G.V.
Ninguna figura terrenal está más omnipresente que la madre. Ellas suelen ser señaladas como el motivo oculto de todas las angustias adultas y, de niños, parece que uno las acarrea constantemente: hasta en la ropa. Así lo ve al menos el psicólogo argentino Arturo Clariá, autor del trabajo Ser chico: un gran des-cubrimiento. Consideraciones sobre la ropa, la infancia y los disfraces favoritos. Dado que el primer "vestido" de todo niño -entendiendo como tal aquello que brinda calor, comodidad y protege del medio externo- es el útero materno, detrás de toda vestimenta que se use después habrá siempre una gran simbología. "Cuando los niños comprenden que no pueden disfrutar de su madre todo el tiempo, comienzan a acercarse a objetos de su entorno que funcionan de algún modo como sustitutos temporales de ella. La vestimenta abarca un concepto más amplio que la ropa misma", asegura el terapeuta.
PRENDAS QUE DICEN. En ese marco entran los conocidos (al menos lo serán para papás con niños lactantes o pre-escolares) "objetos transicionales", que es como se denomina a elementos que los niños utilizan cuando están alejados de sus padres, por ejemplo si son cuidados por otros o cuando duermen solos, para sentirse "contenidos, arropados, abrigados, amados", dice Clariá. En general se trata de mantitas, osos de peluche o almohadas a las que los chicos se apegan y llevan para todos lados. De acuerdo al psicólogo, simbolizan la relación con los padres, además de que "actúan como ordenadores emocionales y permiten al niño tramitar y expresar las vivencias de su mundo interno".
Para algunos psicólogos, el "fenómeno transicional" que comienza en la infancia nunca termina. De grande, en la cultura en general y en el deporte en particular siempre habrá elementos que refieran a esa relación, dice el terapeuta. "En esos casos, es saludable que no haya un apego, sino que se vaya mutando en los objetos".
El consultorio del psicólogo es un buen lugar para decodificar los mensajes que los niños intentan expresar a través de la ropa que prefieren ponerse. Clariá compila varios casos para ejemplificarlo. Marcos, de cinco años, prefería el color rosa en su ropa ya que estaba rodeado de influencias femeninas y escasa presencia de su padre o figuras masculinas influyentes. Tomás, de cuatro, decidió usar su camiseta de fútbol todo el tiempo, hasta para dormir, el tiempo que su papá estuvo fuera por trabajo. Cuando su madre le pedía que se la cambiara, la respuesta era: "Quiero ir a la cancha con papá" (traducción: "Quiero estar con mi papá", dice Clariá). Florencia, de nueve años, se negaba a usar el vestido heredado de su hermana mayor. "Quiero ser yo", reclamaba. Federico, también de nueve años, comenzó a hacerse pis por las noches y los padres - "presentes y cariñosos pero que no se daban cuenta de la exigencia que ejercían en su hijo"- lo llevaron a terapia. Allí, la mamá relató molesta que Federico se encaprichaba en usar cierta remera, ya vieja, algo que entendía como una "falta a la perfección". Clariá pidió que lo dejaran ir a las sesiones con esa remera, y partir de ahí el chico comenzó a ir de muy buena gana. "Esa prenda le permitía relajarse, olvidarse de las presiones y las normativas", cuenta.
"La ropa que un niño utiliza tiene un valor intrínseco para él que los adultos debemos descifrar, o por lo menos, permitir y aceptar", dice el psicólogo. Es que la vestimenta colabora mucho en aspectos primordiales, como identidad, autoestima, autenticidad, afecto, tramitación de vivencias de separación, ansiedades y angustias.
Pero también los padres depositan simbología en la ropa de sus hijos. "El adulto trae consigo sus propias vivencias infantiles e intenta reproducirlas o evitarlas en sus hijos. Un niño constantemente desarreglado y sucio está hablando de sus padres; otro extremadamente prolijo y sin un detalle fuera de lugar, también. En los primeros años de vida la influencia de los padres es directa, porque son ellos quienes los visten. Cuando los niños crecen y comienzan a hacerlo por sus propios medios han introyectado ya un mensaje educativo que también se manifiesta en la elección de la ropa".
