Katherine Mansfield
ALEILA le habría resultado difícil decir con exactitud cuándo comenzó el baile. Tal vez su primer compañero de verdad fue el coche. No importaba que lo compartiera con las chicas Sheridan y el hermano de éstas. Permaneció sentada en su propio rinconcito, y la abrazadera en que reposaba su mano parecía la manga del traje de frac de un joven desconocido; y partieron bamboleándose, ante danzarines faroles callejeros y casas y cercas y árboles.
-¿De veras no fuiste nunca a un baile, Leila? Pero niña, cuán extraordinario… -exclamaron las chicas Sheridan.
-Nuestro vecino más cercano se encontraba a veinticinco kilómetros -respondió Leila con suavidad, abriendo y cerrando dulcemente el abanico.
¡Cielos, cuán difícil era ser distinta de los demás! Trataba de no sonreír demasiado; trataba de no mostrarse interesada. Pero cada una de las cosas era tan nueva y emocionante… Las tuberosas de Meg, el largo lazo ámbar de Jose, la cabecita morena de Laura, que asomaba por encima de su piel blanca, como una flor a través de la nieve… Lo recordaría por siempre. Inclusive experimentó un dolor al ver que su primo Laurie arrojaba los trozos de papel de seda que sacaba de adentro de los guantes nuevos. Le habría gustado conservarlos como un recuerdo. Laurie se inclinó hacia adelante y apoyó la mano en la rodilla de Laura.
-Mira, querida -dijo-. El tercero y el noveno, como de costumbre. ¿Pescas?
¡Oh, cuán maravilloso tener un hermano! En su emoción, Leila sintió que si hubiera habido tiempo, si no hubiese sido imposible, no habría podido dejar de llorar porque era hija única, y jamás un hermano le había dicho "¿Pescas?"; ninguna hermana le diría, como Meg le decía a Jose en ese momento:
-¡Jamás vi que el peinado alto te sentara tanto como esta noche!
Pero es claro que no había tiempo. Ya se encontraban delante de la puerta; había coches ante ellos, y coches detrás. El camino estaba iluminado a ambos lados, con luces móviles como abanicos, y en la acera, parejas alegres parecían flotar a través del aire; zapatitos de raso se perseguían unos a otros, como aves.
-Aférrate a mí, Leila; te perderás -dijo Laura.
-Vamos, chicas, precipitémonos -dijo Laurie.
Leila apoyó los dedos en la capa de terciopelo rojo de Laura, y de alguna manera fueron levantadas y empujadas a través de la enorme linterna dorada, llevadas por el corredor e introducidas en el cuartito que decía "Damas". Allí el apiñamiento era tan grande, que casi no tenían espacio para quitarse las cosas; el ruido era ensordecedor. A uno y otro lado, dos bancos se encontraban cubiertos de abrigos. Dos ancianas de delantal blanco corrían de un lado al otro, arrojando nuevos brazados. Y todos empujaban hacia adelante, tratando de llegar a la pequeña mesa de tocador y espejo del extremo más lejano.
Un gran pico de gas temblequeante iluminaba el cuarto de las damas. No podía esperar; ya bailaba. Cuando la puerta se abrió de nuevo y llegó un estallido de afinamiento de instrumentos de salón, saltó casi hasta el cielo.
Muchachas morenas, jóvenes rubias, se palmeaban el cabello, reanudaban cintas, se metían pañuelos en la parte delantera del corpiño, alisaban guantes blancos como el mármol. Y como todas reían, a Leila le pareció que eran todas encantadoras.
-¿No hay horquillas invisibles? -exclamó una voz- ¡Cuán extraordinario! No veo una sola horquilla invisible.
-Empólvame la espalda, querida, por favor -gritó otra.
-Pero necesito aguja y algodón. Me desgarré kilómetros y kilómetros de la orla -gimió una tercera.
Y luego:
-¡Háganlos circular, háganlos circular! -El cesto de paja de programas fue arrojado de brazo en brazo. Encantadores programas diminutos, color rosa y plata, con lápices rosados y borlas esponjadas. A Leila le temblaron los dedos cuando tomó uno del cesto. Quería preguntarle a alguien "¿Yo también debo tener uno?", pero apenas tuvo tiempo para leer "Vals 3. Dos, Dos en una Canoa. Polca 4. Hacer Volar las Plumas", cuando Meg exclamó: "¿Lista, Leila?", y se abrieron paso a través del apiñamiento, en el corredor, hacia las grandes puertas dobles del salón.
