ADELA DUBRA
Hubo un tiempo en que a los enanos se les decía enanos, y llenaban teatros y ferias. La fascinación venía de mucho atrás, de cuando reyes y nobles gustaban de tenerlos cerca en la corte. A comienzos del siglo XX existían compañías enteras de liliputienses que eran la atracción en Europa.
Entre esa generación de pequeñas estrellas hubo una cubana, Chiquita, de 66 centímetros de altura, joven de buena familia, que cantaba y bailaba con gracia. La historia de Espiridiona Cenda -Chiquita-, tiene de increíble que, pese a haber sido famosa en su momento -se codeaba con Sarah Bernhardt, fue la primera artista de su país en pisar la Casa Blanca, cautivó al público e hizo fortuna- quedó olvidaba. Una biografía novelada de la artista del escritor y periodista Antonio Orlando Rodríguez, cubano radicado en Miami, ganó el Premio Alfaguara de Novela 2008.
DOS CARAS. Era fantasiosa, dominante, de lengua afilada, podía ser malísima, aun con sus seres queridos. Le encantaban los hombres todos, los de su tamaño y los altos: la condición era que estuvieran bien dotados.
"Era putísima. Aunque en las fotos queda con una carita que parecía incapaz de matar una mosca, era muy coqueta y siempre estaba tratando de seducir, de envolver a la gente con sus encantos. Ese era un juego que disfrutaba mucho. Quizá te cueste creerlo, pero ella tenía un qué se yo que volvía loco a los hombres. Y a algunas mujeres también. Oyéndola hablar de sus amoríos llegué a la conclusión de que en este mundo hay más gente morbosa de la que uno se imagina". Así la describe en el libro un narrador ficticio de nombre Cándido Olazábal, que habría trabajado años para ella.
Esa es una de las voces que conforman la novela: el autor eligió el recurso de decir "encontré unas cajas viejas con papeles amarillentos y comidos por la polilla" que eran, supuestamente, una biografía. De una forma mucho más efectiva utilizó un recurso parecido hace más de 20 años Antonio Larreta para escribir Volavérunt.
El autor, que logró irse de Cuba en 1991, investigó los hechos, y dedujo, para suplir lo que no se sabe. Fue visitando varias ciudades donde había estado o vivido la liliputiense. En esa reconstrucción, contó que utilizó recursos muy poco ortodoxos como, por ejemplo, recurrir en dos oportunidades a especialistas para que hicieran la carta astral de Chiquita.
No debiera haberse esmerado en imaginar tanto, porque la vida de Chiquita fue un novelón desde el principio. Espiridiona Cenda nació el 14 de diciembre de 1869 en San Carlos y San Severino de Matanzas, en la costa norte de Cuba.
Su padre, un médico que había estudiado en París, y su madre, Cirenia del Castillo, la criaron en cuna de oro. Su madre tenía prohibido el término enana y siempre dijo que Chiquita era perfecta. Le decía que en el momento de crearla, Dios no había tenido a mano suficiente material.
Cuando nació, midió ocho pulgadas y media. Una caja de cigarrillos hubiese podido servirle de cuna. Siempre según el fantasioso relato del autor, para darle fuerza instalaron en el patio de los Cenda a una camella, a ver si su leche hacía crecer a la minúscula niña.
Chiquita enseguida demostró su inteligencia y habló y caminó antes que los otros niños. No iba al colegio, pero en su casa aprendía todo y pasaba horas mirando los enanos de los libros de cuentos, a los que les tenía antipatía por su forma de proceder.
Su madre la sacaba poco a la calle para protegerla de miradas impertinentes o burlas. También había que cuidarla de los niños, en quienes Chiquita provocaba un frenesí: se abalanzaban sobre ella, por puro morbo o porque la confundían con una muñeca.
AL ESTRELLATO. Después de la muerte de sus padres, por esos designios del mundo financiero, Chiquita quedó, a los 26 años, en la ruina. Un hermano suyo que había viajado y visto que en las grandes capitales estaban de moda los enanos y liliputienses, le propuso encarar una carrera artística y le sugirió el nombre artístico The Living Doll.
Chiquita lo pensó, aceptó, y así llegaron a Nueva York a fines de siglo, donde en base a un buen manejo y su gracia natural, cayó bien. Su debut fue reseñado en diarios como The New York Times, enseguida se empezó a mover en el ambiente con espléndidos vestidos, zapatos y alhajas.
Profesional y astuta, se sacó de encima a su hermano como manager y en adelante ella negoció sus contratos. Gracias a sus escasos centímetros -se enfurecía si escuchaba que había surgido otra más baja que ella en las tablas- alcanzó la fama, hizo fortuna y empezó una vida entre Estados Unidos y Europa. La chica que nunca había soñado salir de Matanzas se hizo amiga de la Bella Otero y de a ratos fue amante de cocottes como Liane de Pougy.
Después de los teatros, se dedicó a las grandes ferias y exposiciones que se encontraban en auge a principios del siglo XX. Allí dejó los hoteles lujosos por los carromatos, y su círculo de amistades se amplió a compañeros de trabajo como Mademoiselle Flo, la mujer con dos cabezas. También allí tuvo sexo con colegas como el guerrero sioux Águila Feroz o el mago chino Ching Ling Foo.
Un novelón que no valía exageraciones
El autor de Chiquita abusa de lo exótico, lleva las anécdotas a tal extremo que las vuelve inverosímiles -el extremo es que la hace pertenecer a una sociedad secreta de liliputienses con alcance mundial- pero es parte de un camino que muchos narradores eligen para entrar en otros mercados: lo que viene de Latinoamérica debe tener, si no gente volando, por lo menos mucho exotismo. Esa mezcla de realismo mágico e imaginación desenfrenada que tan bien cotiza en Europa. La novela ganaría en calidad si no cayera en esos excesos; la historia de Chiquita es suficientemente extravagante y no necesitaba condimentos ni tantas páginas para demostrar solidez.
Es probable que no sea cierto que, en Sevilla, Chiquita se haya fascinado con un gitano que le cantaba coplas en su ventana ni que haya sido secuestrada por un jeque árabe para que se casase con su hijo liliputiense. Pero sí es cierto que fue recibida en la Casa Blanca por el presidente McKinley, quien después le envió un regalo: un landó a su medida y dos ponies enanos.
"El más pequeño átomo de humanidad", "la bomba cubana", "un duende con divina forma humana", "la reina liliputiense cubana", supo siete idiomas, tuvo pretendientes buenmozos, rechazó propuestas de matrimonio y se casó con un muchacho mucho menor que ella.
Rodó una película y participó en Freaks, pero no controló su malhumor y el director Tod Browning la despidió y cortó sus apariciones.
Terminó viviendo en una casa de dos pisos en Far Rockaway, en Long Island. Todos los muebles estaban hechos a su medida, salvo la radio Philco, modelo Tudor, cuyos botones su dueña no alcanzaba. La acompañaba su mucama Rústica, una negra con la que se había criado en Matanzas y que la había seguido por teatros, hoteles y ferias. Murió unos días antes de cumplir 76 años. Dicen que se sentía plena, conforme y feliz. Al amortajarla, Rústica la midió, intrigada porque muchos liliputienses a, la vejez, crecen algo. Chiquita había mantenido sus 66 centímetros.