LA NACIÓN
En Un largo camino. Memorias de un niño soldado, el africano Ishmael Beah transforma en relato su trágica experiencia de tres años, en la que la devastadora realidad de la guerra arrasó con pueblos enteros, con su familia y su propia inocencia, hasta que tres años después lo rescató Unicef. A los 13 años fue obligado a unirse a las fuerzas rebeldes de Sierra Leona. Lo que prosigue es un adelanto de su libro:
"Los pueblos que capturábamos y convertíamos en base al avanzar y la selva donde dormíamos eran nuestro hogar. El pelotón era mi familia, el arma, mi forma de vida y protección, y la norma era matar o morir. La extensión de mis pensamientos no iba más allá. Llevábamos más de dos años combatiendo y matar se había convertido en una actividad diaria. No sentía compasión por nadie. Mi infancia se había desvanecido sin enterarme, y era como si mi corazón se hubiera congelado. Sabía que el día y la noche iban y venían por la presencia de la luna y el sol, pero no tenía ni idea de si era domingo o viernes.
Pensaba que mi vida era normal. Pero todo empezó a cambiar en las últimas semanas de enero de 1996. Tenía quince años. Salí una mañana con veinte miembros de mi pelotón hacia Bauya, una ciudad pequeña a un día de camino al sur de donde estábamos, para conseguir munición. También iban mis amigos Alhaji y Kanei. Estábamos ilusionados porque veríamos a Jumah, que estaba allí... Queríamos oír sus anécdotas de guerra, saber a cuántos había matado. También me apetecía ver al teniente. Esperaba que tuviéramos tiempo para hablar de Shakespeare.
Caminamos en dos hileras a los lados de un sendero polvoriento, mirando hacia los espesos matorrales con los ojos inyectados en sangre. Llegamos a las afueras de Bauya al atardecer y esperamos en la maleza a que el jefe se adelantara para que nuestros colegas no dispararan. Nos apoyamos en los árboles...
El comandante volvió unos minutos después y nos indicó que fuéramos a la ciudad. Me guardé la pistola en la funda y caminé con Kanei y Alhaji hacia la base. Las casas de cemento de la ciudad eran más grandes que las que había visto en otros pueblos, y por todas partes sólo veíamos caras desconocidas. Saludamos con la cabeza a los soldados al pasar y buscamos a Jumah. Lo encontramos sentado en una hamaca del porche de una casa de cemento que daba a la selva. Tenía un arma semiautomática y parecía sumido en sus pensamientos. Nos acercamos lentamente, pero antes de que pudiéramos asustarlo, oyó nuestros pasos y se volvió. Su cara parecía haber envejecido y ya no asentía con la cabeza cuando hablaba. Le estrechamos la mano y examinamos su arma.
-Veo que vas por ahí con armas pesadas -bromeó Alhaji.
-Bueno, ya ven, he superado los AK -contestó él, y nos reímos.
Le dijimos que volveríamos a estar con él al cabo de unos minutos y fuimos a cargar las bolsas de munición y comida. Mientras estábamos en el arsenal, el comandante nos dijo que el teniente había ordenado pasar allí la noche y que la cena estaba preparada. Yo no tenía hambre, así que volví solo a ver a Jumah mientras Kanei y Alhaji se iban a comer.
Nos quedamos un rato en silencio... -Mañana por la mañana salgo a una incursión y es posible que no volvamos a vernos. -Calló, rozó con el dedo la ametralladora y siguió : -Maté al dueño de esta arma... Abatió a muchos de los nuestros hasta que lo matamos a él. Desde entonces la he usado para hacer bastante daño.
Chasqueó la lengua y chocamos las manos y nos reímos. Inmediatamente después, nos ordenaron presentarnos a la reunión nocturna en el patio del centro de la ciudad. Era un acto social donde los jefes se mezclaban con los demás. Jumah cogió su arma y me rodeó los hombros con el brazo mientras nos dirigíamos al patio. Alhaji y Kanei ya estaban allí y habían empezado a fumar. El teniente Jabati también estaba, y aquella noche se lo veía jovial. Casi todos sus colegas, el sargento Mansaray y el cabo Gadafi, habían muerto, pero él había conseguido seguir vivo e ileso milagrosamente, y había sustituido a sus colegas muertos por otros hombres feroces y disciplinados. Deseaba hablar con el teniente sobre Shakespeare, pero estaba muy ocupado atendiendo la reunión... Cuando finalmente se puso delante de mí, me estrechó la mano con fuerza y dijo:
-Macbeth no será vencido hasta que el bosque de Birnam no llegue a lo alto de Dunsinane.
Me saludó con la cabeza y dijo en voz alta: Debo dejarlos, caballeros... Levantamos las armas y vitoreamos. Cuando el teniente se hubo ido, empezamos a cantar el himno nacional "Highwe exalt thee, realm of the free, great is the love we have forthee..." en marcha, y fumamos y esnifamos cocaína y brownbrown que corrían en abundancia en Bauya. Charlamos toda la noche, de lo buenas que eran las drogas.
Antes del amanecer, Jumah y algunos más salieron a la incursión. Alhaji, Kanei y yo le estrechamos la mano... Jumah sonrió, apretó la ametralladora y se fue corriendo...
