Victoria Verlichak
(desde Colomé, Salta)
EL ÚNICO museo en el mundo dedicado exclusivamente al norteamericano James Turrell (Los Ángeles, 1943) está a 2.300 metros sobre el nivel del mar en el Valle Calchaquí, Argentina. Familiarizado con las alturas, el artista es aviador profesional y surcó durante años los cielos, donde aprendió a amar sus transparencias, sus fulgores a la hora del amanecer y alucinantes matices del atardecer. Similares resplandores y coloraciones se multiplican en sus deslumbrantes obras.
Considerado como uno de los más importantes artistas de la luz y del espacio, desde hace 30 años Turrell trabaja en un notable proyecto de Land Art (intervención en la naturaleza) en el Roden Crater, un volcán extinto. Tras descubrir la existencia del cráter en medio de la nada, cuando lo sobrevolaba en avión, compró en Flagstaff (Arizona, Estados Unidos) la tierra que lo incluye. En la boca del cráter el artista ha diseñado y construye -con la inclusión de materiales del lugar, como arena, pizarra, ceniza roja y gris- un complejísimo observatorio astronómico, con túneles, escaleras y plataformas circulares, que espera poder inaugurar en 2012. Situado a 2.400 m. su arquitectura posibilita el juego de incomparables tonalidades de la luz y del paisaje, de perspectivas reales e ilusorias y cielos infinitos. Su altura y clima desértico y hasta los cardones ("saguaros" allí) son similares a los del norte argentino.
El artista, que comenzó su trayectoria en los primeros años 60, y que exhibió en Europa antes de ser reconocido en Nueva York, estuvo en Salta la última semana del pasado mes de abril para inaugurar The James Turrell Museum, que diseñó y dirigió a distancia, con el concurso de sus experimentados asistentes y dedicados constructores del lugar. El museo está instalado en la Bodega y Estancia Colomé del Grupo Hess Family Estates, que solventó el proyecto.
Productor de vinos, el suizo Donald Hess (Berna, 1936) es unos de los coleccionistas más importantes de arte contemporáneo del mundo. Estableció una relación personal con Turrell, tras conocer y adquirir algunas de sus instalaciones que, como los cultivos que realiza el empresario, trabajan con la naturaleza y observan los ritmos, fuerzas y energías del universo, recuperando antiguos saberes.
Aire coloreado. Distante a dos horas de avión desde Buenos Aires y por lo menos cinco por tierra en camioneta, el Museo James Turrell es de barro por fuera y se funde con los viñedos y las maravillosas montañas que lo rodean. Por dentro hay alta tecnología en las 12 salas que albergan nueve instalaciones permanentes, hechas con luz (artificial y natural) como herramienta artística, complementadas con una serie de trabajos en papel, dibujos y grabados, junto a documentación sobre las obras y el artista.
"Mi trabajo tiene que ver con el espacio y la luz que allí habita. Con la manera en la que uno puede confrontar y dilucidar dicho espacio. Con la visión de uno, como el pensamiento silencioso que surge al contemplar el fuego", dijo el artista, feliz, en la inauguración.
Paredes curvas y aberturas al cielo alimentan juegos perceptivos ilusorios en estas obras que representan casi 50 años de trabajo y tienen la capacidad de conmocionar a quien ingresa a las salas. La luz y la sombra, lo concreto y lo etéreo, crean formas intangibles y alteran la apreciación visual y espacial del visitante, generando una conexión entre lo que se percibe y lo que se intuye.
"No tuve otra opción, antes de morir quería ver desplegadas las piezas de Turrell que comencé a comprar en 1989. Estaba cansado de ver esos nueve libros repletos de medidas, instrucciones, esquemas, fotografías, que describen las instalaciones (así se adquieren)", confesó Hess mientras atravesaba los 1.680 m2 del Museo, una zona de experiencia pura en la que la luz genera espacios y suscita un recogimiento vinculado a una regocijante espiritualidad.
