FACUNDO PONCE DE LEÓN
El sábado pasado veo por primera vez "La casa de Bernarda Alba" de Federico García Lorca. En una excelente puesta en escena coordinada por Grupo Smedia, me sumerjo por una hora y media en la España de primeras décadas del siglo XX y en la opresión en la que vivían las mujeres de entonces. García Loca murió asesinado en septiembre de 1936, justo tres meses después de escribir la obra, durante la Guerra Civil en España.
Imagino que muchos lectores sólo con el primer párrafo dejaron de leer esta columna por poco interesante; otro tanto se estará preguntando qué tendrá que ver García Lorca con el mundo de 2007. Unos pocos no podrán creer que no haya visto antes la clásica pieza teatral. Por último, la gran mayoría de las personas, la inmensa mayoría, ni siquiera leerá esta nota porque nunca compran el diario o lo hacen hoy por el Gallito pero sin siquiera mirar los titulares y el contenido periodístico. No les interesa. Se puede vivir sin leer el diario, sin saber historia y sin pisar un teatro.
Antes de reprochar o festejar esta postura desinteresada que impregna el mundo actual, habría que preguntarse por qué sucede. Permítaseme una breve y esquemática digresión histórica que puede ubicar el tema.
En los últimos tres siglos la cultura pasó por tres fases: en la primera, estaba claro cuáles eran los objetos culturales más valiosos y quiénes eran los que podían disfrutarlos. Mozart, Shakespeare, Goethe, Rembrandt... y una élite intelectual que consumía y producía ese arte. En una segunda etapa, a mediados del siglo pasado, se produce un cambio brusco que habitualmente se le llama cultura de masas. Lo que sucedió es que se quebró la frontera de la élite y, para decirlo en una oración, las obras de Bach se podían comprar en el quiosco junto a una revista de gastronomía. La cultura reservada para algunos se hizo accesible a todo el mundo.
La tercera etapa es en la que nos encontramos hoy, a raíz de los cambios tecnológicos, y se caracteriza por la masificación de los que producen la cultura y ya no sólo de las que la consumen. En la actualidad, sólo con una computadora y una conexión a Internet se puede: componer música, grabarla, venderla; escribir un libro y publicarlo; tener un blog para decir lo que se tenga ganas; grabar imágenes, editar fotos, hacer cómics… en definitiva: producir cultura infinitamente.
En la intersección entre las últimas dos etapas se produjo lo que quizás sea el fenómeno más importante de la actualidad: la quiebra del canon, es decir, ya nadie sabe qué es lo que hay que saber. Ya nadie convence a nadie sobre qué significa ser una persona culta. Si mañana llegara un extraterrestre y pidiera un catálogo de lo que tiene que aprender para ser alguien culto, se toparía con tantas respuestas como personas consultase. Esto es nuevo en la historia. Antes a alguien podría no gustarle Cervantes pero nunca negaría que forma parte del canon del saber.
Es más complejo: no sólo ya nadie sabe qué significa ser culto sino que hoy escuchar cumbia villera vale lo mismo que escuchar Tchaikovsky. Y este cambalache es mucho más difícil de ordenar de lo que a primera vista parece. El problema es de tal complejidad que es imposible explicarlo por una causa; casi diría que la historia de Occidente está metida entera en este embrollo. (¿Pero a quién le importa esa historia? ¡Consumamos!)
Una pista para desentrañar la madeja podría ser la noción de esfuerzo; antes era un valor, hoy es una pesada carga: deleitémonos sin cansarnos, ése es el lema. No vale la pena perder tiempo leyendo el tiempo que perdió Proust. ¡Hay que sentir el placer ya!
Conversan las criadas de Bernarda Alba sobre las pocas cosas que tienen y una reflexiona: "tenemos lo más importante: nuestras manos y un hoyo en la tierra de la verdad". Sin espíritu apocalíptico pregunto: ¿A quién le importa hacer el esfuerzo de llegar hasta esa tierra? ¿Dónde queda? Si el mundo funciona, ¿qué más importa? Hay que hacer el esfuerzo de respondernos.