Unas horas después llegó un camión al pueblo. Bajaron de él cuatro hombres vestidos con vaqueros azules y camisetas blancas limpias con el logo de Unicef en grandes letras. Uno de ellos era blanco y otro también era claro de piel, tal vez libanés. Los otros dos eran compatriotas, uno con marcas tribales en las mejillas, otro con marcas en las manos como las que me había hecho mi abuelo para protegerme de la mordedura de serpientes. Iban demasiado aseados para haber estado en guerra. Los llevaron a la casa del teniente. Él los estaba esperando... Al cabo de un rato, el teniente estrechó la mano a los dos desconocidos y llamó al soldado que custodiaba la reunión. Este último se nos acercó y nos dijo que nos pusiéramos en fila. Fue por todo el pueblo convocando a los chicos y exclamando:
-¡Por orden del teniente!
Estábamos acostumbrados a cumplir órdenes...
El teniente se situó frente a nosotros y lo saludamos, esperando que nos mandara a atacar algún campamento rebelde.
-Descansen, chicos -dijo.
Paseó arriba y abajo de la fila seguido por los visitantes, sonriendo.
-Cuando se los señale, adelántense y formen una fila junto al soldado. ¿Entendido? -ordenó desde un extremo de la fila.
-Sí, señor -gritamos. Las sonrisas de los visitantes se esfumaron.
-Tú, tú... -señaló el teniente caminando frente a la fila.
Cuando me eligió a mí, lo miré a la cara, pero me ignoró y siguió... También escogió a Alhaji, pero a Kanei no, tal vez porque era mayor. Al llegar a quince, nos ordenó:
-Saquen los cartuchos, pongan el seguro al arma y déjenla...
Dejamos las armas, y los visitantes, sobre todo los dos extranjeros, volvieron a sonreír.
-Atención. Marchen -ordenó un soldado. Seguimos al teniente...
-Han sido grandes soldados y saben que forman parte de esta hermandad. Me siento muy orgulloso de haber servido a mi país al lado de ustedes, chicos. Pero su trabajo aquí ha terminado, y debo mandarlos afuera. Estos hombres los llevarán a una escuela y les darán otra vida.
Eso fue todo lo que dijo; pidió a los soldados que nos quitaran el equipo militar, sonrió y se marchó. Escondí la bayoneta en los pantalones y una granada en el bolsillo. Cuando uno de los soldados me registró, lo empujé y le dije que si me tocaba lo mataría. Se apartó...
¿Qué sucedía? Seguimos con la mirada la figura del teniente dirigiéndose a su casa. ¿Por qué había decidido entregarnos a los civiles? Creíamos que formaríamos parte de la guerra hasta el final. El pelotón había sido nuestra familia. Y nos alejaban de él sin más... Unos soldados recogieron nuestras armas y otros las custodiaron, asegurando que no intentáramos recuperarlas. Cuando nos hicieron entrar en el camión, miré al porche donde el teniente estaba de pie, mirando hacia la selva...
En cuanto el camión empezó a alejarse de la base, comencé a hervir de furia, porque no entendía nada de lo que sucedía. Alhaji me miró con expresión desconcertada. Miré las armas que llevaban los MP, soldados urbanos, con envidia. Los hombres que habían venido a buscarnos nos sonrieron mientras el camión tomaba velocidad...
Estuvimos horas circulando. Me había acostumbrado a ir andando a todas partes y hacía tiempo que no me sentaba en un camión o en ningún sitio sin hacer nada. Pensé en secuestrar el camión y volver con él a Bauya. Pero cada vez que estaba a punto de arrebatarle el arma a uno de los MP, el camión se paraba en un control... Había olvidado que llevaba la granada en el bolsillo...
Entramos en una calle asfaltada con mucho tráfico. Por todas partes veía coches que venían en nuestra dirección y en dirección contraria. Nunca había visto tantos coches, camiones y autobuses en mi vida. Mercedes, Toyotas, Mazdas, Chevrolets... que tocaban la bocina, y de donde salía música a todo trapo. Todavía no sabía adónde íbamos, pero estaba seguro de que estábamos en Freetown, la capital de Sierra Leona...
Afuera estaba oscureciendo. El camión avanzaba lentamente por la calle embotellada... Las tiendas y los puestos también estaban iluminados. Me asombró la cantidad de luces que había sin que se oyera el ruido de un generador. Me estaba maravillando con el centelleante paisaje urbano cuando el camión se desvió por una calle y empezó a trotar... Seguimos así unos minutos y nos paramos. Los MP nos ordenaron bajar...
Entramos a un recinto cercado donde había varias hileras de casas. Había luces... y chicos de nuestra edad, de quince años y más, sentados en los porches y escalones. Nos ignoraron, como si ellos tampoco tuvieran muy claro dónde estaban.
El extranjero de aspecto libanés nos indicó que lo siguiéramos a la casa, con cara de satisfacción. Era una gran sala y había dos hileras de camas dobles. Ilusionado, nos mostró nuestra cama y unos armarios que contenían jabón, pasta de dientes, cepillo de dientes, una toalla, una camisa y camisetas. Las camas tenían almohada, sábanas limpias y mantas. Ninguno de nosotros estaba tan interesado en los que nos mostraba como parecía estarlo él.
-Tendrán deportivas nuevas. Mañana les buscaremos el número.
El dato
En Uruguay
Desde hace muy pocos días, según anunció Editorial Pomaire, la versión en español de "Un largo camino, Memorias de un niño soldado", del flamante escritor Ishmael Beah, se encuentra a la venta en las principales librerías del país.
Su precio es de 375 pesos, y se trata de una publicación de Pomaire en Uruguay, que representa a la editorial que publicó el libro, Nuevo Extremo.