Ilan Stavans
(desde Amherst, Massachusetts)
LA NUEVA cosecha de caudillos latinoamericanos de izquierda como Hugo Chávez no ha generado en el ámbito de las letras el mismo tipo de animosidad que provocaron sus contrapartes de derecha en décadas anteriores. Cabe preguntarse, entonces, cómo estos caudillos se metamorfosearán en personajes novelísticos de obras como El siglo de las luces de Alejo Carpentier o El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez.
Durante largos y tediosos años la literatura latinoamericana se definió (o intentó definirse) como un mecanismo de resistencia contra regímenes autocráticos, como si lo que justificara el oficio fuera la ética y no la estética. Escribir era sinónimo de oposición. El escritor era un emblema, su obra una pancarta en pos de la libertad y en contra del odio perpetrado por gobiernos autoritarios. Esa, al menos, es la raison d`être, a juzgar por el número de "novelas de dictador" que habitan los anaqueles, en las cuales un tirano, en su perfil rabelesiano, es la personificación del Mal, con mayúscula.
La llave del éxito, pues, estribó en hallar un enemigo con características extremas: arrogante, dogmático, expansivo, con un apetito sexual insaciable (aunque en sus adentros el varón sea misógino), y hasta practicante del Vudú, el macho de machos, especie que, desafortunadamente, no fue inusual en Hispanoamérica. Desde la época de independencia, a principios del siglo XIX, ha desfilado una camada con más tiranos de los que es posible novelar: Juan Domingo Perón (Argentina), Rafael Leónidas Trujillo (República Dominicana), Juan Vicente Gómez (Venezuela), Anastasio Somoza (Nicaragua), José María Velasco Ibarra (Ecuador) y otros. El catálogo es amplio.
TODA UNA TRADICIÓN. Es difícil saber cuántas novelas incluye la tradición exactamente, entre otras cosas porque algunas de ellas son muy cortas (más bien habría que definirlas como cuentos). Por ejemplo "El matadero" de Esteban Echeverría que, durante la temporada de cuaresma, usa el deseo insaciable por la carne argentina para acusar al tirano Juan Manuel de Rosas, que dominó la política nacional entre 1835 y 1852, para celebrar la causa unitaria opositora. (Charles Darwin describe, avant la lettre, la tiranía de Rosas en El viaje del Beagle). O porque no son del todo latinoamericanas, como Tirano Banderas de Valle Inclán, sobre un tal Santos Banderas, una de las primeras novelas del dictador -se publicó en 1926, aunque el autor era un modernista español irredento.
O porque algunas no son novelas sino reportajes, como La noche de Tlatelolco, y no tratan de los abusos de un dictador sino de los de su partido, como lo hace Elena Poniatowska al analizar la matanza estudiantil en Ciudad de México poco antes de los Juegos Olímpicos de 1968, ordenada por el gabinete priísta de Gustavo Díaz Ordaz. O bien porque el caudillo está en la mira pero nadie lo mira directamente, como es el caso de La vida breve y maravillosa de Oscar Wao, de Junot Díaz, que fue escrita originalmente en inglés. Entre otras cosas, es sobre un adolescente obeso que está obsesionado con las tiras cómicas, aunque su madre, una inmigrante dominicana en Nueva York, es víctima de El Máximo, el dictador.
La España renacentista fue terreno fértil de otra tradición, la novela de caballería, y la más ilustre y subversiva en esa tradición fue El Quijote, que trata de un hidalgo a quien de tanto leer se le seca el cerebro. En las Américas los dictadores de carne y hueso no leen; al contrario, su razón, como diría Cervantes, es la sinrazón. Es más, no solo aborrecen la lectura sino que desprecian cualquier forma de ilustración. Lástima porque un dictador leído es también un dictador legible. No es curioso que el capítulo 38 de la Primera Parte del Quijote, sobre las armas y las letras, sea el mejor lente para entender la novela cuyo centro es un caudillo.
La tradición comienza gracias a Domingo Faustino Sarmiento, cuyo Facundo: Civilización y barbarie, otro manifiesto anti-rosista (fue escrita mientras el autor estaba exiliado en Chile), es una biografía y un pastiche ensayístico sobre la geografía y el clima argentinos y una disertación sobre la importancia de las ciudades y la durabilidad de los gauchos. Y también un manifiesto sobre los límites de la represión ideológica: los hombres pueden ser controlados, dice Sarmiento, pero no las ideas. Entre otras cosas, Facundo... sirvió para agitar la opinión pública y, de paso, ayudó a que Sarmiento llegara a la presidencia, modelando así el paradigma del intelectual latinoamericano que, en su batalla contra el absolutismo, oscila entre la subversión, la herejía y la ambición. La odisea de Sarmiento, así, ilustra las polaridades de la tradición: el dinosaurio contra el librepensador, las fuerzas oscurantistas contra los conductores de la democracia. El problema es que nuestras democracias son igual o más ineficientes que nuestras dictaduras, aunque ello no implica que no sean preferibles. Al fin y al cabo, la democracia es la tiranía de muchos y la dictadura la tiranía de uno solo, un bribón, un villano, un truhán. Y el tunante desprecia la democracia porque coarta sus límites. Ya lo dice el refrán mexicano: "para el dictador las masas son como un tamal, que sabe mejor cuando está frío".