El baile no había comenzado aún, pero la orquesta ya no afinaba los instrumentos, y el ruido era tan intenso, que parecía que, cuando comenzara a tocar, no se la escucharía. Leila, apretada contra Meg, mirando por sobre el hombro de ésta, sintió que hasta los banderines aleteantes, de color, tendidos a través del cielo raso, hablaban. Se olvidó de ser tímida; olvidó que en mitad de la acción de vestirse se sentó en la cama, con un zapato puesto y uno no, y le pidió a su madre que llamara a sus primos y les dijese que en definitiva no podría ir. Y la oleada de ansia que experimentó, de quedarse sentada en la galería de su casa de campo perdida, escuchando los mochuelos que gritaban "Más cerdos" a la luz de la luna, se convirtió en una oleada de alegría tan dulce, que resultaba difícil soportarla a solas. Apretó su abanico, y mientras contemplaba el piso reluciente, dorado, las azaleas, las linternas, el escenario, a un extremo, con su alfombra roja y las sillas doradas, y la orquesta en un rincón, pensó, sin aliento: "¡Cuán celestial; cuán sencillamente celestial!"
Todas las muchachas se agrupaban a un lado de las puertas, los hombres al otro, y las damas de compañía, de vestimenta oscura, con sonrisas más bien tontas, caminaban con pasitos cuidadosos sobre el piso lustrado, hacia el escenario.
-Esta es mi primita campesina Leila. Sean amables con ella. Encuéntrenle compañeros; está bajo mi cuidado -dijo Meg, acercándose a una muchacha tras otra.
Rostros desconocidos sonrieron a Leila… con dulzura, con vaguedad. Voces desconocidas contestaron "Por supuesto, querida". Pero Leila sintió que en verdad las chicas no la habían visto. Miraban hacia los hombres. ¿Por qué no empezaban éstos? ¿Qué esperaban? Estaban allí, alisándose los guantes, palmeándose el cabello reluciente y sonriéndose unos a otros. Y luego, de pronto, como si acabaran de resolver que eso era lo que debían hacer, se acercaron deslizándose entre las muchachas. Un hombre alto y rubio llegó volando hasta Meg, tomó el programa de ésta y garabateó algo. Meg se lo pasó a Leila.
-¿Me concede el placer?- Él se inclinó y sonrió. Llegó un hombre moreno que usaba monóculo, y luego el primo Laurie con un amigo, y Laura con un hombrecito pecoso, de corbata torcida. Y después un hombre muy anciano, gordo, con un gran círculo calvo en la cabeza, tomó su programa y murmuró "¡Permítame ver, permítame ver!" Y se pasó largo rato comparando su programa, que parecía negro de tantos nombres, con el de ella. En apariencia le produjo tantas dificultades, que Leila se avergonzó. "Oh, por favor, no se moleste", dijo con ansiedad. Pero en lugar de responder, el gordo escribió algo, volvió a mirarla.
-¿Recuerdo esta carita luminosa? -preguntó con suavidad-. ¿La conozco de antiguo?- en ese momento la orquesta comenzó a tocar; el hombre grueso desapareció. Se alejaba sobre una gran oleada de música que llegaba volando por encima del piso resplandeciente, disolviendo los grupos en parejas, dispersándolas, haciéndolas girar…
Leila había aprendido a bailar en la escuela de pupilas. Todos los sábados por la tarde se llevaba a éstas a un saloncito misionero de hierro acanalado donde la señorita Eccles (de Londres) desarrollaba sus "selectas" clases. Pero la diferencia entre el salón de color polvoriento -con textos bordados en calicó en las paredes, la pobre mujercita aterrorizada, con su toca de terciopelo castaño y orejas de conejo, que aporreaba el frío piano, la señorita Eccles que golpeaba los pies de las niñas con su larga vara blanca- y eso, era tan tremenda, que Leila estaba segura de que si su compañero no llegaba, y tenía que escuchar esa maravillosa música y ver a los otros deslizarse, resbalar sobre el piso dorado, por lo menos moriría, o se desvanecería, o levantaría los brazos y saldría volando por una de las ventanas oscuras que mostraban las estrellas.
