Virginia Martínez
EL PERIODISMO A VECES no solo es el primer borrador de la historia, sino su mejor versión, dice la contratapa de Diario de Berlín, de William Shirer (Chicago, 1904-Boston,1993). La afirmación, en este caso, es estrictamente cierta. Las páginas que Shirer escribió entre 1934, cuando llegó a Berlín como corresponsal de una agencia de noticias estadounidense, y 1941, en que dejó Alemania, son una imponente crónica del apogeo del nacionalsocialismo y de los primeros años de la Segunda Guerra Mundial.
Shirer fue testigo de la época de oro del nazismo en el poder -la concentración del Partido Nacional Socialista en Nüremberg y los Juegos Olímpicos, entre otros-, y de su imparable avance militar: la anexión de Austria y la cesión de los Sudetes, la ocupación de Danzig, el pacto germano soviético, la invasión de Dinamarca, Noruega, Holanda y Bélgica. Elegido entre doce periodistas extranjeros para acompañar la guerra relámpago de 1940, también estuvo presente en Compiègne, cuando se firmó el armisticio entre Francia y Alemania.
De una excepcional capacidad de observación y reflexión, Shirer registra en el diario todo lo que no puede decir en las cada vez más prudentes emisiones que envía -soportando mil dificultades técnicas y la censura del régimen- a la CBS en Nueva York.
Preludio. Shirer escribe todos los días, en secreto, al cabo de una jornada en la que ha tenido que hacer frente a una doble y agotadora negociación: con los técnicos y funcionarios, las condiciones y horario de la transmisión, y con censores uniformados, el contenido de los despachos. Escribe con pasión; al principio con tímida esperanza y luego con horror ante las sucesivas victorias diplomáticas y militares del Führer y su capacidad para unir a los alemanes tras un horizonte de grandeza conquistada a fuego.
El diario se inicia en enero de 1934, en Lloret de Mar, un pequeño pueblo español donde el periodista ha pasado con Theresa Stiberitz, su mujer, un año de vida libre y sin compromisos. Lee a Céline, Spengler, Trotski, Dos Passos y Shaw. Hace excursiones a la montaña, asiste a las corridas de toros y de tarde en tarde Andrés Segovia llega a su casa para tocar la guitarra.
Shirer aún no tiene 30 años, ha trabajado en París, donde trató a Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Ezra Pound e Isidora Duncan. Conoce bien Europa, Afganistán y la India, donde entrevistó a Gandhi. Al cabo de ese año sabático ("el mejor año, el más feliz que hemos vivido") el dinero se termina y debe volver a trabajar. Regresa a París pero todo lo que encuentra en la ciudad que amó "como se ama a una mujer", es abandono, conformismo y blando acomodo.
Encuentro con Hitler. En una de las primeras entradas del diario, anota: "¡Ojalá pueda conseguir un puesto en Berlín! Es una historia que me encantaría cubrir". En agosto está en Alemania como corresponsal del Universal News Service, de Randolph Hearst. La bohemia nocturna que diez años atrás lo había cautivado, desapareció. En Berlín no se ven más que camisas pardas y negras, y solo resuenan los taconazos y los "Heil Hitler!".
Le encargan cubrir la asamblea del nacionalsocialismo en Nüremberg. La concentración lo introduce de lleno en el espectáculo de la adoración mesiánica del líder: "Como un emperador romano, Hitler entró hoy al atardecer en esta ciudad medieval pasando entre las prietas falanges vitoreantes nazis que llenaban las estrechas calles (…) Decenas de miles de banderas con la esvástica afeaban las maravillas góticas de la plaza, las fachadas de las antiguas casas, los tejados a dos aguas". Le resulta incomprensible que ese hombre de rostro inexpresivo, vestido con una gabardina vieja y que responde a la multitud con "el saludo nazi un tanto desmayado de su brazo derecho", pueda suscitar tanta adhesión.