El recorrido a través de las obras propone interrogantes acerca de la percepción y la luz, provocando sensaciones y sentimientos. El visitante, mayormente, se sumerge en "aire coloreado" que propicia la introspección. Según las características personales -pertenencia cultural, estado del alma- cada visitante se lleva consigo algo intransferible, que permanece con él al salir al aire libre. A diferencia de las ciudades decoloradas por las luces artificiales, en Colomé tanto la madrugada como la noche están encendidas por un mar de estrellas, y a veces por la luna que, como el sol del mediodía, centellean con inusual intensidad.
El diseño de las salas, de aparente sencillez pero de compleja realización -"lo inmaterial lleva muchos materiales", apunta el artista- trasplanta al observador a un mosaico de fragmentos e intensidades luminosas. Esos elementos necesitan de un paseante que deambule morosamente por los espacios arquitectónicos oscuros hasta "abrir los ojos", y por los resplandecientes hasta sentir las vibraciones, el hecho físico de la luz.
Turrell, que ama la luz, sostiene que como cuáquero -religión que expresa una "presentación franca y estricta de lo sublime"- ha podido crear una obra inmaterial que estimula la contemplación silenciosa y lenta. Potencia una suerte de "slow art", en oposición al arte rápido, ese que muchas personas miran (sin ver) sin detenerse.
Entre los trabajos exhibidos se encuentran los que Hess adquirió especialmente para el museo: Spread 2003, un ambiente de 370 m2, con un piso con leves ondulaciones, absolutamente inundado de luz azul en el que se ingresa descalzo y se cree viajar al infinito, y Unseen Blue 2002, un mirador abierto al cielo -emplazado en un patio interno a la romana, envuelto en columnas, con asientos (¡con calefacción!)- desde donde observar sus emocionantes cambios inducidos por el paso de las horas y las luces artificiales que lo pintan como un cuadro, muchos cuadros, al infinito.
City of Ahirit, una ciudad de luz cósmica, es otra extraordinaria instalación organizada en cuatro ambientes que se suceden. Deben ser atravesados por el visitante, que ingresa al primer espacio rojo sangre, creyendo flotar hacia el próximo ámbito coloreado de verde y luego se desliza hacia el violeta, para después entrar a una nube azul.
Alta Green y Penumbra se encuentran entre las proyecciones más luminosas, en contraposición a piezas como Slant Range, una de las más oscuras. En ella lo negro se abre paso parsimoniosamente hacia cierta luminosidad, seduciendo al espectador con la promesa de lo inesperado, que ciertamente acontece si la paciencia y una actitud meditativa lo acompañan.
Uno entre cuatro. Las 22 piezas de The Museum James Turrell pertenecen a The Hess Art Collection, que condensa más de cinco décadas, especialmente desde el expresionismo abstracto hasta las prácticas actuales, incluyendo una pintura de Francis Bacon que integró la reciente muestra organizada por Tate Britain y Metropolitan Museum of Art (Nueva York), con la colaboración del Museo del Prado (Madrid). Hess posee más de 1.000 obras de 65 artistas en cuatro museos -además del de Turrell, uno en Napa (California), Paarl (Sudáfrica), uno en construcción en Barrosa Valley (Australia)- en otras tantas de sus seis bodegas. Entre los artistas incluidos -todos con más de una obra- se encuentran Anselm Kiefer, Magdalena Abakanowicz, Georg Baselitz, Gilbert & George, Franz Gertsch, Andy Goldsworthy, Deryck Healey, Lynn Hershman, Leopoldo Maler, Robert Motherwell, Yue Minjun, Shigeo Toya, Robert Rauschenberg, Gerhard Richter, Frank Stella y Ouattara Watts, entre otros.
El museo dedicado a Turrell está abierto al público todo el año en Colomé, Ruta Provincial 53, km. 20, Molinos 4419, Provincia de Salta. Hess levantó un hotel boutique rural para los visitantes que vienen de lejos (y de holgados medios) a ese lugar tan bello como remoto. Allí, las artes visuales se conjugan con el arte del buen vino, en amistoso diálogo con la imponente naturaleza preexistente, sustentando la cultura del trabajo "a largo plazo", como el que desarrolla en la cercana finca El Arenal, en Altura Máxima, donde están los viñedos más altos del mundo.