FACUNDO PONCE DE LEÓN
El informe sobre la belleza que salió publicado el domingo pasado en este mismo suplemento me dejó pensando sobre una cuestión que considero relevante, a saber, la relación entre los conceptos que utilizamos para entender la realidad y la manera en que eso nos ayuda o nos daña. No solemos reparar en que la realidad y las palabras se relacionan de una manera peculiar que resulta clave para nuestro estado de ánimo general.
Primer ejemplo para analizar, retomado la investigación de la semana anterior: el concepto de belleza. Cuando éste se convierte en un catálogo de cualidades físicas, comienza la carrera vertiginosa por las cirugías y las apariencias. Muchas veces esto ayuda, al menos temporalmente.
Pero más tarde o temprano, se cae en la cuenta de que el concepto estaba errado: lo que verdaderamente nos hace lindos o feos no son las cualidades físico-objetivas sino lo que hacemos con ellas. Al revés de lo que dice el primer concepto, la belleza es algo que hay que buscar adentro nuestro y no afuera. Es algo que se lleva, una actitud, como sostienen algunos de los testimonios que se encuentran en el informe.
El punto es que esta dualidad de definición de la palabra belleza genera un cambio fundamental en nuestra relación con la realidad. Mientras que el concepto físico de belleza implica que una persona de nariz puntiaguda sólo se verá linda si se opera, el segundo sentido de la palabra refiere a que lo que importa no es la nariz sino lo que hacemos con ella, la manera de llevarla. La diferencia en las palabras cambia el modo de entender la realidad y de entendernos a nosotros.
Segundo ejemplo: el concepto de libertad. Es muy común que cuando alguien utiliza esta palabra esté pensando en poder hacer lo que le plazca. Pero lo que sucede también frecuentemente es que no puede hacerlo por distintos impedimentos. Entonces, la conclusión a la que llega es que no es libre.
¿Dónde está el problema? En la palabra, no en la realidad. Como esa persona entiende que libertad significa hacer lo que tenga ganas, se frustra constantemente y se siente oprimida y asfixiada por las reglas. Si por el contrario, creyera que ser libre es interiorizar las reglas para moverse dentro de ellas y poder transformarlas, entonces es muy probable que el individuo se sienta plenamente libre.
Una vez más, lo que cambió fueron los significados de las palabras y desde ellos la realidad pasó a ser distinta.
Tercer ejemplo: el concepto de felicidad. (Me disculpo por repetir alguna cosa que ya he dicho aquí pero creo que es importante recalcarlo). Habitualmente bajo la palabra felicidad se cobija la idea de vivir sin dolor. Como la vida tiene intrínsecamente momentos dolorosos, muchos se creen infelices. Nuevamente el problema está en el concepto. Si por felicidad se entendiera una correcta interiorización de los dolores y las tristezas, probablemente mucha gente se percataría de que no es tan infeliz ni tiene tanta necesidad de curar sus depresiones.
Se trata de descubrir que la clave no es resolver problemas sino disolverlos; donde se veía un problema (¿por qué no soy feliz y siento dolor?), en realidad no hay nada.
Lo interesante de resaltar en todos los ejemplos es que el esfuerzo debe estar dirigido en muchos casos no a cambiar la realidad sino a variar las palabras con que entendemos esa realidad.
Esta modificación en el enfoque puede ayudar a entender que los verdaderos enemigos de nosotros somos, frecuentemente, nosotros mismos, al exigirnos alcanzar conceptos que no son fiel a la realidad que deben representar.