Prosa sin fisuras

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Jorge Lafforgue

ME CONFIESO bibliófilo. Pero bibliófilo acotado a un muy escaso número de escritores, seis o siete latinoamericanos, Onetti entre ellos. Por eso -aunque no sólo por esa nimiedad- me resulta harto difícil proponer la lectura de un texto suyo. Uno y no todos. Desde El pozo hasta Para cuando ya no importe, Onetti nos pone ante un abismo único, con escenarios y personajes que se duplican en el dolor, la soledad, el desgarramiento y las corrosiones de la culpa; un mundo en perpetuo asedio e insondable resistencia; sí, un mundo-abismo.

Vuelvo a mi biblioteca. Mi mirada se detiene en los años 50; más precisamente, entre La vida breve y El astillero, dos pilares, tal vez los mayores, de ese mundo que sin cesar se derrumba a la vez que se construye: que Onetti construye mientras consecuentemente destruye. Allí, a mitad de camino entre ambas obras veo los flacos lomos de las ediciones de Los adioses, uno de sus textos -si no el texto- que con mayor intensidad me ha conmocionado.

NOVELA BREVE O CORTA O NOUVELLE. Sur publicó Los adioses en 1954 en una clara y limpia edición porteña de 88 páginas; la novela permaneció sin reeditarse hasta que lo hizo Arca en la Impresora Cordón de Montevideo en 1966, con 83 páginas muy legibles, pocas erratas y una atractiva carátula de Dumas Oroño. Mucha menos suerte tuvo una edición de Calicanto, que diez años después (tras mediar varias de Arca y una venezolana de Monte Avila) reinstala la novela en Buenos Aires, con tipografía chica e impresión descuidada, y que innecesariamente agrega al texto de Los adioses un estudio crítico de Wolfgang A. Luchting ("El lector como protagonista de la novela"; aparecido originariamente en Marcha en junio de 1970 e incorporado por Arca a la cuarta edición) seguido de una breve respuesta de Juan Carlos Onetti: "Mi cofrade Herr Luchting nos aproxima a la verdad", aunque "sigue faltando una media vuelta de tuerca, en apariencia fácil pero riesgosa". Benevolencia e ironía del autor de esta formidable novela breve o corta o nouvelle, dedicada a Idea Vilariño.

Novela calificada, en la solapa de aquella primera edición de Sur, como "una historia de amor". Por su parte, en la contratapa de la edición de Arca, se lee que "una escritura de un realismo desorbitado y un envolvente clima poético son los instrumentos afinadísimos con que se expresa esta apasionada interrogación sobre la fuerza de las más puras formas del amor". Si bien antes se ha considerado a este libro "probablemente el más enigmático de Onetti, no sólo por la trama sutilmente tejida (…), sino también por los temas profundos que el autor baraja a lo largo de su obra".

A partir de fines de los 60, la recepción editorial se volverá cada vez más gravitante, para consolidarse durante la década siguiente, cuando Onetti es ungido precursor del boom de la novela latinoamericana. Este "entronizamiento" -forjado entre otros por Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa- es acompañado por la ampliación de un público fiel al escritor y por una creciente y sostenida recepción crítica, en particular en ambas orillas del Plata. No siempre favorable, cabe recordar; por ejemplo, Enrique Anderson Imbert, en su muy difundida Historia de la literatura hispanoamericana, dirá que Onetti escribe con "displicencia muy rioplatense (como si le dijese al lector: si me entendés bien; si no, paciencia: yo no me voy a matar por vos)".

Cuando la editorial Sur publica Los adioses aparece en el número 230 de su revista un comentario de Aldo Prior, y también en setiembre de 1954 sale otro de David Viñas en el número 3 de Contorno. Más tarde, no es infrecuente que en los trabajos generales sobre la producción onettiana, haya referencias a esa novela, que muchas veces resultan centrales en las correspondientes lecturas críticas; así, por ejemplo, en Onetti. Los procesos de construcción del relato (1977), de Josefina Ludmer, y en Onetti: el ritual de la impostura (1981), de Hugo Verani. Desatada la parafernalia crítica, uno siente -al menos yo siento- una contrapuesta actitud ante ella: cierta curiosidad y cierto rechazo. Acicateado por la primera, que llamaría reto profesional, seré informado de los trucos, las trampas, los acertijos, las técnicas, los procesos de construcción del relato, de las intenciones, las secretas búsquedas, los recónditos propósitos del escritor; de los temas, los tiempos, los personajes, los ejes, el arriba y el abajo, y de cuantos elementos configuradores -según análisis y analistas- surjan del texto (o de la hiperbólica imaginación del crítico). Consecuentemente, críticos y editores abundan en definiciones tremebundas: texto enigmático, hermético, de extrema equivocidad, que lleva a la perfección la técnica de la ambigüedad, entre otras de parecido calibre.

