MARTÍN FABLET
Todo cambia, sí todo cambia y la tecnología, además, lo hace a un ritmo frenético. Los pobres vejetes como uno, vamos perdiendo el ómnibus cada vez mas seguido. En cambio, los presumidos jóvenes, siempre al día, valoran ante todo la utilidad, la funcionalidad y el pragmatismo. La tecnología tiene la virtud de combinarlo todo a fin de otorgar a la información un valor agregado sumamente preciado.
Hoy es imposible mantenerse aislado, desconectado. Todos tenemos nuestros propios protocolos. Estas inimaginables formas de comunicación están siendo útiles tanto para obtener información sobre los mercados bursátiles como también para intercambiar sexo y pasión.
El mensaje debe ser breve y conciso, a modo de slogan, nada de discursos elaborados. Las palabras se han vuelto como los costes en una empresa, a menor cantidad y mismo resultado, la inversión se vuelve atractiva, aunque en este caso sea por pura satisfacción carnal.
Hoy nadie escribe cartas de amor, diríamos que es algo como terraja, y menos aún utilizando un lenguaje elaborado, barroco, que se detenga en los matices o en construir grandes metáforas. No hay tiempo.
Hoy se valora una espontaneidad pueril sin aderezos. Escribir mensajes de amor o sexo en un teléfono celular no me genera atractivo alguno, ni al escribirlo ni al recibirlo, al menos desde el punto de vista meramente lingüístico.
Un "Ke llvs psto?" "H lgo y b7s", como texto amoroso, pienso que jamás pasarán a la historia. El mensaje, despojado de toda retórica, de todo lo superfluo e innecesario, ha perdido su carga de seducción su encanto y va mucho más directo, como un misil al blanco.
Enviados a bocajarro pueden resultar procaces y hasta provocadores. No hace falta ceremonial ni sello previo, basta pulsar un botón y enviarlo, sin posibilidad de rectificación.
En un instante nuestras ansias y deseos fantasiosos, nuestros ardores y secretos más íntimos, vuelan hasta un satélite, atravesando la atmósfera, y regresan hasta la tierra para vibrar en el bolsillo de algún gordo trasero.
El romanticismo de las viejas cartas permitía echarse atrás, rectificar cursilerías, arrepentirse de haberlas escrito o de enviarlas. Mientras le llegaba a la otra persona, a lo mejor daba tiempo a cambiar de enamorada (más aún con nuestro correo). Pero ahora todo transcurre a la velocidad de un orgasmo y al precio de un mango. Me da mucha pena pero sin dudas es un ganga.