Tres relatos

Misal de la virgen

-Usted nunca tuvo hijos.

-No. Aunque, un día, cuando era chica, surgieron de mí, de mi pelvis, tres lagartos. En cartílago grueso y anillado. Tres.

-Eh.

- Sí. Iban por la hierba. Al parecer tenían ojos, pero no pude saberlo. Se hundieron en el piso.

-Oh.

-No volvieron nunca. En el momento de la parición, salían de mis pechos (del izquierdo y del derecho), una gotita de sangre y una gotita de leche.

-...!

Y ella quedó impasible. Y aunque era completamente blanca, pareció lo que siempre había parecido:

Una princesa india, abajo de su anacahuita.

(de Misales)

10

Dijo: -Vengo de Lhasa y de Altai.

Era de noche y en el humo de la cocina se balanceaban los murciélagos de siempre.

Se quitó el manto estrellado y quedó con ropa de lana negra.

El manto fue al suelo y era de tela tan liviana que se arrolló y se achicó pareciendo sólo un puntito, una luciérnaga.

Miró bien dónde se quedaba ese punto y guardó en la memoria.

-¿Siguen acá?

-Pero, si es la primera vez que nos ve. No vino nunca, no estuvo.

Le explicamos lo que había detrás de la casa.

Quiso ir y fuimos. Pero olvidamos el farol.

A la débil luz de las estrellas estaba el enramado, y abajo cerdos y pavos, granando semidormidos.

Un hombre rígido como una estatua parecía estar cuidando.

Vimos todo casi con luz de fósforo.

Esos animales eran como gruesos pecados. Carnales. Capitales.

Retrocedíamos con un poco de miedo. Pasamos de nuevo el jardín de azucenas. Los pecados quedaron gruesos y movientes.

Dentro de la cocina buscó en el suelo, el manto. Seguía del tamaño de una luciérnaga. Al colocárselo se desenrolló y brilló, grande como una sábana.

Tuvo prisa por irse, ansiedad, como si le fuéramos a cerrar la puerta.

(de Lumínile)

16

Se oye un pío pío en la tarde casi estival, deslumbradora.

Una mujer con pañoletas trae el cesto, y allí, los huevos. Huevos bellos, ánade y codorniz; unos gruesos, celestes; otros, menudos como pimpollos de jazmín.

En el aire hay figuras que casi se alcanzan; nunca se puede.

Pero yo soy sirena. De plantas, de arboledas. Ondulo mi cola oscura, fuerte. Tengo las escamas, blancas y plateadas; el pecho desnudo, crespo el pelo; el sexo es una marca apenas de coral, y echa un perfume específico, humo, gotas de aceite y sangre, y brasitas.

Me rozo el sexo con una vara, lo zarandeo un poco.

Y doy pequeños gritos y pequeños saltos, de pez, de fémina, a ver si los hombres del lugar vienen a mí.

(de Lumínile)

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