Las dejaré de lado, menos por rechazo que en aras de las pocas razones que buenamente puedo compartir. La primera es de mera autoridad, y la menciono por simple jactancia. En 1980, Eduardo Galeano le pregunta a Onetti: "De tus libros ¿cuál querés más?" La respuesta no se hace esperar: "Los adioses" y enseguida el amistoso reproche: "¿Para qué preguntás lo que ya sabés? Hace como veinte años que lo sabés". (Diálogo cuando el Premio Cervantes, publicado ese año en la revista El Viejo Topo).

La segunda me es sugerida por un amigo uruguayo, aunque no sé si él la aprobaría. En sus estudios críticos sobre el Modernismo, Ángel Rama demostró cómo ese movimiento alcanza la primera independencia poética latinoamericana: si bien propuesta ya por algunos neoclásicos y perseguida tenazmente por los románticos, Darío la logra al establecer "las bases de una literatura sobre una concepción moderna de vida y arte"; dicho de otra forma: al "descubrir" que el lenguaje es el instrumento y la argamasa con que se construyen los textos literarios. Luego, esta tradición poética sufre una media vuelta de tuerca con las vanguardias; pero la otra media vuelta se produce con los padres del boom, claramente con Juan Carlos Onetti, quien hace girar (a la tuerca, a la literatura) con "displicencia" y furor a flor de piel. Tras ser vapuleadas y hasta extorsionadas las posibilidades del lenguaje en sucesivas ruedas experimentales, éstas se detienen al comprobar que la realidad última es inalcanzable y que las palabras son nuestra indigente apropiación de ella. Las palabras serán entonces los ladrillos de esos edificios verbales que persiguen la verdad; verdad que es y será siempre esquiva. (No la verdad de la mentira: una realidad que instaura la ficción como reto a la realidad real, según ha postulado largamente Mario Vargas Llosa y reiterado en su reciente ensayo sobre Onetti.) Diré más: la realidad como una verdad esquiva, imposible de alcanzar a la vez que desafío y acicate. E infiero, desafío e impulso fundante de la escritura onettiana.

UNA RELECTURA. Los adioses es una crónica de una muerte anunciada. En principio, nada muy complejo: un hombre flaco, joven aún, alto, de hombros anchos y encogidos, llega a un pueblo serrano para someterse a la posible cura de la tuberculosis que mina su cuerpo, aunque de entrada se manifiesta su casi nula voluntad al respecto: "no es que crea imposible curarse, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse". Esta presentación del protagonista y los avatares que le siguen nos llegan siempre a través del testimonio del dueño de un mugroso boliche a la vera del camino donde paran los ómnibus de pasajeros. El narrador testigo (y lector primero) se interesa por este singular personaje, por su historia, y en contrapunto con el enfermero y la Rubia, va tejiendo y destejiendo los posibles móviles de una reclusión desconcertante, sombría, sólo interceptada por las cartas regulares y las visitas sorpresivas de dos mujeres, que se desplazan entre el almacén, el cercano hotel y la casa de las portuguesas. Sólo los personajes laterales tienen nombres propios, el escenario resulta impreciso, las mismas acciones inaprensibles, o confusas por la mediación reflexiva del narrador -un almacenero con aires de perceptivo psicólogo-, en fin, el desenlace es previsible. Ante estos y otros elementos del relato se comprenden los desvelos interpretativos. Pues, para peor, el meollo de la historia, la relación que une al hombre con las dos mujeres, es una incógnita que la lectura, por más atenta y empeñosa que sea, resuelve sólo parcialmente, dejando la precisa sensación de que los nudos principales de la historia permanecen en una tenue penumbra, irresueltos, tal vez imposibles de resolver. Como si una fina capa de polvo plateado lo cubriese todo, envueltos en una sombra radiante. Pero es justamente ese carácter inasible, esquivo (ambiguo, según les gusta calificar a los críticos) lo atrapante, lo subyugante, lo fascinante de esa historia de adioses reiterados, a través de unas manos que se mueven sin fe y de los ecos de un pasado que se clausura sin remedio, irremediablemente. Reitero, cuentas pasionales de un pasado que se están saldando en el presente; pasiones latentes o inconfesables que instauran un clima de quieta tragedia y un clima que se instaura mediante una prosa sin fisuras, diáfana y envolvente.

JORGE LAFFORGUE (n. 1935); escritor y crítico argentino. Su último libro es Explicar la Argentina.

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