGDALENA HERRERA
"Me volví una madre terriblemente co-dependiente", dice Doris. "Ahora hablo tranquilo, después de veintipico de años que hice las cosas mal", acota Eduardo.
Doris y Eduardo llevan 43 años de casados. Aunque ahora se miran con la ternura de una sólida pareja veterana, hasta el día de hoy se preguntan qué los mantuvo unidos en aquel infierno hogareño, cuando discrepaban silenciosamente sobre cómo conducirse frente a la realidad de un hijo adicto. No se peleaban, es cierto, pero tenían opiniones completamente opuestas. Se iban a dormir dándose la espalda, cada uno convencido de que tenía la razón y, sin embargo, ahora lo confiesan, en ambos reinaba la absoluta ignorancia y el desconocimiento total sobre una problemática, familiar primero -dicen-, y luego social. "En medio de nosotros, en la cama, estaba instalada una enfermedad que no podíamos ver", afirma Doris.
Con esa venda en los ojos, con angustia, desesperación por momentos, rabia en otros y hasta culpa, Doris y Eduardo vieron transcurrir los años mientras su hijo adolescente fue convirtiéndose en un joven adulto, que se involucraba cada vez más con las drogas y el alcohol. Ni uno ni otro, con sus respectivos criterios, lograban ayudar a su hijo -hoy de 38 años- que seguía y seguía cayendo, intercalando períodos de mejoría con sobredosis que lo llevaban al filo entre la vida y la muerte. Pasaba de la manipulación de familiares y médicos a la total pérdida de control, con seis intentos de autoeliminación de todas las formas habidas y por haber. "Fue diagnosticado un suicida sin vuelta", cuenta Doris.
Primer porro. Hasta con inocencia el matrimonio tuvo su primer contacto con la droga. Salieron y en la esquina se dieron cuenta que se habían olvidado algo. Regresaron a la casa y se encontraron a su hijo, entonces de 13 años, fumando un "porro" en la puerta con un vecino de la zona. Eduardo le dijo al otro chico que no lo quería ver nunca más y habló con su hijo. "Pensé que el tema estaba solucionado. No soy violento, pero un padre enojado asusta a cualquier gurí. Mi hijo entendió la situación y dijo que no iba a suceder más. Tanto, que me olvidé del tema", recuerda.
Esa fue una de las primeras veces. Pero luego, el tercero de los cuatro hijos de Doris y Eduardo, comenzó a consumir casi en forma continua hasta los 28 años. Ellos se enteraron bastante después, aunque veían y padecían el proceso de deterioro en su comportamiento. El muchacho, con una adolescencia compleja, era tratado por psicólogo y psiquiatra. "Uno siempre cree estar haciendo lo mejor y ¿dónde busca la solución? Afuera. Lo mandamos al psicólogo, al psiquiatra, al centro de estudios, y cargamos nuestra responsabilidad en los lugares a los que van. Pero en casa no", afirma Doris.
Hasta ese momento, el chico tenía problemas de carácter, en los estudios, entre otros, pero estaba siendo tratado, así que no había tanto de qué preocuparse. Estaba medicado, en manos de especialistas y, para sus padres, tenía la atención necesaria. "Uno se autoengaña. Pensamos que en nuestro hogar esas cosas no pasaban. Somos personas honestas, trabajadoras y todo estaba bien. Y resulta que tenía el problema en casa y no lo sabíamos", dice Eduardo.
Los problemas continuaron, el adolescente comenzó a frecuentar más la noche, y entró a jugar el alcohol. "No tengo claro si fue antes o después de las drogas, pero esa etapa la vimos y yo, mamá, siempre justificaba: `Bueno, es joven, cómo le vamos a decir que no, quitarle la posibilidad de la independencia`. No venía alcoholizado, pero llegaba tarde y por lo tanto dormía hasta muy tarde y se levantaba con un humor espantoso. Como no había comido en la noche, como toda mamá, yo corría a hacerle algo para que no fuera a pasar hambre. Ahí comenzó mi error", confiesa Doris.
La madre señala que si bien era un chico con problemas, que necesitaba tratamiento, era claro que había algo más. Se estaban dando ciertas características que escapaban a eso. " Veía que mis otros hijos también perdían exámenes, rompían con sus novias, pero no tenían la necesidad de salir a buscar algo. Nos enteramos -no fuimos comunicados inmediatamente- que prácticamente ya no estaba asistiendo al colegio. No es sólo culpa de los docentes, también mía, de la familia. Nosotros tendríamos que habernos dado cuenta. Ahí, empecé a hablarle, pensando que le iba a llegar a la emoción y al corazón. Como era nuestro hijo, lo amábamos, nos iba a entender. En definitiva, él se va involucrando cada vez más con las sustancias, y yo me voy involucrando también, y me voy volviendo una madre terriblemente co-dependiente. Prácticamente lo único que hacía era intentar buscar soluciones y seguir ese problema, olvidándome de casi todo lo demás, incluso de mí misma".
Lo que siguió fue un proceso de cuatro o cinco años de conductas inadecuadas, una tras otra. Él comenzó a darse cuenta que podía manipular la situación, y hasta accedió a ir al psicólogo. "Entonces nos abocamos a buscar al mejor. ¿Qué hicimos, en definitiva? Tapar el problema, pero éste sigue y ahí, en esa confusión, perdimos el tren. Lo que llevó a que avanzara tanto fue una ignorancia total. Porque el desencadenante tenía un motivo dentro de la familia. Uno siente que trató y amó a todos los hijos por igual, pero cada uno es distinto. Es difícil para los padres reconocerlo", dice Doris.
El joven no participaba de conversaciones con la familia, y se iba a su dormitorio. Abandonó los estudios, y luego comenzaron los varios fracasos laborales. Sentía que todo estaba en su contra y comenzó la autodestrucción. Fue entre los 18 o 19 años cuando la situación se complicó aún más con un consumo de cocaína en forma cada vez más ascendente, y también de alcohol. Los padres, ajenos a esa situación, seguían convencidos que sólo era una patología a tratar con médicos.
"Nos dijeron que era bipolar, neurótico, suicida en potencia, que tenía todo lo habido y por haber. Y para todo había una medicación. Llegó a tomar nueve pastillas diferentes al mismo tiempo. Pero nunca un psicólogo o un psiquiatra me dijo: `El problema de su hijo es la droga`. Yo pensaba que todo se arreglaba con el dictamen técnico y con las pastillas. Creo firmemente que en estos casos no se puede mantener el secreto médico. Porque hay riesgo de vida y porque se debe reconocer que esto es un problema familiar. Si me oculta que mi hijo está consumiendo, está atentando contra mí y mi familia", reflexiona Eduardo y señala que no sólo la ciencia no estaba ni está capacitada para abordar el tema, sino tampoco la sociedad en su conjunto. "Nosotros, los padres, los jóvenes, el poder político, los médicos. Antes aún menos, no se ocupaban ni preocupaban", afirma.
"Su hijo es adicto". Tras una sobredosis de cocaína, sumado a la ingesta de una cantidad excesiva de fármacos, el muchacho presentó un cuadro crítico. Todavía ajenos a la real dimensión del problema, los padres llamaron a una emergencia móvil.
Mientras lo bajaban "duro como una tabla", el médico les dijo: "Su hijo es un enfermo. Es un consumidor desde hace 15 años. ¿Sabe eso? ¿Cómo no lo sabe?"
Fue el primer shock para Eduardo. "¿Cómo que es consumidor? Si está medicado, tratado, el profesional tal y cual lo atiende en la mutualista", dijo el padre. "No señor, es un adicto", le contestó el médico.
Para ese entonces, recuerda Doris, su hijo ya tenía 25 años. En esa internación, ella recurre a un grupo de muchachos que concurría a la clínica a hablar con consumidores. "Se acercaron a mi hijo, que los miraba con una sonrisa socarrona como diciendo: `¿Qué me vas a explicar a mí?` Luego me llevaron a un lugar apartado y me dieron un folleto: `Esto es para usted. Tiene que ir a grupos de familiares. Porque sola no lo va a sacar, ni ayudar`. A partir de ese momento, no sé como, empecé a concurrir a los grupos de familiares de Narcóticos Anónimos y, por primera vez en años, hablé de mí".
