FACUNDO PONCE DE LEÓN
El camino del saber es, por fortuna o desgracia, sin retorno. Podremos dejar de ejercitar el músculo de la mente pero una vez que aprendimos algo siempre seremos conscientes de ello.
Nadie se olvida de pedalear una vez que le enseñaron a andar en bicicleta.
Pero entender algo (el pedaleo, la suma, la resta, la historia, la medicina, el derecho, el periodismo, la arquitectura, lo que sea), apareja siempre un fenómeno doble: por un lado se sabe, y por el otro lado se duda más sobre aquello que se sabe.
Esta dualidad entre aprender y dudar de lo aprendido encierra el meollo de la inteligencia humana: nos permite saber cada vez más cosas y al mismo tiempo nos advierte de que quizás sean falsas o inútiles.
Desde esta matriz se puede interpretar la sociedad occidental actual: cada vez entendemos de más cosas, pero también, cada vez dudamos más sobre si sirve para algo conocer todo lo nuevo que aparece cada día.
¿Cómo salir de este dilema? Apostando.
La filosofía es, antes que nada, la apuesta de que pensar sí sirve para nuestra vida diaria, para ayudar a resolver todos nuestros asuntos cotidianos.
Repito, es una apuesta. No tenemos ninguna certeza del éxito en este esfuerzo de tratar de pensar y dilucidar la realidad que nos toca en suerte.
Se tiene fe en que nuestra capacidad intelectual es una buena herramienta para saber qué hacer, cuándo y cómo. Y esa apuesta se puede perder.
Es cuando el aguijón de la duda derrota a la certeza de que se razonó correctamente.
También se puede apostar en sentido contrario: dejarse llevar. No estar pensando, sino dejar que el propio destino nos vaya llevando hacia donde sea, creer que las cosas se van acomodando solas sin tanto esfuerzo por desentrañar las tramas ocultas y problematizar todo lo que nos pasa a cada momento.
No es una buena cosa dividir a las personas entre las que apuestan por el filosofar y los que juegan sus boletos a "dejarse llevar".
En el fondo, todos somos un poco de ambas actitudes, o al menos, es sano que así sea.
Ir hacia el extremo de problematizar todo lo que pasa todos los días es una manera de adentrarse en la locura.
En el otro extremo, nunca apostar a entender algo de lo que pasa es perder todo sentido de responsabilidad.
El quid del asunto es hacerse cargo de la timba del intelecto. Apostar a que sirve para algo pensar y saber retirarse del ámbito del pensamiento cuando este nos hace mal es el justo medio que debemos encontrar.
Antropológicamente estemos destinados a apostar, a tomar riesgos por un camino u otro sin tener nunca la certeza absoluta de que se acierta en la decisión.
Y en este sentido los uruguayos somos menos timberos que otras sociedades.
Podremos tener proporcionalmente más juegos de azar que la mayoría de los países, podremos ser los más obsesionados por los números de Quiniela y el Cinco de oro, pero nos falta coraje para apostar por cuestiones fundamentales.
Porque no sólo se apuesta en el puro azar de los juegos, también se arriesga en las decisiones que dependen de nosotros.
Apostar por un modo de ser, por una manera de cuidar los afectos, por hacer el trabajo más próspero, en fin… Tomar decisiones es una manera de jugársela por un camino y renunciar a otros.
Esas son las apuestas importantes y en ellas se juega mucho más que el azar.