-Creo que es el nuestro…- Alguien hizo una inclinación de cabeza, sonrió y le ofreció el brazo; en definitiva, no tuvo que morir. La mano de alguien le oprimió la cintura, y se alejó flotando como una flor arrojada a un estanque.
-Un piso muy bueno, ¿verdad? -gangoseó una voz tenue cerca de su oído.
-Creo que es espléndidamente resbaladizo -respondió Leila.
-¡Perdón! -La voz leve pareció sorprendida. Leila lo repitió. Y hubo una minúscula pausa antes que la voz dijese "¡Oh, es cierto!", y ella fue arrebatada de nuevo.
Él la guiaba con tanta delicadeza. Había una gran diferencia entre bailar con muchachas y con hombres, decidió Leila. Las jóvenes tropezaban unas con otras, y se pisaban los pies; la muchacha que era el caballero siempre la apretaba demasiado a una.
Las azaleas ya no eran flores separadas; eran banderas color rosa y blanco que pasaban chorreando.
-¿Estuvo en lo de los Bell, la semana pasada? -preguntó la voz. Parecía fatigada. Leila se preguntó si debía averiguar si quería detenerse.
-No, es mi primer baile -respondió.
Su compañero lanzó una risita jadeante.
-Oh, vamos -protestó.
-Sí, de veras, es el primer baile al cual concurro. -Leila hablaba con fervor. Era un alivio tan grande poder decírselo a alguien. -Sabe, viví toda mi vida en el campo, hasta ahora…
En ese momento la música se detuvo, y fueron a sentarse en dos sillas, contra la pared. Leila metió los pies de raso rosado debajo de la silla y se abanicó, mientras, dichosa, contemplaba a las otras parejas que pasaban y desaparecían a través de las puertas batientes.
-¿Te diviertes, Leila? -preguntó Jose, asintiendo con la cabeza dorada.
Laura pasó y le dedicó un levísimo guiño; hizo que Leila se preguntase por un momento si en definitiva era ya una muchacha crecida. Por cierto que su compañero no hablaba mucho. Tosía, se guardaba el pañuelo, se tironeaba del chaleco, se quitaba de la manga un hilo minúsculo. Pero no importaba. Casi en seguida la orquesta volvió a tocar, y su segundo compañero pareció saltar del cielo raso.
-El piso no está mal- dijo la nueva voz. ¿Siempre había que comenzar con el piso? Y luego-: ¿Estuvo en el Neaves, el martes? -Y otra vez Leila explicó. Quizás fuese un tanto extraño que sus compañeros no se mostraran más interesados. Pues era emocionante. ¡Su primer baile! Estaba apenas al comienzo de todo. Le parecía que jamás, hasta entonces, supo qué era la noche. Hasta ahora fue oscura, silenciosa, muy a menudo bella -oh, sí-, pero, quién sabe por qué, lúgubre. Solemne. Y ahora jamás volvería a ser así… Se había abierto con un brillo enceguecedor.
-¿Desea un helado? -preguntó su compañero. Y pasaron por las puertas batientes, recorrieron el pasillo hasta la sala de la cena. Le ardían las mejillas, estaba tremendamente sedienta. ¡Cuán dulces parecían los helados en los platitos de vidrio, y cuán fría la cuchara, también helada! Y cuando regresaron al salón, el hombre obeso la esperaba junto a la puerta. Le volvió a provocar una sacudida ver cuán anciano era; habría debido estar en el escenario, con los padres y madres. Y cuando Leila lo comparó con sus otros compañeros, parecía desaliñado. Tenía el chaleco arrugado, le faltaba un botón en el guante, su chaqueta parecía empolvada de tiza francesa.
-Venga, damita- dijo el gordo. Casi no se tomó la molestia de aferrarla, y se alejaron con tanta suavidad que casi se parecía más a caminar que a bailar. Pero no dijo una palabra sobre el piso.
-¿Su primer baile, verdad? -murmuró.
-¿Cómo lo supo?
