Ioram Melcer
CUANDO UN lector comienza una novela, se encuentra ante una promesa. Al cruzar las primeras frases, hace un pacto con el autor. Si es un autor que conoce, y más si se trata de uno consagrado, muy querido y leído, además de haber sido galardonado con los máximos premios del mundo literario, las bases del pacto no son las mismas que definieron el comienzo de las relaciones, cuando el libro que los unió era el primero. En el caso de Orhan Pamuk, el gran escritor turco, premio Nobel, maestro de la imaginación y del relato, el pacto es muy generoso, por ambas partes.
Dado que el autor ha escrito una novela; dado que Pamuk posee cualidades conocidas y reconocidas, por una parte; y por otra parte dado que este lector -porque el pacto es siempre personal- ha leído la obra de Pamuk con deleite y admiración, las partes acuerdan que el escritor tendrá el derecho de escribir una novela de la extensión que se le antoje.
DERECHOS DE UNA CELEBRIDAD. Orhan Pamuk, por ser quien es, no tenía obligación alguna. Es más, utilizó amplia y libremente el derecho que el pacto le otorgaba, siendo que el pacto refleja gran confianza de parte de este lector (y es de imaginar, de parte de muchos como él). Escribió una novela, El Museo de la Inocencia, ocupando en ello no menos de 640 páginas. Son cientos de páginas, muchas decenas de capítulos cortos que se leen con facilidad. A diferencia de otras novelas de Pamuk, la narración es muy transparente y directa, sin vericuetos y arabescos que le valieron en sus libros anteriores comparaciones con Rushdie, Borges y Calvino.
Dicho de la manera más simple, El Museo de la Inocencia es una telenovela turca, un culebrón estilizado. Pero como este cronista respeta acuerdos, hizo todo el esfuerzo para encontrar mérito en la novela. Tiene que confesar que, de haber sido obra de otro autor, habría abandonado antes de llegar a la mitad del mamotreto.
El Museo de la Inocencia es un relato más bien clásico en su formato, que cuenta una historia de amor fracasado, el amor entre el narrador, Kemal, y la joven Füsun. De unos 30 años de edad, Kemal se está por comprometer y luego casarse con su novia, una muchacha perfectamente aceptable y normal, que le ayudará a construir la vida que se espera de él en el estrato al cual pertenece en la sociedad turca de los años `70: gente de clase superior, sin llegar a ser aristocrática. Este grupo de gente adinerada, familias que hicieron su dinero en el mundo de los negocios de la Turquía secular, moderna, gente que acumuló trabajando (concepto, este último, algo ajeno a la vieja aristocracia). Las familias, dueñas de empresas, edificios y terrenos hasta tomaron apellidos que reflejan el tipo de negocio que las enriqueció (es de notar que "pamuk", algodón en turco, señala también el origen de la riqueza de la familia del autor, el negocio del algodón).
Como es de esperar, los herederos, la generación en la cual se centra la novela, está entre Oriente y Occidente. Las costumbres sexuales, las normas y los límites en las relaciones pre-maritales y el concepto de la virginidad son el tema principal en las vidas de los protagonistas. La llamada liberación sexual de los 60 en Occidente influye en estos jóvenes, que por otro lado nunca dejan de ser orientales, miembros de una sociedad tradicionalista y patriarcal, por lo menos en apariencia. Y así es que, cuando Kemal se encuentra con la hermosa Füsun, virgen, de 18 años edad, lo que le queda es seducirla, disfrutar de una relación física y supuestamente clandestina, reservándole el puesto de amante en lo que será su posterior vida matrimonial feliz, equilibrada y aceptable. Pero las cosas se complican. Kemal se enamora locamente de Füsun, rompe su compromiso y se pasa años viviendo en un estado obsesivo que lo consume por completo. La obsesión de Kemal lo lleva a crear una suerte de museo privado que documenta su amor por Füsun, lo vivido, lo que no pudo ser, lo que hubo y lo que se perdió.
Otras novelas de Pamuk han incluido el elemento del museo, de la colección, como su forma de crear un rostro colectivo, de documentar una identidad de su país, de su pueblo y de su cultura. En el caso de Kemal, se trata tanto de lo colectivo como de lo individual, creando así como exponiendo los vínculos entre individuo, sociedad y época. La Turquía creada por Mustafa Kemal, Atatürk, el padre de la república secular, es un país que quiere ser moderno, europeo, que presenta un sinfín de peculiaridades y contrastes, de choques entre la realidad y las ideas, los conceptos y las percepciones, sin hablar del pasado que sigue presente de mil maneras. Kemal vive entre su museo -el narrador se dirige a los visitantes presentes y futuros que verán todo, desde prendas de ropa y broches de Füsun hasta carozos de aceitunas consumidas por la joven que se transforma en una versión turca y moderna de Dulcinea o Beatrice- y su vida "real", que gira alrededor de encuentros estériles con su amada alejada, casada y ajena.
UN PRECIO MUY ALTO. Pamuk logra trazar un cuadro detallado, un catálogo sistemático y completo de la realidad física y psicológica de los protagonistas de su novela. Se sirve de una enorme cantidad de datos, pero no para crear un relato de nostalgias sino para volcar todo lo que tiene que decir, como escritor lúcido y crítico, de la sociedad que mejor conoce.
El problema está en que entre sociología y literatura hay una diferencia esencial. Esa diferencia se llama "arte". Escogiendo el relato directo, aparentemente simple, sistemático, lineal tanto en el eje del tiempo como en la técnica estilística, Pamuk parece haber intentado unir forma y contenido: de hecho, la novela es un museo de la inocencia. Este intento proviene de una decisión artística. Desgraciadamente, el precio es tan alto que poco arte queda en el resultado final. Ciertas auto-referencias a la novela que estamos leyendo, menciones de un personaje menor a la Hitchcock llamado Orhan Pamuk, que está escribiendo una novela, algunos momentos de percepción exterior al relato, y no pocas frases inteligentes, no logran salvar las 640 páginas de un grave pecado literario: la novela es aburrida.
Pamuk cayó en su propia trampa. El formalismo que se impuso le impide extender las alas de su imaginación y de su habilidad como narrador. Es una falla fatal, porque son muchas las páginas en las que el lector se pregunta para qué están en el libro, cuál es el propósito de los detalles carentes de valor simbólico, narrativo, estético o informativo. Pamuk repite ejemplos, perspectivas y temas una y otra vez. Forma y contenido se unen estrechamente, pero el resultado no justifica tanto trabajo, tantas palabras.
No hay que olvidar que esta reseña crítica se hace a partir de una traducción, y que quizás las referencias específicas y las alusiones en los nombres tengan más efecto en el original. Hay indicios de que la sintaxis del turco de Pamuk, famosa por su complejidad, fue simplificada para el lector castellano, quizás sacrificando algo del arte.
El autor de esta novela es un gran sociólogo, un excelente observador, un crítico que hace observaciones valiosas en el contexto turco y un pensador que tiene qué decirnos acerca del amor, la moral y el individuo.
Pero el pacto que hicimos fue con un escritor. Como tal, Orhan Pamuk no lo cumple.
EL MUSEO DE LA INOCENCIA, Orhan Pamuk, Mondadori, Barcelona, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 641 págs.