LIL BETTINA CHOUHY
Para hacer de su cuerpo dolorido una bandera vivió cuarenta y siete años. Frida Kahlo, 100 años después de su nacimiento, desafía, fulgurante, al tiempo. Desde su Casa Azul, en Coyoacán, donde nació y murió y hoy es su museo. Hija de un húngaro y una mexicana, encarnó como pocos, con su pintura, la identidad de su patria. El color, la audacia de los temas y los símbolos del pueblo y la exuberancia mexicana. La sangre derramada, el sufrimiento en carne viva, brillando y desafiando desde la tela.
La intimidad de un cuarto, una cama y una mujer partida en dos le alcanzaron para la inmortalidad. El laureado y promocionado muralista Diego Rivera, su tormentoso amor, se opaca hoy frente a tamaña provocación. Poliomelitis a los 9 años y parálisis de una de sus piernas, a los 18 un accidente de ómnibus, un barrote le atraviesa la pelvis, sólo 3 años después se casa con Rivera, ya famoso, que la dobla en edad. Pasión, celos, un amor obsesivo marcaron esa historia. Entre el sufrimiento y una vitalidad incontenible, Frida se sumergió hasta el tuétano en su tiempo, en sí misma y en su cuerpo herido, tratando de descubrirse. Infinidad de autorretratos hablan de esa búsqueda incansable. Viene de lejos: su madre, para aliviar sus largos períodos de cama colocó un espejo en el techo del dormitorio y le dio lápices, pinceles y papel. Sin complacencias, desafiando el pudor, Frida mostró su martirio. En "Autorretrato con collar de espinas" (1940) su cuerpo atravesado por las mismas, evoca el sufrimiento de Cristo. Se pintó sentada en su silla de ruedas, sosteniendo sus pinceles y una paleta en forma de corazón, revelándonos una vez más sus limitaciones físicas. A pesar de todo, sus ganas de vivir siempre iban a más. Quiso tener hijos, pérdidas, embarazos fallidos, secuelas de su accidente, lo impidieron. Lo expresa, en 1932, en su pintura "Henry Ford Hospital". Acostada desnuda en una cama ensangrentada, unido su abultado vientre con cintas rojas que recuerdan arterias, a su lado, un embrión humano, una flor y un caracol. Sus presuntos amores (Trotsky, Tina Modotti, André Breton), sus vaivenes turbulentos con Rivera, las películas, los homenajes, su cualidad de ícono para las mujeres, forman parte de su historia. Diez años antes de morir, en "La columna rota", se muestra sólo cubierta con una tela blanca en la parte inferior de su cuerpo, desde allí mira, mientras lágrimas blancas ruedan por sus mejillas.
Frente a la banalidad del omnipresente desnudo de hoy, su cuerpo desgarrado aparece con la potencia de su energía y sus colores agresivos. Marcada por la muerte, en su última tela, unos trozos de sandía rojo fuego con semillas negras, para gritar "Viva la vida".