Una premisa asombrosa

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Ilan Stavans

HAY UN CUENTO de Onetti que yo me llevaría a una isla desierta: "Un sueño realizado". Apareció originalmente en La Nación de Buenos Aires en 1941. Hay quien lo llama una obra maestra. Mario Benedetti lo describió como un cuento fantástico. A mí me hace pensar en Chéjov. Pero todos estos ecos literarios no tienen la menor importancia.

Cada vez que lo releo me da la impresión de que le sobran palabras. O que le faltan párrafos. O que está mal estructurado. Pero me encanta. Se trata de una anécdota -eso es lo que es, no un cuento sino una anécdota- en primera persona, aunque también me la he imaginado en tercera. Sea como sea, mi relación con él, como con otras obras literarias que no me dejan tranquilo, es visceral. Cualquier explicación que le doy siempre es insatisfactoria.

Como en los sueños. Su argumento es asombroso. Una mujer contrata a un empresario teatral de nombre Langman para que monte una obra de teatro. Como lectores sabemos que ni la señora es dramaturga ni la suya es una obra común y corriente. Para empezar, ni siquiera está escrita. Tampoco tiene actos o cuadros múltiples. Más bien se trata de una sola escena en la que no pasa absolutamente nada. Ella habla de "unas personas en una calle y las casas y dos automóviles que pasan". Y añade: "Allí estoy yo y un hombre y una mujer cualquiera que sale de un negocio de enfrente y le da un vaso de cerveza… El hombre cruza la calle hasta donde sale la mujer de su puerta con la jarra de cerveza y después vuelve a cruzar y se sienta junto a la misma mesa, cerca de mí, donde estaba al principio". Así es la acción: fragmentaria, resquebrajada, mal editada, como los sueños.

Langman le hace ver a la mujer que él es demasiado importante para perder su tiempo con ella. Pero la mujer le ofrece dinero y no hay productor teatral en el mundo, sobre todo si está pasando por una temporada dura como Langman, que resista semejante invitación. Pronto Langman contrata a un actor alcohólico, de segunda, llamado Blanes, al cual se le suma un reparto algo más amplio: una mujer con un jarro, un hombre en un automóvil y demás.

La obra se representa una sola vez. Al final de la misma la mujer ha muerto.

Leí el cuento de Onetti por primera vez cuando llegué a Nueva York y recuerdo que me sentía embargado por una envidia enorme. Supe de inmediato que me hubiera gustado haber sido su autor, que yo hubiera podido escribirlo mejor. Como me decía una maestra de primaria: "A cada pastor su propio rebaño". Nada me cuesta confesar que desde entonces no he hecho otra cosa que reescribir ese cuento de una y mil maneras.

El alma ausente. Mi pasión por el teatro me viene de mi padre, que es un actor popular de telenovelas mexicanas aunque él prefiere el proscenio. Dediqué varias páginas de mi libro autobiográfico On Borrowed Words a recrear aquellas tardes de domingo cuando lo acompañaba. Entrábamos primero en el camerino, adonde yo presenciaba una transformación física que me dejaba atónito: frente a un espejo poco a poco mi padre dejaba de ser mi padre para convertirse en un prisionero de guerra, un administrador de hotel o un travestido de cabaret. Ese dejar de ser él y convertirse otro me llenaba de terror. ¿Y si después de la función el alma de mi padre no regresaba a su cuerpo?

Siempre lo recobré, por supuesto. Sin embargo, la incertidumbre se quedó conmigo. Es la misma incertidumbre que me posee cada vez que sueño. Los sueños son el teatro del alma. Cada vez que soñamos, surge en nuestra mente una puesta en escena con desperdicios del vivir, caras que nos impresionaron, una frase certera, un objeto memorable. La organización que le damos a este material es aleatoria, de ahí el acertijo que siempre resulta ser el mensaje de un sueño. ¿Por qué aparezco en un avión submarino con una bufanda amarilla y un pañal enlodado? Esos son los elementos del sueño que tuve anoche. Si Doktor Freud se me apareciera ahora, le diría que a mí no me interesan los sueños por su carga simbólica.

Al contrario, me interesan por la forma en que montan una obra teatral en la cual nosotros somos los dramaturgos involuntarios. Y me interesan porque son irrepetibles. Varias veces he intentado soñar el mismo sueño sin éxito. Tengo un par de amigos que aseguran ser capaces de continuar la narración episódica de un sueño que tuvieron la noche siguiente. Pero yo no les creo. Si de verdad fueran capaces de hacerlo, sus sueños no serían producto del inconsciente sino de su eje racional.

dos BORRADORES. "Un sueño realizado" es sobre una mujer anónima (el que Onetti la mantenga anónima es prueba de su genialidad) que añora recrear -regresar, revivir, evocar- un sueño que la marcó para siempre. El sueño, o la descripción que ella hace de él, es caótica, según Langman, no así su realización. Blanes está ebrio antes de la puesta en escena, al fin de la cual se da cuenta, él y los demás, que la mujer está muerta.

Las últimas líneas del párrafo final son ejemplares: "Me quedé solo", dice Langman, "encogido por el golpe, y mientras Blanes iba y venía por el escenario, borracho, como enloquecido, y la muchacha del jarro de cerveza y el hombre del automóvil se doblaban sobre la mujer muerta, comprendí qué era aquello, qué era lo que buscaba la mujer, lo que había estado buscando Blanes borracho la noche anterior en el escenario y parecía buscar todavía, yendo y viniendo con sus prisas de loco: lo comprendí todo claramente como si fuera una de esas cosas que se aprenden para siempre desde niño y no sirven después las palabras para explicar".