-Ah -respondió el gordo-, ¡para eso sirve ser viejo! -Jadeaba un tanto cuando la guió en torno de una pareja torpe.- Sabe, vengo haciendo esto desde hace treinta años.
-¿Treinta años? -exclamó Leila. ¡Doce antes que ella naciera!
-Casi ni vale la pena pensar en eso, ¿verdad? -dijo el gordo con acento melancólico. Leila le miró la cabeza calva, y sintió mucha pena por él.
-Creo que es maravilloso seguir haciéndolo -dijo con bondad.
-Damita bondadosa -dijo el hombre obseso, y la apretó un poco más, y canturreó un compás del vals-. Es claro que no se puede abrigar la esperanza de durar tanto tiempo. No-o, mucho antes de eso, usted estará sentada allí, en el escenario, mirando, con su hermoso vestido de terciopelo negro. Y estos bonitos brazos se habrán convertido en bracitos cortos y gruesos, y marcará el compás con un abanico muy distinto… uno negro, de hueso. -El gordo pareció estremecerse. -Y sonreirá como los pobres ancianos de ahí arriba, y señalará a su hija, y le dirá a la dama vecina, muy madura, que un hombre espantoso trató de besarla en el baile del club. Y el corazón le dolerá, le dolerá…-El hombre obeso la apretó aun más, como si en realidad le diese pena ese pobre corazón.- Porque nadie querrá besarla entonces. Y dirá cuán desagradables son estos pisos lustrados para caminar por ellos, cuán peligrosos son. ¿Eh, señorita Piececitos Veloces? -preguntó el gordo con dulzura.
Leila lanzó una risita, pero no sentía deseos de reír. ¿Era… podía ser cierto todo eso? Parecía demasiado cierto. ¿Ese baile no era, en fin de cuentas, otra cosa que el comienzo del último baile? Entonces la música pareció cambiar; sonó triste, triste; se elevó por encima de un gran suspiro. ¡Oh, cuán rápido habían cambiado las cosas! ¿Por qué no duraba la dicha para siempre? Para siempre no era demasiado.
-Quiero descansar -dijo con voz sin aliento. El hombre obeso la condujo hacia la puerta.
-No -dijo ella-, no deseo salir. No quiero sentarme. Me quedaré aquí, de pie, gracias. -Se apoyó contra la pared, golpeteando con el pie, subiéndose los guantes y tratando de sonreír. Pero muy adentro de ella una niñita se cubría la cabeza con el delantal y sollozaba. ¿Por qué él lo había arruinado todo?
-Oiga, ¿sabe? -dijo el gordo-, no debe tomarme en serio, damita.
-¡Como si lo hiciera! -replicó Leila, con un brusco movimiento de la cabecita morena, y mordiéndose el labio inferior…
Otra vez desfilaron las parejas. Las puertas batientes se abrieron y se cerraron. El director distribuyó música nueva. Pero Leila ya no quería bailar. Quería estar en su casa, o sentada en la galería, escuchando a los mochuelos. Cuando miró las estrellas, a través de las ventanas oscuras, tenían rayos largos, como alas…
Pero de pronto se inició una melodía dulce, tierna, arrebatadora, y un joven de cabello rizado le hizo una inclinación de cabeza. Tendría que bailar, por cortesía, hasta que pudiese encontrar a Meg. Caminó hacia el centro con rigidez; con gran altanería apoyó la mano en el brazo de él. Pero en un minuto, en un giro, sus pies se deslizaron, se deslizaron. Las luces, las azaleas, los vestidos, los rostros rosados, las sillas de terciopelo, todo se convirtió en una magnífica rueda giratoria. Y cuando su compañero siguiente la hizo tropezar con el hombre obeso y éste dijo "Pardon", ella le dedicó una sonrisa más radiante que nunca. Ni siquiera lo reconoció.
(Katherine Mansfield nació en Nueva Zelanda en 1888 y murió en 1923. Canalizó su obra literaria a través del cuento. Entre sus libros de relatos destacan Una pensión alemana -1911- y La fiesta en el jardín -1922. El cuento aquí publicado es del libro Cuentos, Ediciones Orión, Traducción de Floreal Mazia, Buenos Aires, 1976).