G.V.
La felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna". Es inevitable que la frase de Groucho Marx despierte al menos una sonrisa, quizá porque su irónica definición, alejada de las ideas románticas y espirituosas que habitualmente consumimos de pequeños, logra una complicidad inmediata con el lector, para muchos más realista. Otros, aferrados al ideal, coincidirán con el Dalai Lama, quien aseguró que "la felicidad está condicionada más por el estado mental que por los acontecimientos".
Lo cierto es que tesis al respecto sobran, con matices y fórmulas para todos los gustos. Si algo ha desvelado al hombre desde siempre es la búsqueda de la felicidad y, a esta altura, muchos se conforman con al menos saber de qué se trata.
¿De verdad es posible para un ser humano común y corriente, imperfecto, con conflictos, ser feliz? Sí. Esa es la contundente respuesta del psiquiatra y psicoanalista argentino José Eduardo Abadi, que acaba de editar De felicidad también se vive.
¿Otro libro de autoayuda? Puede ser, aunque el autor aclara que no brinda "fórmulas", porque no existen. "Si no, ya tendría un Premio Nobel", bromea cuando cuenta que a veces la gente se acerca a pedirle recetas en charlas y presentaciones.
Sin embargo, a pesar de que suene a concepto de novela, etéreo y escurridizo en el mundo real, Abadi asegura que la felicidad es posible, y se debe empezar, justamente, por desmitificarla.
SIN UTOPÍAS. No es que existan muchos conceptos de felicidad, sino que algunos la tratan de un modo equivocado, asegura el psicólogo. Por eso, aclara que en su libro se refiere a la felicidad "posible". "Es frecuente que se defina con abstracciones casi utópicas, ingenuas, que hacen que la gente termine por no creer en ella. Es que no se puede creer en algo que desconoce a los sujetos que buscan esa felicidad. La felicidad posible es la de los seres humanos, que son mortales, finitos, que están en conflicto, inevitablemente insertos en un mundo donde la incertidumbre y la incógnita están presentes, donde la omnipotencia de los deseos tiene que quedar relegada a la potencia de las realidades, las capacidades y los esfuerzos. De esa felicidad hablo. No de la que pueden alcanzar los dioses".
E insiste: no hay fórmulas. Pero sí debe tomarse en cuenta que existe una manera de pensarla, buscarla, condiciones que la posibilitan y obstáculos que la inhiben, enlentecen, o directamente la impiden. Entre esos obstáculos, está el menos pensado: la voluntad. "El objetivo de todos, cuando nos preguntan qué esperamos de la vida, es ser felices. Todos la deseamos, pero ¿todos la queremos? La diferencia es la voluntad. Para pasar del desear al querer, tenemos que saber a dónde apuntamos, quiénes somos, reconocer nuestra condición compleja en un mundo complejo, comprometernos con lo que buscamos y trabajar para conseguirlo, es decir, crear las condiciones y disolver los obstáculos. La felicidad posible no va a encontrarse casualmente ni se va a generar en forma espontánea. Hay que buscarla activamente".
La teoría es prolija, y quizá algo reiterada. El problema, pocas veces señalado, es que esa búsqueda puede resultar agotadora y frustrante cuando el objetivo no se alcanza. En ese caso, perseguir la felicidad en forma constante, ¿no puede conspirar contra ella? "Se vuelve frustrante si las condiciones para alcanzarla fueran imposibles y también si nos ponemos exigencias e ideales inalcanzables. Son trampas para que cualquier éxito que tengas sea siempre `hasta ahí`, `algo más`, y la sensación de `qué lejos estoy de lo que debe ser`. Son formas de maltrato con uno mismo. Lo único que se logra es desvalorizarse, porque cualquier cosa que se consigue está lejos del ideal. Uno se deprime, se retrae, o envidia, porque ve que otros pueden lo que uno no puede. El ideal sádico, el que sólo pueden alcanzar los dioses, es una trampa siniestra para sentirse siempre mal. Si me decís `yo quiero ser inmortal y así alcanzaría la felicidad`, yo te contesto `vos no querés la felicidad, querés ser Dios`", explica.
ARMONÍA PERMANENTE. Pensar cómo se siente, decir lo que se piensa, hacer lo que se dice; ser coherente y alejarse de las contradicciones es vital para encontrar la plenitud. Algo así como un secreto muy añejo. "Defiendo lo que han dicho grandes pensadores como Aristóteles, Platón, Kant, cuando hablan de armonía. No es un concepto inventado por mí. Yo lo tomo como una de las mejores expresiones de la definición de felicidad: equilibrio dinámico, coherencia entre lo que se siente, piensa, dice y hace. No entrar en contradicciones con uno mismo que nos lleven a estancamientos, paralizaciones, sufrimientos. La felicidad está ligada a la autenticidad, a ser uno mismo, a la verdad y la libertad".