Volverá a retratar al Führer y a sus laderos. Poco después, en un hotel de Godesberg, a orillas del Rhin, Hitler pasa a su lado. "Bien mirado, era una forma muy curiosa de caminar. Para empezar, era muy femenina. A pasitos menudos. En segundo lugar, cada pocos pasos ladeaba nerviosamente el hombro derecho a la vez que la pierna izquierda sufría como una sacudida. Lo observé detenidamente cuando volvió a pasar por nuestro lado: el mismo tic nervioso. Tenía unas feas ojeras negras. Pienso que el hombre está al borde de una crisis nerviosa". Hitler acababa de reunirse con Chamberlain para negociar la entrega a Alemania de los Sudetes.
En la CBS. Durante tres años trabaja Shirer para la agencia de noticias de Hearst, en un Berlín nazificado, que lo agobia y asquea. Se refugia en su mujer, en la literatura y en el pequeño grupo de amigos extranjeros. Sin embargo cosecha éxitos profesionales, envía primicias a Nueva York, tiene buenos contactos entre los mandamás del gobierno, asiste a la ópera y juega al golf. Hasta que un telegrama le anuncia que perdió el empleo: Hearst cerró el negocio.
Casi enseguida, Edward Murrow, en ese entonces corresponsal en Londres de la cadena radial CBS, lo contrata para trabajar juntos en la cobertura de noticias en Europa. Así nace el periodista radial, el autor de programas que harán historia en Estados Unidos. Es también el comienzo de una estrecha colaboración profesional y una gran amistad con Murrow, que terminará diez años más tarde en enemistad sin retorno.
Pronto, el Shirer lúcido pero mundano, el periodista interesado por la realidad pero que también está obligado a enviar reportajes sobre los clubes nocturnos de las capitales europeas, se convierte en el meticuloso cronista, en el desesperado espectador de la fascinación que despierta el nazismo.
En febrero de 1938 nace su hija. Su mujer está internada y no logra recuperarse de una flebitis, pero Shirer debe partir: Alemania invadió Austria. "Austria está acabada. ¡La hermosa, la trágica, la civilizada Austria! Desaparecida". En el siguiente año solo verá un par de veces a la mujer y a la niña. Remansos breves e intensos que le permiten recuperar el equilibrio personal y la alegría.
El alma alemana. Shirer registra minuciosamente los titulares de los diarios alemanes -las monumentales mentiras del Angriff que dirige Goebbels- y el estado de ánimo de la gente común. "Si la guerra continúa, hay una pregunta que me hago a mí mismo: la de si la masa del pueblo cambiará de opinión acerca del régimen. (…) Aún no he encontrado un solo alemán, ni siquiera entre aquellos que no simpatizan con el régimen, que considere una injusticia la destrucción de Polonia".
Hombres y mujeres de todas las clases se codean frente a las vidrieras, extasiados con los mapas coloreados con puntos rojos que marcan el avance alemán. "Mientras sigan triunfando, y aquí no tengan que apretarse demasiado los cinturones esta guerra no será nunca impopular".
La gente aplaude a los muchachos uniformados que tiran piedras a los negocios de judíos, y hasta el asistente de Shirer, un joven austríaco que se decía antinazi, se suma a los más: "Da la vuelta a la solapa de su chaqueta, suelta la insignia de la esvástica que llevaba escondida y la prende de nuevo en su ojal por el lado derecho".
La vida cotidiana en Berlín se transforma. Apagones, cartas de racionamiento, prohibición de escuchar radios extranjeras. En esas condiciones escribe Shirer, a la luz de las velas, bajo el aullido de las sirenas. "Me veré entonces en la desagradable tesitura de esperar que bombardeen a fondo esta ciudad sin que me den a mí", anota después de la primera alarma de ataque aéreo.