A partir de ahí, comenzaron los intentos para salir de la droga, con internaciones ambulatorias. Y también los intentos de los padres. Eduardo confiesa: "Tuve muchos errores, pero fue por desconocimiento. Si vivía engañado por mi hijo y la sociedad, fui una víctima más. Sufrí todas las consecuencias de la adicción. Mi hijo consumía drogas y yo consumía sus conductas. Eso nos llevaba a que teníamos que andar en jueces, abogados, pago de cuentas, todo eso se iba sucediendo. Eso hacía que entre Doris y yo hubiera secretos, porque si hablábamos discrepábamos".
Doris intentaba plantear la situación pero ante la actitud más firme de Eduardo mantenía silencio. "Ahí viene mi culpa, porque yo era la que estaba más consciente de sus subidas y bajadas, y callaba. Hablaba con mi hijo, y confiaba que esa vez sí saldría. En tres oportunidades le encontré sustancias y, la primera, por ejemplo, lo oculté".
En muchos casos se puede salir de la droga en forma ambulatoria, dice el matrimonio. Pero su hijo no pudo, lo intentaba, pero volvía a recaer. "Pero algo había cambiado: yo. Eduardo vio que después de empezar en los grupos, lentamente, cambié. Cuando supe que la enfermedad de mi hijo era el consumo de sustancias, tuve que aprender que no podía darle tregua a la droga para que se instalara en mi casa", dice Doris.
No era la mujer de antes; dejó de ser un muñeco en manos del hijo manipulador, y así lo observó Eduardo, reacio todavía a concurrir a los grupos. "Yo pensaba: qué vas a ir ahí a desnudar tu alma. Estaba eso del ego y de mantener ocultos nuestros problemas, nuestros defectos, y que los demás no se enteren. Pero fui una vez, una segunda, y cuando quise acordar, íbamos los dos asiduamente".
El hijo de Doris y Eduardo lleva más de ocho años "limpio" (ver recuadro). A sus padres les llevó 15 años aprender y reconocer la enfermedad, e hicieron de ese aprendizaje una filosofía de vida.
Amor exigente, cero consumo y mucho compromiso
"Ahora te puedo hablar con toda tranquilidad después de veintipico de años que hice todo mal. Pero no me entretengo pensando en cómo lo hice mal sino que me ocupo en hacerlo bien", explica Eduardo.
Junto a su esposa, son los representantes de la Regional Uruguay de la Federación Brasileña de Amor Exigente, grupos de apoyo que se ocupan más de la acción, la prevención, y la inserción del consumidor al entorno familiar y social. En menos de dos años, ya desfilaron ante ellos miles de casos como el suyo, y hoy funcionan ocho grupos en Montevideo, Florida, Durazno y San José. "Nos dicen que nuestro trabajo es muy drástico porque es cero consumo. Pero no hay otra. O consumís o no consumís. Se está embarazada o no, pero no se está medio embarazada", señala Doris.
Hoy, luego de saber que no son culpables, sí responsables, el matrimonio transmite la experiencia propia y la filosofía de Amor Exigente. "Debemos generar herramientas de prevención. Pero para prevenir tenemos que saber la realidad. Se puede salir de la droga, e incluso no recomendamos la internación a no ser que sea muy necesaria. Nosotros lo hicimos porque nos salía la cuarta parte que en Uruguay, y no podíamos afrontarlo económicamente. Pero la mayoría salen a través de Narcóticos Anónimos y de Alcohólicos Anónimos, no hay que perder de vista eso. Todo depende de la voluntad del chico y del compromiso de la familia. Y eso es lo que desde Amor Exigente aconsejamos en la mayoría de los casos. Hay otros, como mi hijo, que necesitan otro tipo de tratamiento", indica. "Hay que dejar claro que un adicto, cuando llega a su punto, puede salir. Pero no se trata sólo de desintoxicarse y volver más repuestos. Hay que pensar qué hacer en el entorno familiar para cuando se produce ese regreso".
