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"Mi vida no es lo que esperaba"
Doris Lessing, Nobel de Literatura, fue centro de una dura polémica, por sus dichos en esta entrevista. La escritora habla de Bush, Irán, Blair, Afganistán y de la guerra que tanto la sensibiliza. No le gusta referirse a ella misma, ni a su hijo inválido; sólo confiesa : "ya no vivo mi vida."

EL PAÍS DE MADRID | JUAN CRUZ

En esta casa confortable, abigarrada, de clase media alta pero modesta, en la que vive Doris Lessing en Londres, se nota que su inquilina es la última Premio Nobel de Literatura, porque aún quedan en los rincones algunas flores que fue recibiendo desde el jueves 11 de octubre, cuando la Academia Sueca le comunicó la noticia del galardón. Estuvimos con ella en la víspera de su 88º cumpleaños. Tenía catarro, estaba preocupada por el malhumor de su gato y nos contó que acababa de terminar un libro sobre la guerra y sus padres, "un libro lleno de rabia y de coraje".

Cuando se supo que la autora de El cuaderno dorado y Canta la hierba era Premio Nobel de Literatura, Doris Lessing estaba en el hospital con su hijo inválido, al que cuida. No le sorprendió el premio, del que se venía hablando desde hacía décadas. Han aumentado las llamadas y las entrevistas, y ella acoge este interés súbito con la indiferencia con que asiste a su propia fama; sabe que esa popularidad es volátil.

La casa es un remanso de paz; en todas partes tiene libros, y ahora lee mucho sobre la Guerra Civil española, un episodio que llenó de rabia y de interés a su generación. Habla de esa contienda con "la misma rabia" con que habla de las guerras que sufrieron sus padres, sobre cuya experiencia acaba de escribir un libro. Nosotros le llevamos champagne y un cuaderno, y le hicimos preguntas que ella respondió a veces con pasión, como si por dentro se le estuviera removiendo, siempre, el fantasma de las guerras que ella sufrió con otros. El gato se fue misteriosamente, ella se sentó casi en el suelo, al lado de un libro de Yeats que estaba leyendo; luego se dejó fotografiar en la paz de la luz que entraba por los ventanales. A la entrada, cuando nos íbamos y reapareció el gato que adora, el suelo de la puerta estaba repleto de correspondencia, que ha aumentado con esta fama redoblada que le ha traído el Nobel.

-¿Cómo está usted ahora, después del ajetreo del Nobel?

-¿Lo pregunta en serio? Tengo tos, ligera diarrea y cistitis. Pero, aparte de eso, estoy muy bien, gracias. Lo que tengo es por culpa del estrés del Nobel. Suena el timbre, vienen ustedes a verme, el teléfono no deja de sonar, y así todo el día. Y el gato está molesto, ¿no lo ve?

-Pero es una buena noticia...

-Sí, está muy bien. Ahora tengo muchos premios, éste, el de Asturias, y todo eso está muy bien.

-Rosa Montero escribió que le parecía una explicación "errónea e injusta" la nota con la que la Academia Sueca explicó la razón por la que la premiaban.

-¡Y estoy de acuerdo con ella! Eso de "la épica femenina" no me gusta, eso de poner a hombres y mujeres en campos distintos no me parece lo más adecuado. Así es como lo veo, pero es evidente que a la gente le gustan las etiquetas: hombres, mujeres, el bien, el mal.

-Usted trajo a su hijo a Inglaterra en 1949. ¿Cómo era?

-Lo que yo encontré cuando llegué fue un país devastado por la guerra; no era como ahora, tan alegre y colorido. Era muy oscuro, lleno de edificios agrietados, de lugares donde habían caído bombas; había manzanas enteras totalmente derruidas, era desolador. Y era muy duro, no había suficiente para comer, hacía frío. Todo ha cambiado.

-Pero los países donde usted nació y vivió (Persia, luego Irán, Rodesia, ahora Zimbabwe) viven situaciones difíciles, a veces catastróficas... Como Afganistán, país al que dedicó mucha atención.