¿Cuántas veces queremos en la vida retornar a un sueño, realizándolo al menos una vez más? Porque los sueños y el teatro son hermanos gemelos. O quizás sean dos borradores de la misma narración. O las imágenes entrecruzadas de un demiurgo ofendido. En el cuento de Onetti la mujer muere una muerte perfecta: inmersa en su propio sueño, que la incluye y asimismo la rebasa, se deja llevar al otro lado de la realidad, en el mundo detrás del mundo donde la lógica es ilógica.

Hace años escribí una novela corta titulada La invención de la memoria que tiene como protagonista a un hombre cuya memoria prodigiosa de pronto recibe un diagnóstico fatídico que, entre otros efectos, pronostica que sus recuerdos se borrarán para siempre en los próximos meses. Su tristeza es enorme. Decide pues regresar al país donde fue feliz, México, y desde el segundo piso de una casa alquilada en la Colonia Copilco a la que alguna vez estuvo ligado a través de su madre, recrea a partir de algunos objetos representaciones escénicas cruciales de su ayer.

En Resurrecting Hebrew, mi reflexión sobre Eliezer Ben-Yehuda, padre del hebreo moderno, lo imagino soñándose que se sueña. Y en mi cuento "The Disappearance", un actor belga judío trama su propio secuestro, imaginando que todo -él, el secuestro, el escenario donde representa al Shylock de El mercader de Venecia cada noche- son uno y el mismo teatro. En todos estos textos quiero pagar mi deuda con Onetti.

Yo creo que todo el Quijote está incluido en "Un sueño realizado". Cordura y locura cohabitan en él. Por cierto, el cuento empieza con una disquisición sobre Hamlet. Los actores, dice Onetti, "lo sacrifican todo por su arte y si no fuera por su enloquecido amor por el Hamlet…". Así son el arte y la imaginación: fatídicos.

ILAN STAVANS (n. 1961) ; mexicano, vive en Estados Unidos. Su último libro es Becoming Americans: Four Centuries of Immigrant Writing (Library of America).

La mirada larga

Alejandro Zambra

RELEER a Onetti es leerlo por primera vez, o al menos eso pensé ahora, al volver a sus cuentos, al repasar sus novelas: recordaba frases enteras, atmósferas, argumentos, personajes y escenarios, pero mientras duraba la lectura los recuerdos perdían precisión, a la vez que ganaba, siempre, la novedad de la frase, la contingencia de leer aquí y ahora.

Supongo que eso sucede siempre al releer, que por eso releemos la obra de un escritor admirado: somos capaces de formular la admiración, de fundamentar las preferencias, de bosquejar artículos o columnas, pero al regresar a los textos las certezas se rompen, y construimos, ahora, recuerdos nuevos, recuerdos que también parecen, mientras tanto, definitivos.

Digo todo esto para recuperar la pregunta para mí inevitable sobre la primera vez que leí a Onetti, a mediados de los años noventa, en el tiempo serio de las lecturas voraces. Leíamos con prisa, confiando en la velocidad, como si quisiéramos recuperar un tiempo que no habíamos tenido. Recuerdo que la obra de Onetti se resistía a esa velocidad, pedía una mirada larga, y no cabía en los cajones que enseñaban, con gesto tajante, los profesores.

Lo primero que leí fueron los cuentos y el que más me gustó entonces es el que más me gusta ahora: "Un sueño realizado". Es extraña esa permanencia, tal vez contradictoria: recordaba algunas frases del relato ("Comprendí, ya sin dudas, que estaba loca y me sentí más cómodo"), recordaba a los personajes y el chiste de Blanes sobre Hamlet y la puesta en escena del teatro "intimista". Pero ahora desoí esos recuerdos; sentí que leía por primera vez un relato que ya conocía.

El narrador de "Un sueño realizado" es compasivo y razonable: sabe más o cree saber más que la mujer y que Blanes y por eso no responde al chiste sobre Hamlet, no lo rectifica, sabe que no tendría sentido rectificarlo. No ha leído Hamlet y a manera de torcida venganza se propone no leerlo nunca, no entender nunca el chiste. Acaso entonces, al encontrar este relato por primera vez, pensé en Hamlet, en el teatro dentro del teatro, en la escena del príncipe proponiendo a los actores que escenificaran "El asesinato de Gonzalo", y también en Borges, en el parecido de "Un sueño realizado" con algunos cuentos y poemas de Borges.

Ya se ve que en ese tiempo yo era mucho más inteligente que ahora, pues al releer el cuento no he sacado conclusiones "literarias"; he pensado solamente en el sueño de la Loca, en el deseo de controlar la escenografía de la propia muerte, en el gesto no sabemos si lúcido o antojadizo de morir en el escenario, como hacen los grandes artistas, pero sin más público que las butacas vacías, los actores secundarios y ese testigo que tarde o temprano aceptará contar la historia.

Al leer a Onetti se da una cierta intimidad, una complicidad enorme. Me gustaba "Un sueño realizado" pero ahora, por motivos distintos, me gusta más. Tal vez en ese relato antes veía literatura y ahora veo sólo un gesto: el gesto de leer, de intentar leer la vida. La conclusión es pobre, pero creo que es necesario manifestarla: Onetti no escribía para hacer literatura, sino para acercarse -y acercarnos- a las preguntas que nadie puede contestar.

ALEJANDRO ZAMBRA ; escritor chileno. Su última novela es La vida privada de los árboles (Anagrama).

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