Un cine extraordinario

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Mercedes Estramil

UN CONSEJO PREVIO: hay que ver el film Historias Extraordinarias (2008) antes de leer su guión, recién publicado por Mondadori. Y no sólo porque el guión no es exactamente lo que luego fue filmado y editado (comparar esos desfasajes y entender sus razones es toda una lección de cine) sino porque anticipa riesgosamente la inusual duración y densidad de esta obra de Mariano Llinás (1975), cuatro horas reales, de esas de las que no se puede decir que "pasan volando". Entre los modelos de cine que Llinás deconstruye está el que sugiere que la duración debe ser compensada con el entretenimiento puro, la acción, etc. Historias Extraordinarias es lenta, es muy hablada aunque dialogalmente es "muda", y está superpoblada de fotos fijas. Por otro lado, es una exquisita y anticonvencional road movie donde la música imprime ritmo y ligereza. Por otro, es un experimento, tanto un viaje cinéfilo para iniciados como un viaje de iniciación para cinéfilos. Experimento en el sentido de su realización: filmada sin saber previamente cuánto duraría, con un presupuesto ínfimo y sin subsidios, y un casting protagónico de amigos. Y en el sentido de su espíritu: salirse de lo habitual rompiendo con la narrativa cinematográfica típica, irse al extremo de la apuesta utilizando un soporte literario excesivo para los cánones actuales. No es exagerado decir que su impacto es análogo al que generaron (con espectacularidad) la irrupción de Tarantino, o (sin ella) filmografías como las de Tarkovski o Chris Marker o perlas sueltas como El sol del membrillo, de Víctor Erice.

EL ASUNTO. Pero vayamos al asunto, diría Llinás. Historias Extraordinarias es un film de episodios y digresiones armado en 18 capítulos y en torno a tres historias centrales que se van intercalando. La primera es la de X (el propio director), un perito encargado de evaluar edificios públicos en el interior de la provincia de Buenos Aires, que nada más llegar se ve envuelto en un tiroteo entre guardiacárceles, termina matando a uno de ellos y decide esconderse en un hotel. La segunda es la de Z (Walter Jakob) que viaja a un pueblo para ocupar un puesto jerárquico en una oficina vinculada a lo agropecuario, sustituyendo a Eugenio Cuevas, un empleado recién fallecido que detrás de su vida rutinaria se dedicaba al tráfico ilegal de animales salvajes. La tercera es la de H (Agustín Mendilaharzu) que debe recorrer un río (es el Salado, aunque no se menciona) buscando y fotografiando los monolitos de piedra que una antigua y fracasada empresa de dragado erigió como mojones décadas atrás. Ninguno de los personajes tiene muy claro qué hace ahí ni para quién o para qué trabajan, todos están como rodeados por una ausencia. Que en el caso de X se llena con sus conjeturas sobre el crimen, en el de Z con su investigación sobre la verdadera vida de Cuevas, y en el de H con su ríspida relación con un viejo de origen alemán, César. En realidad, la historia no es la de estos tipos anónimos y sin biografía (X, Z, H), sino la de sus obsesiones, la gente con la que se cruzan: un puñado de criminales, una mujer que desaparece, compañeros de trabajo o de ruta. Todos esos sí tienen nombre, hogar, parientes. Como si "la" historia fuese lo secundario, Historias Extraordinarias pone del revés el estrellato en todas sus formas, rescatando su mecánica voyeurista; los protagonistas están ahí para ver qué les pasa a los otros. La vida está en otra parte.