-La relación con Zimbabwe es especial. Allí crecí, me hice, sé mucho sobre el país. Es distinto que con Afganistán. Creo que fue un error (de los soviéticos) invadirlo. Pienso que Irán es un desastre, y con respecto a Oriente Próximo, espero que todos estén asustados, porque es para estarlo. Pero de todo eso no se puede hablar en un solo aliento; son todos casos diferentes.

-Volvamos a Irán, donde nació.

-¡No, por favor! Odio Irán, odio al Gobierno iraní, es un Gobierno malvado y cruel. Fíjese en lo que le pasó al Presidente en Nueva York, lo llamaron malvado y cruel en la Universidad de Columbia. ¡Maravilloso! ¡Más tenían que haberle dicho! Nadie lo critica, por el petróleo; por eso nuestro encantador Gobierno británico le dora la píldora al de Irán: por el petróleo.

-¿Irá Estados Unidos a la guerra contra Irán por el tema de la energía nuclear?

-No soy profeta. Si yo estuviera en Irán pensaría: ¿por qué no usamos energía nuclear con propósitos pacíficos? Pero ni por un momento pienso que esos propósitos sean pacíficos, pero no lo podemos probar. Estamos en un maldito embrollo.

-Afganistán. Usted denunció lo que pasaba. ¿Lo ve una consecuencia de los atentados del 11-S?

-Lo veo como una consecuencia de la invasión rusa de Afganistán. El 11-S no puede ser tan importante como aquello. Lo que vi en Afganistán fueron las consecuencias de la invasión soviética, que resultó un desastre. Pude hablar y ver tanto a mujeres como a soldados. La mayor parte de los periodistas no vieron nunca a las mujeres, así que puedo decirle que la invasión soviética de Afganistán fue uno de los grandes crímenes de nuestro tiempo. Y quizá habría que recordarlo: Gran Bretaña fue derrotada tres veces por los afganos en el siglo XIX. ¿Qué estamos haciendo? Somos gente loca. Volvemos a Afganistán, oh, debemos ocuparnos. Una broma, pero no una broma graciosa.

-Usted estuvo con las mujeres...

-Las condiciones de las mujeres eran horribles. Los guerrilleros estaban agotados, no llevaban zapatos, luchaban en la nieve. Fue una guerra terrible. Y los rusos, no son muy buenos. No sé cómo serían en la II Guerra Mundial, pero sé que en Afganistán fueron terribles.

-El 11-S, el 11-M, los atentados de Londres. Ha escrito mucho sobre terrorismo.

-Y aquí tuvimos el IRA. ¿Sabe lo que la gente olvida? Que el IRA atentó con bombas contra nuestro Gobierno; que mató a varias personas mientras se celebraba una convención conservadora, en la que estaba la primera ministra, Margaret Thatcher. La gente se olvida. El 11-S fue terrible, pero si se repasa la historia del IRA, lo de los americanos no resulta tan terrible. Cualquier americano pensará que estoy loca. Murieron muchas personas, cayeron dos edificios prestigiosos, pero no fue tan terrible ni tan extraordinario como ellos creen; son gente muy ingenua, o fingen que lo son.

-Somos muy sensibles en España ante esta nueva guerra del terror. En la respuesta norteamericana hubo una foto famosa: Bush, Aznar, Blair...

-Siempre odié a Blair. Muchos de nosotros odiábamos a Tony Blair, creo que ha sido un desastre para Gran Bretaña, y lo hemos padecido muchos años. Lo dije desde que fue elegido: éste es un pequeño showman que nos va a meter en problemas, y nos metió. En cuanto a Bush, es una calamidad mundial, todo el mundo está harto de este hombre. O bien es un estúpido, o bien es muy listo, aunque hay que pensar que es miembro de una clase social que se beneficia mucho con las guerras, nos olvidamos de que una guerra beneficia a muchas personas. ¿Sabe? Acabo de terminar un libro sobre la guerra. No pretendía que lo fuera, pero es un libro contra las guerras. Me asombra cómo olvidamos la influencia enorme que las guerras tienen; están ahí siempre, como su memoria...

