Carlos María Domínguez
UN DÍA VI a Larsen bajar de un ómnibus en la plaza de Santa María. Recuerdo que dejó la valija en el suelo para estirar los puños de su camisa, y Onetti dijo que lo habían echado, pero estaba de regreso. Eso sucedió cuando yo tenía 18 o 19 años, y desde entonces esa imagen inaugural de El astillero impregnó mis lecturas de sus novelas y cuentos.
Lo que Onetti dice en El astillero mientras cuenta la historia de Jeremías Petrus y su empresa, la de su hija Angélica Inés y los esfuerzos de Larsen por seducirla, no es muy distinto de lo que dijo en el resto de su obra: que los hombres han sido condenados a morir sin culpa, que el tiempo es deterioro y el fracaso puede ser una experiencia de la bondad. La manera de decirlo dio al idioma una música de tonos bajos que nadie había escuchado. Sus largos fraseos, el modo oblicuo de expresar la intimidad y la sucesión de episodios dados a conocer por el detalle parcial pero minucioso de diferentes testigos, justifican la importancia de sus ficciones.
UNA PROSA CAUTIVANTE. Las virtudes de su prosa son, al mismo tiempo, las dificultades ofrecidas al lector. No hay en la literatura de Onetti problemas divorciados de sus logros. Sus debilidades forman parte de su estilo, van juntos, y exigen su aceptación, con o sin protesta. La protesta habitual es la sordidez de la mayoría de sus historias. Es un trance real para quienes buscan la alegría en sus libros, pero no insalvable. Para descubrir la confianza, la fe o la esperanza en las ficciones de Onetti es necesario oír la progresiva suma de frases que se escalonan detrás de una autenticidad insobornable. "Más tarde o más temprano, hacía sonar la pesada campana, cruzaba el portón de hierro, mostraba a la sirvienta -ahora burlona, huraña- una sonrisa entristecida por represiones visibles, un pequeño gesto de la boca…". Son aproximaciones a detalles que parecen triviales y tienen consecuencias. Dan, en conjunto, la impresión de una escritura que se mejora a sí misma a medida que avanza.
Suele definirse a Onetti por sus temas, que rara vez coinciden con el argumento de sus ficciones, cuando es la prosa la que cautiva a sus lectores. Antes que cualquier secuencia narrativa el lector de Onetti reconoce su voz falsamente desentendida, su modo de anunciar un carácter, el comportamiento de la luz sobre una polvera, incluso lo que no va a contar. Onetti no describe el mundo, lo expresa. Más que los hechos, narra la manera de vivirlos, la emoción o la fantasía con que los hechos se dieron a conocer a los protagonistas. Esta forma distorsionada de contar la realidad oscurece la visión de los acontecimientos pero ilumina la invisible trama de pudores, deseos, desilusiones, sueños, engaños, las muchas formas de la piedad, la dicha, el asco, y tantos movimientos de la conciencia que el lector asiste a una interpelación de su propia intimidad.
EL TEXTO OCULTO. El personaje puede ser crapuloso, pero su retrato siempre es de una honestidad abrumadora. La secuencia cruel nunca es narrada sin un apego de amorosa precisión. Es delicado cuando relata situaciones escabrosas, y cuidadoso en el desapego. Estos contrapuntos crean una tensión que corre por el relato con un texto en superficie y otro asordinado que sus lectores aprendimos a escuchar. Onetti no es literal, es un animal literario en peligro de extinción. Escribe una cosa para que se deje oír otra. No es que amemos la grisura y la abyección. Amamos la voz que corre por debajo, el modo esquinado de entrar en tema, sin énfasis, en la deriva de frases que no adelantan su conclusión y por eso, avanzan imprevisibles. Su prosa está colmada de oraciones derivadas, a veces enredadas y sumergidas en la persecución de una imagen que esconde su sentido, a menudo bendecidas por una bella y dura pulcritud. Demandan una espera suspendida, la ampliación de la inteligencia de la lectura a un tiempo que excede la duración del párrafo, la página, aún del texto.
El tono bajo, templado en la aceptación de un mundo que no cumple sus promesas, guarda un silencio piadoso por sus criaturas. Pero no salva a nadie, no predica; convierte la tristeza en provocación. Cuando escribe en El pozo: "Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender", no convoca a ser aprobado con más fe que a ser desmentido. Eladio Linacero pide ser descifrado y lo que dice Onetti de Linacero también. De Linacero o de Larsen, de Díaz Grey, o de los muchos personajes que le permitieron narrar el encuentro de lo bello y lo terrible. "Hay en el fondo, lejos, un coro de perros, algún gallo canta de vez en cuando, al norte, al sur, en cualquier parte ignorada"… "Me hubiera gustado clavar la noche en papel como a una gran mariposa nocturna. Pero, en cambio, fue ella la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo".
Es una estética negra, pero incandescente, que reúne el deseo y el fracaso sin lágrimas ni discursos porque desde la primera línea Onetti dice que no se salvarán los personajes, ni la escritura lo salvará a él, ni será salvado el lector por la inteligencia, su ética, mucho menos por su sensibilidad o su voluntad de belleza. Aclarado el punto, cuenta lo que hacen los hombres con su destino. Todo el pesimismo que se le quiera adjudicar a su obra contrasta con el vigor de unas descripciones brillantes en su capacidad de descomponer las experiencias concentradas en un gesto, un cuerpo, su fisonomía. No sólo lee la apariencia, la convierte en materia de una historia narrada sin apelaciones a la psicología, ni a la filosofía, la sociología, ni a ningún auxilio que no sea el del relato. Únicamente en este sentido es un narrador salvaje, un artista que entra a saco en la realidad, por su voluntad y talento.
Más allá del límite. Hace muchos años, en junio de 1973, la revista Crisis dio a conocer en Buenos Aires su cuento "Las mellizas". Ignoro por qué no ha sido celebrado entre sus más conmovedores relatos. Lo es para mí. Y más aún, la carta manuscrita que acompañó la publicación, breve testimonio de un escritor alucinado en su ambición de llevar la palabra más allá del límite, corredizo y milagroso, de lo que puede ser dicho:
"-Claro, usted debe tener razón. La historia de las mellizas tiene una clave. Se trata de la piedad. Ahora lo recuerdo como un sentimiento más poderoso, más corrosivo que el amor y el odio. Intento pensar en las mellizas, en mí y en tanta gente que estuvo complicada en el asunto sin sospechar nunca la profundidad de la anécdota en que se metían. Creo que todos actuamos de buena fe y esta fue la causa que impuso el final y -para mí- el remordimiento inolvidable. Todo esto sucedió, es verdad parcial. Pero nunca podré contentarme con lo que pueda escribir sobre las mellizas; nunca acertaré a decir toda la verdad. Y esto no por escrúpulos que casi no tengo, que aplasté en autodefensa. No puedo decirla porque la historia funcionó en otro lado -la historia real. Debajo de las piedras y la madera de los pisos de cafetines y hoteles que pisamos. Comprendo que es inútil resolverme a escribir, que me equivocaré siempre, que los dibujos del aire que alguien imponía para rodearnos eran y son intocables. Puedo gastar doscientas páginas para hablar de ellas y estaré seguro de mentir, de esconder, a pesar de toda mi dudosa voluntad de ser sincero y abarcar el total de la historia increíble. Onetti".
CARLOS MARÍA DOMÍNGUEZ; escritor argentino y biógrafo de Onetti. Vive en Montevideo.