TRADICIóN CON TESTOSTERONA. La novela del dictador prefiere no hablar del presente y si lo hace es como agregado histórico. Piénsese en Yo, el Supremo de Augusto Roa Bastos, libro enorme sobre José Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco, que controló la política de Paraguay por treinta y seis años en la primera mitad del siglo XIX, poco después de su independencia de España, y quien fue celebrado, entre otros, por Thomas Carlyle. En esas 467 páginas, Roa Bastos perfila a El Perfecto como un esperpento. Lo suyo, obviamente, es una estrategia metonímica porque el Adefesio es un sustituto de Alfredo Stroessner, que dominó la política paraguaya por treinta y cinco años en la segunda mitad del siglo XX. La censura es la madre de la metáfora y la hijastra de la metáfora es la metonimia.
Entre y alrededor de todos estos ejemplos está, en sus principios, El caudillo de Jorge Borges, el padre de Jorge Luis Borges, que entendió mejor las metáforas que cualquiera de sus contemporáneos. Jorge Luis era apolítico, o quizás anti-político, o al menos un fiero conservador, actitud que no lo salvó de la vejación de Perón, quien arrestó a su madre y hermana y a él lo promovió de bibliotecario a inspector de gallinas. Y en sus finales, La fiesta del chivo, donde Mario Vargas Llosa, habiendo probado suerte con Odría en Conversación en La Catedral, opta por el Caribe como un escenario ad hoc; o bien Horacio Castellanos Moya, autor de La diabla en el espejo y Tirana memoria, cuya narrativa suele poner al dictador como figura centrípeta.
A estas alturas, hay que reconocer que los dictadores ganaron la batalla y los escritores la perdieron. Nadie lee estas novelas en la actualidad. Su condición es el olvido. Pero la derrota es aún más concreta: sigue habiendo dictadores pero ya nadie escribe esas pesadeces. Muestra de esa capitulación es cuando García Márquez, luego de la publicación de El otoño del patriarca, prometió no escribir otra palabra hasta que Augusto Pinochet renunciara a su poder en Chile. La amenaza sirvió para vender libros pero a Pinochet le entró por un oído y le salió por el otro. En realidad, nadie pensaba que García Márquez fuera a interrumpir su ilustre carrera literaria. Al final el dictador apuntaló las armas como lo había hecho siempre y el escritor retomó las letras.
La anécdota sirve como recordatorio de que la tradición está repleta de testosterona. Nuestros dictadores son siempre hombres, y muy hombres. La única excepción es la de Isabelita, también conocida como María Estela Martínez de Perón, su tercera esposa, aunque se la conoció como La Presidenta entre 1974 y 1976. Y a la fecha no hay tiranos homosexuales, al menos abiertamente. Lo mismo, o casi, puede decirse de los autores. Aunque la lista de estos últimos incluye una que otra mujer: digamos Luisa Valenzuela, Marta Traba y Julia Alvarez, siempre menos que los dedos de una sola mano.
CUESTIÓN DE HÁBITOS. Hugo Chávez debería tener también su novela de dictador. Es un caudillo con las tres "i": irritante, impulsivo e intolerante. También, quizá, Daniel Ortega, o Evo Morales. No son dictadores en el sentido estricto del término porque fueron electos democráticamente, pero son caudillos. Ni hablar de Chávez: líder omnipotente, aunque de segunda calidad, que silencia a los disidentes, expropia propiedades que le apetecen, pero no tiene la menor idea de qué hacer con los dólares. Chávez reescribe la constitución con la misma frecuencia que sus colegas en Bolivia, Nicaragua, Ecuador y Honduras. La izquierda abusa de la oratoria populista y condena el individualismo, mientras acusa a los imperialistas de exprimir hasta la última gota de sudor de nuestra frente.
El hábito izquierdista del intelectual latinoamericano no se muda fácilmente. Aunque las cosas han cambiado, ser novelista tenía, hasta hace poco, un carácter anti-establishment en nuestra región. La escritura ayudaba a abrirle los ojos a los lectores en el extranjero (Europa y Estados Unidos). Y modelaba la América Latina a partir de 1492 como un asilo de locos y un basural, el escenario donde los buscadores de la redención encuentran La Luz y La Verdad y las aplican astutamente para corregir, de una vez por todas, las inhumanidades de la humanidad. El socialismo era esa panacea. Jean-Paul Sartre se equivocó: no es cierto que el infierno sean los demás; al contrario, la salvación está en los otros. Ya nuestros antepasados indígenas lo sabían, de ahí que el mejor gobierno sea el que nos lleve de regreso a los orígenes.
