Detrás del mito

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Alfredo Alzugarat

ESCRIBIR UNA nueva biografía de Juan Domingo Perón es siempre un desafío, aún más si la visión que en ella se ofrece de la personalidad más importante de la política argentina del siglo XX es claramente opuesta a la imagen hegemónica. Fue posible, sin embargo, para el abogado e intelectual argentino José García Hamilton, entrenado con otras destacadas historias de vida de pro-hombres de su país y del continente americano Alberdi, Sarmiento, San Martín y Bolívar. Dividida en diez períodos esenciales de la trayectoria del estadista, la obra contrasta al Perón público con el íntimo y al líder con el movimiento político que engendró, no ignora el contexto histórico y está siempre atenta a la repercusión popular de los acontecimientos a base de un esfuerzo selectivo coherente que, a pesar de ello, no deja de ser polémico. Su prosa, amena y sencilla, gana en agilidad en la medida en que consigue despojarse de la pesada cargazón de fechas, exceso de cifras y transcripción de documentos, que suelen enlentecer este tipo de relatos. No faltarán momentos, sin embargo, en que el lector desee o requiera más precisión cronológica o mayor respaldo bibliográfico a los dichos.

EL EJÉRCITO COMO SALVACIÓN. Hacerse reconocer y querer por quienes lo rodeaban fue la primera necesidad que marcó la vida de Perón niño y adolescente. Nieto de emigrantes genoveses, hijo de madre aborigen, reconocido como hijo legítimo años después de su nacimiento, abandonado por sus padres una y otra vez, alternando su vida entre el Buenos Aires de su abuela y las remotas estancias de la Patagonia donde sus progenitores se empleaban, carecía hasta de una documentación precisa con respecto a sus orígenes. Si bien la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX estimuló la llegada de inmigrantes, las familias tradicionales y la aristocracia local, dueñas de la mayor parte de los recursos, los resistieron y menospreciaron. El resentimiento por las humillaciones recibidas durante la niñez es la principal explicación que García Hamilton encuentra para el afán del joven Perón por enrolarse en el Ejército. Allí debía estar si quería ser alguien. Para los descendientes de inmigrantes, la corporación militar aparecía como el medio más efectivo de integración a la vida nacional a la vez que facilitaba el ascenso social.

El mismo resentimiento por su origen pero agresivamente explícito hallará años después Perón en Eva Duarte. No será el único punto en común. Al respecto afirma el autor que para Eva "al igual que su amante, el poder estaba en el centro de su interés".

ENTRE LA IGLESIA Y EL FASCIO. La desconfianza con el modelo económico liberal tras los sucesos de la Semana Trágica y la incidencia del catolicismo conservador que veía al Ejército como el salvador de la nación, propiciaron el Golpe de Estado del general Uriburu en 1930. Perón no permanece ajeno a él y es designado secretario privado del flamante Ministro de Guerra, general Francisco Medina. La "cristianización de la historia nacional" y el propósito de "recatolizar el país" son consignas que el entonces joven capitán comparte "pues de ese modo se sentía integrado a una comunidad nacional que lo ponía en un lugar de privilegio", afirma García Hamilton.

En 1939 Perón es enviado a Italia. Su admiración por Mussolini es manifiesta. Le seducen las ideas del caudillo italiano pero también su histrionismo, su habilidad maquiavélica, su capacidad de simulación. La obra no perderá oportunidad de subrayarlo, sobre todo en referencia al conocido enfrentamiento, durante el primer período de gobierno, con el embajador norteamericano, inmediatamente de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Según el biógrafo, Braden "estaba convencido de que Perón era el líder local más importante y encarnaba el fascismo, pero también de que todo el gobierno militar había sido nutrido por los nazis y de que la seguridad de los Estados Unidos no quedaría garantizada hasta que se extirparan sus malignos principios y métodos".

La mayor parte del éxito de Perón se basó en la plataforma que le ofreció la Secretaría de Trabajo. "La Argentina, como no había entrado en la guerra, era acreedora de una Europa devastada. El hecho, sumado a los beneficios laborales que se venían otorgando, generaba en el país un sentimiento de riqueza y euforia, que la clase trabajadora percibía y disfrutaba", analiza con acierto García Hamilton. Se explica así el apoyo incondicional que le brindaron las masas populares. Radica en eso, sin embargo, su principal diferencia con el modelo europeo. "Mientras que el fascismo movilizó a las clases medias, el peronismo lo hizo con la clase obrera", establece en otro libro reciente, La Argentina fascista (2008), de Federico Filchestein, que no maneja la bibliografía de García Hamilton. Esa peculiaridad permite incluso a Filchestein asegurar que Perón va más allá de Mussolini instalando "una ideología política sui generis".

EXILIO Y RETORNO. En 1955 Perón es derrocado por la Revolución Libertadora e inicia un largo peregrinaje que lo llevará finalmente a radicarse en España. Francisco Franco, contrariado por los ataques de Perón a la Iglesia, lo recibirá con corrección pero también con frialdad. Desde allí, desde su casa de Puerta de Hierro, en Madrid, Juan Domingo continuará incidiendo en la política argentina.

Aunque García Hamilton ignora el fenómeno transitorio de los grupos Tacuara, su obra da cuenta al pormenor de los vaivenes del movimiento peronista durante los dieciocho años de destierro de su líder. Los golpes militares, las convocatorias a nuevas elecciones y los escasos años de legalidad que transcurren en ese período están condicionados por el creciente caudal de sus seguidores. Mientras tanto se suceden las rivalidades entre caudillos y las divisiones internas a nivel sindical y político. Valiéndose del marxismo, John William Cooke, representante directo del líder por algún tiempo, aspiró a identificar al peronismo con la clase obrera. Desde el exilio, Perón alentaba las distintas facciones y vertía nuevos conceptos como "el socialismo nacional" o "la sinarquía internacional" que tornaron cada vez más complejo el panorama. Ninguna expresión política parecía posible en la Argentina sin Perón. Signos de los nuevos tiempos y de la convulsión que vivía el continente tras la revolución cubana y la muerte del Che, como el Cordobazo y la aparición pública de los Montoneros en 1968 con el secuestro del general Aramburu, también convergirían en ese cauce cada vez más ancho y cada vez más ambiguo.

En 1973, tras el triunfo electoral de Héctor Cámpora, Perón regresó a la Argentina acompañado por su nueva esposa, Isabel Martínez, y por el esotérico José López Rega, apodado "el Brujo". El acontecimiento, que pasaría a la historia como "la masacre de Ezeiza", fue el primer episodio de una feroz guerra interna entre la Juventud Peronista y los Montoneros, por un lado, y los gremios manejados por el sindicalismo de derecha, por otro. El asesinato de José Rucci, días después, será decisivo para un líder fatigado que asume su último gobierno con casi 78 años de edad. "Sintió que era imposible insistir con el proyecto de mantener la unidad del peronismo, que lo importante era contar con el apoyo de la rama gremial, purificar el movimiento y aislarlo de los equívocos sobre el socialismo", interpreta García Hamilton.

"Perón es una cosa y no la que nosotros queremos que sea", reconoció entonces el jefe montonero Mario Firmenich.

JUAN DOMINGO, de José Ignacio García Hamilton. Sudamericana, Buenos Aires, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 342 págs.

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