Uno de los puntos más novedosos en el libro de Abadi es su planteo, contrario a la idea más extendida y arraigada popularmente, de que la felicidad no son momentos, sino un estado permanente. "Es una de las discusiones más fuertes que tengo. La felicidad no es un placer momentáneo, es un estado que tiene distintos niveles de intensidad, algunos de ellos de plenitud. Y en ese estado quedan albergados también los sufrimientos, padecimientos y pérdidas, como cuando alguien nos abandona o muere. Pueden darse esos momentos de dolor, pero en alguien que ha alcanzado la felicidad, esa es la diferencia. El pretender que no ocurra nada malo o doloroso no es querer la felicidad; es querer ser Dios y suponer que uno está ajeno a las miserias inevitables de la vida".
En este esquema, alguien feliz no mantiene una eterna sonrisa, intachable e impoluta, simplemente porque eso no es real. "Una persona que alcanzó el estado de felicidad también tendrá padecimientos. Y no soy de la teoría del placer del sufrimiento ni la necesidad de sacrificio, ni todas las teorías que se sostienen que somos resultado de una culpa original que tenemos que pagar en la vida, tradición judeo cristiana en su aspecto más conflictivo, a mi juicio".
Eso sí, mientras muchos episodios negativos y tristes son ineludibles, otros tantos -quizá los que generan la mayor parte de las preocupaciones cotidianas- no lo son, recuerda el psiquiatra argentino. "Sobre algunas cosas no podemos hacer nada, pero sobre las miserias neuróticas y los padecimientos imaginarios sí que podemos hacer. Y con nuestras capacidades y potenciales podemos construir".
ÚSELO Y TÍRELO. Hoy en día, los medios no ayudan mucho a pensar la felicidad como un estado permanente. Los avisos publicitarios la venden con cada producto y viene siempre con fecha de vencimiento. ¿Acaso la modernidad no atenta contra el ser feliz? Para Abadi, el estilo de vida actual debe ser "metabolizado" para construirlo en algo que colabore con la meta de ser más pleno y feliz.
"Si la jerarquía de lo subjetivo, del placer, la alternativa, los cambios, son tomados en un sentido positivo, tendremos un hombre con capacidad de gozar, variables que van a reconocer alianzas y lealtades con el otro. Si lo tomamos desde un punto de vista negativo, vamos a tener egoísmo, narcisismo, autoerotismo en lugar de un encuentro placentero con alguien más. En este mundo, según cómo internalicemos estas variables podremos alcanzar estados mucho mejores con nosotros mismos, o entrar en patologías narcisistas y fobias, como vemos tantas veces".
En cuanto a que hoy la sociedad "vende" la felicidad como momentos, el psicólogo asegura que se trata de un aspecto "sintomático" del cual se puede sacar algo positivo. "Si uno entiende que puede elegir, cambiar, jugar, probar, en un sujeto auténtico que tiene una relación con otro, tenemos una variable interesante. Si lo único que hace es quedar capturado, promoción mediante, en tener que comprar los íconos que vienen de afuera, pues no. La felicidad que viene de afuera dura poco, se goza menos y deja siempre insatisfecho. Tiene que ser un encuentro de uno en su autenticidad con lo que va buscando".
Inteligencia, aliada o enemiga
Hay quienes dicen que la gente feliz es inteligente. Sin embargo, otros tantos aseguran que la inteligencia muchas veces puede provocar angustia, debido tal vez a una excesiva lucidez respecto a las carencias del entorno.
Para el psiquiatra y psicólogo argentino José Eduardo Abadi, la inteligencia es siempre una aliada de la felicidad. "Si por inteligente entendemos a alguien que reúne de un modo útil y eficaz los recursos que tiene para conseguir aquello que realmente quiere, no creo que eso esté ligado al sufrimiento. Ser inteligente tiene que ver con ámbitos, contextos. Es una gran aliada, porque permite reunir de un modo más interesante, fructífero y divertido la razón con la emoción. Y también permite descubrir y desarrollar cuestionamientos que nos acerquen a nuestra verdad, aunque sea incómoda. Porque puede ser incómoda al principio pero a la vez es enriquecedora. El autoconocimiento lleva a un nivel de libertad que nos hace bien. La inteligencia no provoca el malestar. El malestar lleva a que la inteligencia no sea usada de un modo útil", concluye el psiquiatra y escritor.