C.N
Primera pregunta en una peluquería: ¿qué te vas a hacer? Segunda pregunta: ¿cuánto te lo querés cortar? Tercera: ¿te vas a lavar? Si la persona es de pocas palabras es posible que la conversación no avance mucho más de allí. Pero a medida que se gana confianza -después tal vez del segundo o tercer corte- las interrogantes van cambiando, las respuestas se hacen más extensas, y en un prender y apagar de secador los clientes terminan contando detalles íntimos de sus vidas personales.
Esa proximidad que logran algunos peluqueros con sus clientes será la base de una campaña de capacitación para la prevención del VIH. Si la idea prende, no será extraño que, entre tijera y tijera, el estilista pregunte: ¿usted sabe cómo se previene el Sida?
El proyecto fue lanzado en Argentina la semana pasada por la empresa L´Oreál y Unesco; y será implementado en un futuro en Uruguay y otros 17 países, entre los que se encuentran Francia, México, Alemania y Brasil.
La idea central del programa de educación Peluqueros del Mundo es aprovechar ese vínculo cercano para conversar de prevención. "No me cabe duda que los peluqueros pueden tener más llegada que los médicos a la hora de transmitir información, ya que se trata de comunicación entre pares", dijo al diario La Nación, uno de los voceros.
EN EL SALÓN. "Acá la gente te cuenta la vida entera", afirma Lina Pacella, propietaria de la peluquería homónima. Hablan de los hijos, del divorcio, de enfermedades, de los programas más taquilleros de la televisión y de la pasta base.
"Hay como para escribir un libro", agrega y pone un ejemplo: "había una clienta a la que le decíamos `5 minutos` porque si el marido la llamaba teníamos que decir que se había ido hacía cinco minutos". La señora tenía un amante y la peluquería era su coartada.
En este contexto, la profesional considera que hablar de prevención de VIH es posible. "Se puede. Además es un tema muy democrático del que nadie se escapa", arguye Pacella, quien preside la Unión de Peinadores del Uruguay.
Para ella, la conversación no sólo es fundamental para interpretar el estilo de la persona, sino para seducir a las clientas. "Reconozco que no sé si la gente viene por cómo les cambio la cabeza o por cómo les hablo", afirma.
Ella no sólo escucha, también aconseja, y más de una vez se llevó a sus clientas emocionalmente quebradas a tomar un café a su escritorio. "Soy un poco peluquera y un poco psicóloga, pero no todos dan los mismos servicios", agrega.
DIVERSIDAD. En la otra punta del espectro se podría ubicar a Belavita Hair Desing, que dirige Alejandro Santullo. Allí, el primer escollo para una conversación es el elevado (y deliberado) volumen de la música ambiente. "En Belavita asesoramos a las personas para que estén bien con su pelo, pero no nos metemos en sus vidas", cuenta Alejandro.
Eso no quiere decir que el profesional no se preocupe de interpretar los gustos de sus clientes, pero para eso se limita a realizar un breve cuestionario previo.
"Acá el cliente viene a olvidarse de lo que tiene afuera y por tanto no le vamos a aconsejar sobre sus problemas de pareja o sus gustos. Con el 90% de los clientes tengo muy poco contacto sobre lo que sucede en su vida personal", afirma.
Por eso, allí no se escuchan conversaciones ajenas y es raro ver interactuar a los clientes. Alejandro se inició hace 16 años en una típica barbería donde "se hablaba de fútbol, de parejas… la música estaba muy baja y adentro había un bullicio de feria. Eso a mi me desagrada", cuenta.
¿Hablar sobre la prevención del VIH? "Me parece inútil. Es un tema demasiado importante como para poder sacarlo en una conversación. ¿Quién te va decir tuve relaciones y no me puse condón?", se pregunta.
En el futuro, L´Oreal implementará la capacitación de peluqueros uruguayos con el mismo objetivo que en el resto de los países. Por lo visto, el programa es viable en algunas peluquerías e imposible en otros. Llegar o no a una conversación sobre los métodos para prevenir el Sida no sólo depende la verborragia del cliente, sino de la metodología de trabajo del peluquero.
Consejos, chismes y bla bla bla
Richard Suárez trabaja con público masculino. Su peluquería, ubicada en una galería céntrica, tiene las características de las antiguas barberías, incluido el casi extinto sillón barbero. Richard dice que los clientes son abiertos a contar experiencias, siempre y cuando no haya terceros. Cuando hay confianza, pueden llegar a pedir consejo. "No preguntan, más bien te inducen a dar tu punto de vista", cuenta.
Los temas son variados: cuestiones laborales, problemas matrimoniales, pérdidas familiares, infidelidades y angustias por seres queridos que debieron emigrar. Richard no busca conversación. Si el cliente le pide consejo, opina, pero "le da miedo abrir más la herida. Es como el bar, donde los hombres se toman una y se emocionan".
Algo similar contó Mario Ripol, dueño del Staff de Mario Coiffeur, en Colón. "Que haya o no conversación depende del profesional. Yo los corto. ¿Sabés lo que pasa? La gente viene, cuenta cosas, después se arrepiente y no vuelve. Queremos saber lo justo y necesario para atenderlos mejor", indica Mario.
El porrazo de una bailarina del programa de Tinelli, el ascenso de Claudia Fernández y Abigail Pereyra, la reforma tributaria, los precios que "están por las nubes", y las últimas jugarretas de los protagonista de El Zorro eran los temas que se conversaban el sábado en una peluquería de mujeres del Prado. Todas opinaban sobre todo. Entre chisme y chisme, la peluquera mostraba fotos de sus hijos que llevaba en el celular.