Nuevos pactos. En setiembre de 1939 comienza la guerra. En Gdyinia, puerto del Báltico cerca de Danzig, tiene oportunidad, por primera vez, de ver un combate. En un punto de observación alemán, al lado de oficiales que siguen con prismáticos las acciones del campo de batalla, el periodista se conmueve ante la lucha desigual de polacos contra alemanes: "¡Hombres desesperados y valientes, aquellos polacos!". Los alemanes, en cambio, mantienen la calma. Saben que aplastarán la resistencia. "Su actitud era muy profesional: me recordaba a los entrenadores de equipos que compiten en un campo de fútbol, que se sientan en el banquillo y, serena y confiadamente, esperan que el equipo que han creado actúe como ellos han sabido siempre que se comportaría".
Poco después, Alemania y la URSS acuerdan el reparto de Polonia y se comprometen a trabajar juntos por "la paz en Europa Oriental". Shirer relata los cambios que provoca el pacto germano soviético en la política interna del Reich. Los libros antisoviéticos desaparecen de las librerías, el museo Anti-Comintern, que mostraba a los berlineses las atrocidades de los bolcheviques, cierra sus puertas. También deja de editarse la revista Contra-Comintern. Su director se justifica ante los suscriptores diciendo, palabras más o menos, que los auténticos enemigos de los alemanes no son los comunistas sino los judíos.
Shirer relata una escena surrealista: los corresponsales estadounidenses asisten a la recepción que anualmente ofrece la embajada soviética en conmemoración del aniversario de la Revolución de Octubre. En un lujoso salón, donde todo, salvo el retrato de Lenin, recuerda al zarismo, el mariscal Göring se pasea uniformado, de excelente humor. Se sirve con generosidad lo que ofrece el bufé, toma cerveza y responde amablemente a las preguntas de los periodistas.
Dos meses después del inicio de la guerra, la Unión Soviética invade Finlandia y bombardea Helsinki matando a decenas de civiles: "La política exterior soviética resulta ser a la postre tan `imperialista` como la de los zares. El Kremlin ha traicionado la revolución".
Carrera nocturna. Shirer ausculta el ánimo del berlinés de a pie, de la mayoría que, anestesiada por la propaganda oficial, ha resignado su condición ciudadana. Pero no le basta con retratar la vida cotidiana, también reflexiona sobre las alianzas e intereses políticos en juego y sobre el futuro del mapa europeo.
En sus emisiones intenta contrarrestar la mentira oficial pero casi siempre le devuelven los guiones con prohibiciones y tachaduras. Se las ingenia entonces para colar términos en slang, con la esperanza de que escaparán al inglés británico que manejan los censores, o da una entonación especial a las palabras, seguro que el oyente adivinará la segunda intención.
Tarde en la noche emprende el camino a la emisora en un Berlín a oscuras. Esquiva postes de alumbrado, escalones, gente. Luego de pasar dos o tres controles llega a la estación donde escribe el guión que deberá entregar a la censura: "Si me dejan lo suficiente para que, a pesar de todo, valga la pena emitirlo, como suele pasar, entonces para poder llegar al estudio y al micrófono, debo recorrer a toda velocidad los ventosos pasillos de la Casa de la Radio, bajar un montón de escaleras y salir a un espacio vacío y negro como la boca de un lobo. (…) En el curso de este recorrido, he de pasar por delante de, como mínimo, tres hombres de las SS con cascos de acero a los que no puedo ver en la oscuridad pero que me consta están armados con fusiles automáticos de cañón corto y tienen orden de disparar contra cualquiera que no acate sus órdenes". Contrariado pero victorioso después de haber sorteado tantas vallas, inicia finalmente la comunicación: "Supongo que a mis oyentes, les extrañará oírme jadear a menudo en nuestras charlas", comenta con ironía.
Pero esa no es la única censura, a veces tampoco la peor, que padecen los periodistas. También deben cuidarse de sus patrones, pues a las radios y diarios neoyorkinos no les gusta que expulsen a sus corresponsales.
