Góticas, lolitas y rebeldes

| Algunos lo ven como una moda delirante que arribó desde Occidente diez años atrás para echar fuertes raíces en Japón, donde el fenómeno devoró el mercado.

 ds góticos en Japón 20070715 300x371

EL PAÍS DE MADRID | MARÍA OVELAR

"No me impresionaron demasiado la primera vez que las vi. Fue en Akihabara, el barrio de la electrónica de Tokio. No destilaban violencia ni rebeldía a pesar de sus ropas oscuras, sus pelos de colores y sus cientos de abalorios. Si te acercas, son amables, pero en Japón todas las tribus lo son, incluidos los punkis". Florentino Rodao, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, admiró la algarabía de formas y colores de esta tribu urbana.

Y aunque en Japón resulta difícil decidir dónde posar la mirada -rascacielos, luces de neón, tiendas atiborradas de juguetes y un trepidante vaivén de chicas y chicos atraen la atención del turista-, las lolitas góticas se las apañaron para encandilarle.

Un hechizo al que también sucumbió Katsuhiko Ishikawa, editor de varias publicaciones juveniles. Durante todo 2006, documentó junto al fotógrafo Masayuki Yoshinaga diferentes estilos de lolitas góticas en Tokio y Osaka. "Tras el éxito de los libros Fresh fruits y Fruits, que mostraban en fotos la delirante moda tokiota, la editorial me encargó captar la escena de las lolitas", relata.

El resultado: 270 retratos que documentan una moda que presume de haber resistido el embate de lo efímero durante un decenio.

El término gótico desembarcó en Japón a finales de los 90 y abrazó al país con un vestuario glam a lo David Bowie, un maquillaje recargado a lo Robert Smith y una frágil androginia a lo Marilyn Manson.

Mana, guitarrista del desaparecido grupo japonés Malice Mizer, reinterpretó el estilo en 1996, añadiéndole toques del rococó francés y detalles victorianos.

Este rockero parió el gosu rori (transcripción de la expresión japonesa lolita gótica). La juventud tokiota no tardó en adoptar su figura lánguida, sus corpiños, sus botas altas, sus blusas de encaje, sus tutús y sus medias por encima de la rodilla; tips que acabaron inundando los barrios de Shibuya y Shinjuku, mecas de la moda juvenil y el manga (cómic japonés).

"A la nación japonesa, como a toda sociedad posmaterialista, le preocupa más su aspecto físico que comer bien", asegura Javier Tablero, antropólogo social en la Universidad de Granada y experto en cultura nipona. Y dice que cuidarse, atrapar el físico en el cuerpo de una niña, responde a un deseo de evasión.

"Desde la crisis económica de los 90, que llevó a replantear las prioridades ante la inestabilidad laboral, muchos japoneses entre los 16 y 21 años huyen de la tiranía de la corbata", ratifica Ana Goy Yamamoto, doctora en Economía y Gestión Japonesa de la Universidad Autónoma de Madrid. Más de 4,5 millones de japoneses sin empleo estable sustituyen empresas por amigos con las mismas aficiones, lo que ha facilitado la exteriorización de la personalidad. Y es que los góticos japoneses no son ni introvertidos ni violentos como los occidentales.

El centro de Tokio es un espectáculo teatral, una pasarela por la que desfilan jóvenes con faldas a cuadros, colitas, delantal o bolsitos de mimbre: tipos de lolitas que suelen tejer sus modelitos aniñados. Y no se debe olvidar que lucir fetiches infantiles, como llaveros de Hello Kitty, o desear la piel de una muñeca de porcelana, son actitudes japonesas.

Pero por muy artística que esta tribu parezca, no deja de ser un producto fabricado. En 1999 los japoneses entre 15 y 34 años dedicaron un 20,8% de sus gastos, es decir, unos 850 euros, a ropa, calzado, accesorios y discos.

El mercado devoró el fenómeno y lo alimenta con revistas, películas, marcas de ropa, bandas o manga. Y como otros productos japoneses de inspiración occidental, el fenómeno regresó como un bumerán, marcando a diseñadores europeos como John Galliano y a cantantes estadounidenses como Gwen Stefani.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar