Elisa

Murilo Rubiao

UNA TARDE -estábamos en los primeros días de abril-, ella llegó a nuestra casa. Empujó con naturalidad el portón que vedaba el acceso al pequeño jardín, como si obedeciera a un antiguo hábito. Desde la galería, donde me encontraba, se me escapó una observación innecesaria:

-¿Y si tuviéramos un cachorro?

-No me atemorizan los perros- retrucó, molesta.

Con alguna dificultad (la valija que cargaba debía ser pesada), subió la escalera. Antes de entrar por la puerta principal, se volvió:

-Y tampoco los hombres.

Sorprendido porque había adivinado mi pensamiento, me apuré a desarmar la situación cada vez más embarazosa:

-Hoy está feo el tiempo. Si continúa así…

Interrumpí la serie de trivialidades que se me ocurrían y, avergonzado, traté de evitar su mirada de desaprobación.

Sonrió apenas, mientras yo, nervioso, me retorcía las manos.

***

Después, la desconocida se adaptó a nuestros hábitos. Raramente salía y nunca aparecía en la ventana.

Tal vez en el primer momento no había reparado en su belleza. Bella, aun en el desencanto, en su media sonrisa. Alta, la piel clara, de un blanco pálido, casi transparente, y una delgadez que acusaba un profundo abatimiento. Los ojos eran castaños, pero no deseo hablar de ellos. Jamás me abandonaron.

***

Pronto empezó a engordar, a ganar colores y, en el rostro se estampó una alegría tranquila.

No nos dijo su nombre ni de dónde venía ni qué acontecimientos habían sacudido su vida. Con todo, respetábamos su secreto. Para nosotros ella era, simplemente, ella. Alguien que necesitaba de nuestros cuidados, de nuestro cariño.

Acepté sus largos silencios, sus preguntas repentinas. Una noche, sin que yo lo esperara, me interrogó:

-¿Alguna vez amó?

Por ser negativa la respuesta, dejó entrever la decepción. Poco después abandonaba la sala sin agregar nada a lo que había dicho. A la mañana siguiente encontramos su cuarto vacío.

***

Todos los días, apenas comenzaba a caer la tarde, yo iba hacia la galería a la espera de que en cualquier momento ella surgiera en la esquina. Mi hermana Cordelia me reprendía:

-Es inútil, ella no volverá. Si estuvieras menos enamorado, no tendrías tanta esperanza.

***

Un año después de su fuga -estábamos otra vez en abril-, la vi aparecer en el portón. Traía la fisonomía más triste, más grandes las ojeras. De mis ojos, que se pusieron alegres al verla, se desprendió una lágrima y esforzándome para hacerle cordial la recepción, dije:

-Cuidado, ahora tenemos una perrita.

-Pero su dueño aún es manso, ¿no? ¿O se volvió feroz en mi ausencia?

Le extendí las manos, que ella apretó por un momento. Y, sin contener mi ansiedad, indagué:

-¿Por dónde anduviste? ¿Qué hiciste todo este tiempo?

-Anduve por ahí y no hice nada. Tal vez he amado un poco- concluyó, sacudiendo la cabeza con tristeza.

***

Su vida entre nosotros retomó el ritmo de la otra vez. Pero yo estaba inquieto. Cordelia me censuraba con la mirada, insinuando que yo no debería ocultar más mi pasión.

Sin embargo, me faltaba coraje, y postergaba mi primera declaración de amor.

Meses después, Elisa -sí, ella nos dijo el nombre- partió de nuevo.

Y puesto que ahora sabía su nombre, sugerí a mi hermana que nos mudáramos de residencia. Cordelia, en extremo apegada a nuestra casa, nada objetó. Se limitó a preguntar:

-¿Y Elisa? ¿Cómo podrá encontrarnos al regresar?

Reprimí con esfuerzo la angustia y repetí completamente idiotizado:

-Sí, ¿cómo podrá?

(Murilo Rubiao nació en Carmo de Minas en 1916 y murió en Belo Horizonte en 1991. Con 33 cuentos escritos en medio siglo fundó la narrativa fantástica en Brasil. Su primer libro de cuentos fue O ex-mágico, publicado en 1947. Le siguieron A estrela vermelha (1953), Os dragões (1965), O convidado (1974), O pirotécnico Zacarías (1974) y A casa do girasol vermelho (1978). El cuento "Elisa" fue escrito en 1965; la traducción es de Pablo Rocca, con revisión de Heber Raviolo. Figura en La ciudad y otros cuentos, Mdeo., EBO, 2007).

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