ESTE, PORQUE ME GUSTA. Por todo eso, importa mucho que el niño tenga la posibilidad de elegir qué ponerse y hasta cómo usar cada prenda. Siempre, todo lo que los chicos usan está dictaminado por el mundo adulto: los papás seleccionan su ropa diaria, el colegio ordena el uniforme, los clubes establecen tal o cual vestimenta deportiva. Pero eso no está mal. Según Clariá, todo ello "es necesario e importante para la internalización de normas, la socialización y el sentido de pertenencia". Es probable que al principio, los niños renieguen de esas vestimentas "oficiales", formales y funcionales, por considerarlas (de hecho, lo son) impuestas y obligatorias. Esa es la ropa que les recuerda que deben adaptarse a las reglas, apunta el psicólogo.
Justamente por eso, afirma, se hace necesario el uso del imaginario que facilite la huida a un mundo creativo, donde el mismo niño impone las reglas. Es decir, que él mismo elija qué ponerse. Esa es una decisión que los padres deben alentar, siempre y cuando el pequeño no atente contra su cuerpo o sus intereses, aclara el terapeuta, por ejemplo, saliendo muy desabrigado o no llevando el uniforme al colegio, lo que seguramente derivaría en una reprimenda de sus profesores. Eso sí, no debería ser un impedimento que al padre simplemente "no le guste" lo que quiere ponerse porque no combina colores o porque decide vestirse demasiado informal -o formal, según el caso- para una reunión o cumpleaños.
De la misma manera, el niño puede elegir el modo en que utiliza una prenda: si se deja la camiseta por dentro o por fuera del pantalón, si se arremanga el buzo, si se desajusta la corbata, si deja caer las medias o las mantiene sujetas a la rodilla, si se ata los cordones o no. "Estas decisiones están íntimamente ligadas a la construcción de su personalidad e identidad, y hablarán de ellas", señala el psicólogo.
Jugar a ser otro
Entre los 5 y 6 años, los niños empiezan a darse cuenta de que el uso de atuendos y accesorios facilita la imitación de un personaje. Es muy común entonces que, por esas edades, a los chicos se les dé por revolver el ropero de los padres en busca de algo que los ayude a identificarse con el mundo adulto. Las niñas se pintan e intentan verse parecidas a mamá, en tanto los varones se vuelcan más a las máscaras y los héroes de acción e historietas. "En la infancia, el juego en general, y el uso del disfraz en particular, son las herramientas más accesibles con las que cuenta el niño para tramitar sus vivencias", asegura el psicólogo argentino Arturo Clariá.
Para el especialista, hay varias temáticas que pueden revelarse a partir de los disfraces elegidos: rivalidad entre hermanos o el nacimiento de un nuevo hermanito, presiones y exigencias escolares y familiares, tramitación de situaciones angustiantes o vivencias de ansiedad, puesta en escena de miedos, preocupaciones, deseos y también sentimientos positivos.
"Es importante destacar que el disfraz colabora para que estas vivencias se manifiesten en los niveles emocionales en que ellos la sienten y no como podría percibirlas un adulto con una visión objetiva externa", apunta Clariá en su trabajo Ser chico, un gran des-cubrimiento.
De acuerdo al terapeuta, la utilización de disfraces también ayuda en la desinhibición del niño. El uso de una máscara tiende a liberar y permitir hacer cosas que en otra situación la vergüenza impediría realizar.
Al tiempo que subraya su valor como recurso expresivo, Clariá señala que es importante que los padres tomen parte y se animen a jugar y disfrazarse con el niño. "Suele decirse que los padres son capaces de `darlo todo` por sus hijos. Es necesario, en ciertos momentos, dar la propia adultez (...) y permitirse sacar a la luz el imaginario más puro que han construido desde niños", concluye el experto.