Comprometidos con una causa que no tiene ningún tipo de financiación (ni lo piden tampoco) Doris y Eduardo atienden a quien lo necesiten en la sede: su casa. Tel. 402 5488 o por e-mail: amorexigenteuruguay@adinet.com.uy
"¡Legalizar la marihuana! No toco de oído como otros, lo viví"
Cuando Eduardo escucha a algunos candidatos políticos hablar de la legalización de la marihuana inmediatamente le viene el recuerdo de su hijo, bajando tambaleante por la escalera, "riéndose no sé de qué". Consumía marihuana cuando intentaba dejar la cocaína, señala el padre. "Pero cada vez aumentaba más la cantidad, para llegar al nivel que le proporcionaba la cocaína. Cuando ya no lo lograba y estaba saturado de marihuana, volvía con más furia a la cocaína. O cuando no conseguía marihuana, una vez lo vimos allá arriba aspirando una bolsa de pegamento. ¿Cómo hay gente que dice que puede permitirse su consumo? Yo lo viví, a mí no me vengan con eso. Yo no toco de oído, como lo pueden hacer otros. No leí en un libro que el chamán en el año tal o cual consumía tal cosa. Esto no lo leí, lo viví. Que respeten lo que pienso".
También rememora el grado de manipulación que había alcanzado su hijo, utilizando esta droga. "Tenía una planilla que le daba la psicóloga en la que tenía que apuntar cuántos porros consumía cada día. Después, me enteré que si tenía ganas de discutir con ella, ponía diez; si no, ponía tres, y la dejaba contenta. Manipulaba toda la situación. Lo mismo hacía con el psiquiatra. Lo llamaba por teléfono y le decía que tal cosa (pastilla) no le hacía bien, que no se podía despertar, que qué le parecía si... Entonces iba al consultorio y el médico le dejaba una receta", relata.
Luego de atravesar esa experiencia, Eduardo opina que todos buscamos responsables pero nadie se hace cargo del problema. "Que la policía es muy dura o muy blanda, que el gobierno hace o no hace, que los médicos tal o cual cosa, que los educadores también cuando se pasan cuatro horas con el chico, y el resto está en su casa. Yo, como in-tegrante del tejido social, no hago nada por mí y todo lo pongo en manos ajenas. Nadie agarra la manija de esto. Todos tratamos de sacar la pata del lazo", dice, y señala también a los padres. "Cuando veo a una mamá encadenada pidiendo `que saquen a mi hijo de la droga`, me pregunto ¿y tú qué hacés? ¿Que lo saque otro? ¿Por qué? Yo, que conviví 15 años con mi hijo con drogas, ¿voy a pretender que otro lo saque en 24 horas?"
El sinuoso camino de la rehabilitación
En esa carrera interminable de autoeliminación, el hijo de Doris y Eduardo logra reconocer que no puede con eso. "En los intentos de suicidio hay segundos en los que el adicto quiere morir. En definitiva, está muriendo cada día. Pero a la hora que se ataca, quiere vivir. Y en ese flash, en ese segundo de coqueteo con la muerte, puede no contar el cuento o zafar", dice la madre.
Ya para ese entonces, la familia estaba fuerte, unida y no tan ignorante de la enfermedad. "Él vivía acostado. Ahí, su padre le dice que, si quiere ayuda, tiene una propuesta, pues lo hecho hasta el momento no había resultado. Pero le advierte: `Si salís a consumir asumí las consecuencias. Es tu vida y yo no voy a correr`". El joven intentó otra vez la manipulación, diciendo que la terapeuta le permitía la marihuana. "Que se haga cargo ella, pero en casa no", le contestó su padre.
El muchacho estuvo cinco días encerrado. "Tenía una locura galopante, no dormía, no comía, era espantoso. Una mañana se levantó y le preguntó al padre sobre la propuesta. Nosotros nos habíamos informado de una comunidad en Brasil. La sugerencia era que saliera del entorno, por su perfil: casi 30 años, y con múltiples intentos de salir sin poder mantenerse más de 60 días limpio. Además, cada vez que volvía era peor", cuenta Doris.
Allá se fue con otro muchacho que estaba en la misma comunidad ya casi rehabilitado. La medicación (9 pastillas diferentes) que llevó para veinte días se la consumió en el viaje en ómnibus. "Cuando llegó no sabía quién era, adónde estaba ni por qué. Ese fue el inicio".
Volvió a Uruguay luego de casi dos años, porque no sólo se rehabilitó sino que se abocó más de un año a trabajar con adictos en las comunidades brasileñas. Una vez aquí, comenzó a trabajar y decidió terminar Secundaria. Ya con treinta largos, inició una carrera. Está casado y viviendo en el exterior.