Pero si cada historia es un juego de descubrimientos armado desde una visual masculina, cada irrupción de lo femenino o lo gay desnuda puntos de quiebre. Es el caso de la mujer que abre un cajón que nadie puede abrir, o de la veterinaria o de las dos hermanas que cobijan a Z, o de la camarera que besa a X al final. Y es sobre todo, en la historia de X, el "episodio de Lola Gallo", una fascinante digresión o film dentro del film, que corta el tono del relato, imprimiéndole un sesgo romántico y melodramático (literalmente, con Roberto Carlos cantando "El gato que está triste y azul", y va directo al corazón, por cursi que suene). El calado profundo de Historias Extraordinarias surge en episodios así, no es a base de un crescendo ni asoma de golpe en una revelación. Tiene, como el río, mojones. Lola Gallo no es el único. Está el biopic en foto fija de Francisco Salamone (una "leyenda" real de la historia arquitectónica argentina); el episodio del león moribundo; la carta de Cuevas leída por él mismo, único personaje que habla a cámara en un film donde no oímos hablar jamás a los protagonistas (a excepción de una línea, significativa, de Mariano Llinás al final).

ESTRATEGIAS. Todo pinta kafkiano, y lo es. También es laberíntico y metafórico a lo Borges, y aventurero a lo Stevenson. Y hay un mundo común con Lynch, Jarmusch, Truffaut, Kurosawa y hasta con Hitchcock (es de orden buscar parentescos o soñarlos). Pero más que nada, es un mundo propio que se sostiene solo, sujeto a una dimensión poética que inicia en esas voces en off (aportadas por Daniel Hendler, Juan Minujin y Verónica Llinás) que todo el tiempo narran el film desde una falsa distancia emocional, anticipando acontecimientos, rebajando y acrecentando tensiones, revelando pero muy lejos de la omnisciencia lo que los personajes no saben, y sin por eso paralizar o frenar ni la imagen ni la trama. Ahí está la audacia de Llinás, jugar en esa ambigua franja de flotación en la que emerge una voz poderosa que narra y una imagen que fluye liberada de la necesidad de contar. Está sujeto también a una estructura de precisión relojera, pero armada sin concesiones al dios tiempo, donde lo que parece que va a cruzarse (las tres historias) no se cruza, y lo que parece que va a resolverse (cada destino individual) no se resuelve.

Antes, Llinás había dirigido un par de cortos y el largometraje Balnearios (2002) y durante un año filmó Historias Extraordinarias, contra viento y marea. El film sorprendió en el festival BAFICI, y al decir de los entusiastas marcó un antes y un después en el cine argentino (afirmación que se ha hecho sobre mucho cine argentino actual, de Lucrecia Martel a Lisandro Alonso, Fabián Bielinsky o Pablo Trapero), aunque sin duda su influencia masiva no pase de un circuito de culto. Es lo esperable para un proyecto que renunció en todo sentido a recorrer los senderos habituales: el apoyo del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales), una duración estándar, una narrativa clásica. El guión cuenta instancias del rodaje, cómo y por qué se suprimieron escenas o fue imposible filmar otras, qué obsesiones personales estaban en el origen del relato, qué pretendió hacer por ejemplo mostrando un león en la pampa o viajando a Mozambique para filmar unos pocos minutos, con qué elementos jugó como creador (el off narrativo en primer lugar pero también los flashbacks, fotos fijas, recortes de prensa, Mcguffins, etc). La extraña fascinación, la mezcla de sorpresa y letargo que provoca el film, tienen su base en este relato propio desde el que Llinás se plantó para mostrar que incluso en cine es posible hacer lo que uno quiere hacer, aunque no sepa bien adónde va a llegar. Está claro también que Historias Extraordinarias es una metahistoria, que el viaje iniciático, la aventura de lo desconocido, el jugueteo formal, el tonito entre didáctico y autoirónico, la permanente alusión al rompecabezas y el laberinto, están hablando de la propia creación de la película. Si cambia o no la historia del cine este film es lo de menos; lo cierto es que la enriquece con un aporte generoso, audaz, soberbio y brillante. No verlo sería un error.

HISTORIAS EXTRAORDINARIAS, de Mariano Llinás. Ed. Mondadori, Bs. As., 2009. Distribuye Random House Mondadori. 187 págs.

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