-¿Y cómo sale uno de la guerra?

-Yo estaba casada con un refugiado alemán y experimenté la guerra a través de él. Los alemanes que eran anti-Hitler estaban en la terrible situación de tener que aplaudir la destrucción de Alemania. Emocionalmente eso era muy difícil para ellos. Así que experimenté la guerra de esa forma contradictoria. La gente no dejaba de hablar de la guerra. O acababan de volver del frente, o habían sufrido los bombardeos, y eso duró hacia finales de los años cincuenta: la guerra, siempre la guerra, una conversación interminable. La guerra y la memoria no acaban nunca.

"Es el final de la vida familiar"

-Siempre ha prevenido contra las perversiones de los medios...

-Y sigo alertando. De todos modos, los medios de comunicación de masas y el periodismo son dos temas distintos, y me refiero a Inglaterra. En este país tenemos algunos de los peores periodistas del mundo, pero también algunos de los mejores. Y ha venido Internet, que ha introducido un nuevo tipo de civilización cuyo significado ni siquiera hemos llegado a comprender todavía. Y la televisión, ha cambiado la cabeza de todo el mundo.

-Dice usted en uno de sus libros que la televisión interrumpió la conversación, rompió la alegría, o al menos la convivencia familiar.

-No dije que fuera alegre precisamente esa convivencia, pero desde luego la vida familiar era distinta antes de que llegara la televisión. Yo vi llegar la televisión a una casa donde solía escucharse la radio, donde la gente solía sentarse todas las noches, a hablar, a comer, y a comer muy bien, por cierto... Estoy hablando de una cultura distinta a la que vino luego; la televisión interrumpió esa cultura.

-¿Y en qué cultura estamos ahora?

-Es el final de la vida familiar, tal como la conocíamos. Muchas mujeres trabajan, cuando llegan están agotadas, traen comida preparada; no se lee a los niños porque estamos cansados. Todo es nuevo.

La guerra, la ira y una vida que no es suya

-¿Nos puede contar algo de su libro sobre la guerra?

-Sobre mis padres y la guerra. Mis padres sufrieron mucho con la I Guerra Mundial, salieron muy dañados. Así que les he dado vida, como si la guerra mundial no hubiera ocurrido. Vidas decentes, corrientes, poco excitantes. Ésa es la primera mitad del libro. La segunda parte es lo que verdaderamente ocurrió, y debo decir que algunas partes son bastante trágicas, horrendas. Esa gente era perfectamente normal y fueron destrozados. Ha sido doloroso de escribir, pero muy agradable dar paz a mis padres. Mi padre siempre quiso ser un granjero inglés, así que lo convertí en granjero. Y a mi madre le he dado cosas interesantes, porque era una mujer muy lista.

-¿Cómo se siente por dentro, escribiendo de la guerra?

-Estoy enfadada. Tengo la edad que tengo y sigo enfadada. No se me va, siempre está ahí.

-¿La literatura no lo cura?

-No se ha ido. No sé por qué. Siento, como sentía mi padre, ira, ira de que esto sucediera. La II Guerra había que lucharla, pero la primera guerra fue tan innecesaria.

-¿Qué es lo que más le gusta de lo que le sucede, estas semanas?

-Yo tengo una situación en mi vida de la que no hablo. Tengo un hijo inválido, al que tengo que cuidar. Así que mi vida no es en absoluto lo que yo esperaba. Y no puedo hablar de ello. Ya no es mi vida, ya no vivo mi vida.

-¿Qué hará en su cumpleaños?

-Nada. Me ocuparé a los 90. ¡Oh, Dios, otra vez el teléfono!

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PREMIO. A los 88 años, Lessing vive el Nobel con cierta indiferencia.
Fotógrafo: William Ferreira.
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