Despedida y retorno. Los trucos empleados en la transmisión, que funcionaron durante los primeros meses de la guerra, ahora son inútiles. Los dos nuevos censores militares que se encargan de Shirer hablan un inglés tan estadounidense como el suyo. Durante la transmisión, un tercero se le sienta al lado para seguir el programa, subrayando el énfasis, los silencios, la entonación de sus palabras. Y en todas encuentra algo que denota un "sarcasmo improcedente". Además, desde la embajada alemana en Nueva York han enviado informes a Berlín pidiendo que se haga callar al periodista: "Los nazis me la tienen jurada", escribe.
Le prohiben utilizar los términos nazi e invasión; tampoco puede informar de los bombardeos ingleses a Berlín: "Te ves obligado a retransmitir los comunicados oficiales, que son mentiras y que cualquier autómata podría leer. Incluso el más inteligente y honesto de mis censores me pregunta, en confianza, por qué sigo aquí. (…) Con mi profundo e intenso odio hacia lo que representa el nazismo, jamás me ha resultado grato trabajar y vivir aquí. Pero todo eso era secundario mientras tuviese una tarea que hacer".
En diciembre de 1941 deja Berlín. Ha logrado sacar del país la mayoría de las notas que darán cuerpo al Diario de Berlín, que publica en Estados Unidos ese mismo año. Vuelve a Alemania al fin de la guerra para cubrir el juicio a la plana mayor del nazismo en Nüremberg. Producto de esa nueva estadía es Fin del diario de Berlín (1947).
Perseguido bajo el macarthysmo, Shirer no consigue trabajo en la radio ni en la prensa. En esos años, rompe con Murrow porque considera que, como ejecutivo de la CBS, no ha defendido lo suficiente la independencia editorial de su programa. En 1961 publica su obra mayor, Ascenso y caída del Tercer Reich, una historia de la Alemania nazi, trabajo histórico inmenso y referencia para más de una obra cinematográfica, entre ellas, La caída de los dioses, de Visconti. Veinte años después, publica una biografía de Gandhi, también apoyo imprescindible de Richard Attenborough, director del film del mismo nombre. Shirer es, además, autor de tres novelas y de una decena de crónicas, diarios y obras históricas.
DIARIO DE BERLÍN. UN CORRESPONSAL EXTRANJERO EN LA ALEMANIA DE HITLER (1934-1941), de William Shirer, Buenos Aires, Debate, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 527 págs.
Notas de Berlín
EN ALEMANIA es un delito grave escuchar una emisora de radio extranjera. El otro día la madre de un aviador alemán recibió aviso de la Luftwaffe de que su hijo había desaparecido y se lo suponía muerto. Un par de días después, la BBC de Londres, que emite semanalmente una lista de los alemanes prisioneros, anunció que el chico había sido capturado. Al día siguiente recibió ocho cartas de amigos y conocidos diciéndole que habían oído que su hijo estaba bien y era prisionero de los ingleses. A partir de aquí la historia toma un giro desagradable. La madre denunció a los ocho a la policía por escuchar una emisión inglesa, y todos fueron arrestados. Cuando intenté contar esta anécdota en la radio, el censor nazi me tachó el texto basándose en que los oyentes norteamericanos no comprenderían ¡el heroísmo de la mujer al denunciar a sus ocho amigos!
4 de febrero de 1940
(...) Por lo que he observado en Bélgica y en Francia, y por las conversaciones que he mantenido con alemanes y franceses en ambos países y con los prisioneros franceses, belgas y británicos que he encontrado en las carreteras, una cosa me parece bastante clara: Francia no combatió. Si lo hizo, hay escasas pruebas de ello. No es solo mi opinión, sino también la de varios amigos míos que han viajado desde la frontera alemana hasta París, ida y vuelta, siguiendo las principales carreteras. (...)
Los campos de Francia están intactos. No hubo combates serios ni resistencia en ningún frente estable. El ejército alemán avanzó a toda prisa por las carreteras. Pero incluso en estas hay pocos indicios de que los franceses hicieran algo más que hostigar al enemigo, cosa, además, que solo se hizo en las ciudades y pueblos.
Berlín, 27 de junio de 1940