La ola comunista se difundió como virus en los `60 como corolario a la encíclica de la revolución cubana que se diseminó por todo el continente. Entonces, como ahora, la mayoría de los escritores latinoamericanos venían de las clases media, media alta, y alta, pero rechazaron sus raíces para abrazar un modelo mesiánico que tenía que ver con el espíritu hemisférico y con el bien común. Darle la mano a Pinochet, como en una ocasión hizo Borges, era una apostasía, y pagó caro por ello, quizá hasta perdiendo el Premio Nobel, como se rumorea. Porque la regla era que, mientras más cacofónicas a nivel ideológico sean nuestras novelas, mejor suerte tendrían en el comité de Estocolmo y entre las casas editoriales de Barcelona, París y Nueva York. Nada mejor que un subversivo que hable de un déspota que ronde apesadumbrado los pasillos abandonados del palacio mientras otros traman una emboscada en las calles nerviosas de la ciudad.
AUTONOMÍA DE LA POLÍTICA. Aunque esa postura se acabó para algunos intelectuales -poco antes de morir en 2005, Roberto Bolaño, cuya obra es una exaltación del infrarrealismo mágico, dijo, juiciosamente, que la mejor lección que ha dado Vargas Llosa es la de salir a correr todas las mañanas-, Cuba bajo Fidel y Raúl sigue siendo la alternativa, aunque, según Guillermo Cabrera Infante, ningún hombre es una isla salvo Fidel, y Fidel debería tener su propio anaquel en la tradición. Si bien es el protagonista tácito de Antes que anochezca de Reinaldo Arenas y, más recientemente, de la colosal La autobiografía de Fidel Castro de Norberto Fuentes, que trata sobre el ego excesivo, desbordante, impetuoso del dictador de dictadores, la verdad es que ninguna de ellas es una novela de dictador y que Fidel no tiene su propia novela, como Rosas, Perón y Trujillo. Porque hay escritores latinoamericanos, siempre rebeldes, que hacen la vista gorda cuando se trata de un tirano comunista: ven lo que quieren ver y nada más. La rebeldía, sobra decir, siempre será necesaria. Puede suceder que, en la medida en que proliferan gobiernos de izquierda en la región y que los intelectuales vayan descubriendo el amargo sabor de la corrupción, el amiguismo y la hipocresía en sus propios gobiernos de izquierda, eso les ayude a tomar distancia, tener más autonomía de la política, y elegir dictadores como protagonistas de sus novelas sin importar su signo político.
Pero hay otra explicación. El escritor latinoamericano ha pasado de moda. Los micrófonos y las cámaras no lo buscan como en el período del boom. Las armas ganaron la contienda y las letras perdieron su relevancia. La televisión, el fútbol, y otras indulgencias hipnotizan al público. Nuestra literatura ha logrado hacerse inconsecuente. Probablemente sea por ello que muchos de nuestros escritores han abandonado América Latina.
En la década del noventa, una nueva ola de escritores que formaban parte de movimientos como el de McOndo y el Crack rechazaron esa orientación. Se preguntaron por qué no podían sus libros tratar sobre temas universales como la creación de la bomba atómica o el sueño de escalar el Everest. Aunque su empresa produjo libros interesantes, nuestra región perdió su gravitas. El resultado, pues, es la deslatinoamericanización de la literatura latinoamericana. Entre los novísimos, esa actitud asume que escribir sobre los dictadores es de mal gusto. El escritor de moda se reúne con sus fans a tomar café en Starbucks, va de vacaciones a las Bahamas y enseña en universidades norteamericanas.
La censura a fines de esta primera década del siglo XXI es auto-censura y contra ella ninguna metáfora sirve de remedio. La novela hemisférica cruza por un momento de transición: está agotada, no sabe para qué sirve, su función es meramente entretener. El mantra del escritor actual es escribir bien y escribir lo que le viene en gana. Pero los lectores están aburridos. Se le acabó la batería a la antigua oposición entre el Bien y el Mal. Quizá lo que hace falta ahora es una parodia de la novela del dictador, una especie de Quijote en las trincheras que se burle de lo que alguna vez fue nuestra esencia existencial. Una novela seudo-anti-hiper-contra-ultra-requete-machista en la cual Rosas, Rodríguez de Francia, Velasco, Perón, Stroessner, Pinochet, Trujillo, Castro, Chávez y demás caudillos terminen siendo una y la misma vaina, donde El Máximo vaya al gimnasio y el escritor redacte la nueva constitución en lengua florida, barroca, mágico-realista.