Un fronterizo

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Álvaro Ojeda

CUANDO Orhan Pamuk obtuvo en 2006 el Premio Nobel de Literatura sus libros se atropellaron unos contra otros en las librerías. Se sabía que era turco, que había nacido en Estambul en 1952 y que tenía problemas con la justicia de su país por desdibujadas cuestiones nacionalistas. Este libro funciona como un remanso necesario, pasado el apuro editorial, para saber quién es el autor premiado. Y el "quién" es esencial en Pamuk porque su mejor prosa siempre lo incluye como observador, participante y narrador. El volumen, dividido caprichosamente en seis partes -más un apéndice que contiene un reportaje y un relato- revela a un notable prosista y a un crítico literario previsible, algo anacrónico y bastante celoso de su éxito. No parece existir literatura turca moderna a excepción del propio Pamuk. Los autores nombrados, o son antiguos y canónicos o no son turcos. Por momentos las autorreferencias agobian. En el prólogo afirma: "Este es un libro hecho de ideas, imágenes y fragmentos de vida que todavía no han encontrado su camino en ninguna de mis novelas". Más adelante señala de forma algo contradictoria la pretensión de escribir epifanías, viendo el mundo desde las palabras, sin intención específica de narrarlo. No obstante, el libro se abre y se cierra con dos conmovedoras narraciones sobre el padre de Pamuk, utilizando una voz a la vez adulta e infantil en perfecta simbiosis. Sin embargo, en el transcurso de la lectura se puede perder la huella y la paciencia porque hay de todo. Dibujos de su pequeña hija vestida para ir a la escuela, descripciones de la omnipresente ciudad de Estambul vista desde esa extraña atalaya que es la casa en donde Pamuk vivió desde niño, confesiones de un lector algo desmañado y caprichoso, vivencias demasiado morosas del terremoto de 1999 y un largo, larguísimo etcétera. Por eso resulta apropiado olvidar los consejos y opiniones del propio Pamuk y dejarse llevar por su exuberante narrativa, incluso en los pasajes en que intenta negarla.

En 1985 el escritor y su esposa visitaron Nueva York. Provienen de una ciudad que también ha sido la capital de un imperio. Él mismo se siente un escritor occidental. Admirador de Tolstói, de Flaubert, de Dostoievski, de Woolf, de Nabokov. Así de exigua y exacta es la lista. No obstante Pamuk es un fronterizo. Su padre era ingeniero y había traducido al poeta francés Paul Valéry, mientras su familia conservaba las costumbres otomanas.

Llegado a Nueva York, Pamuk reconoce en la ciudad que admira una cultura que no le resulta hostil. En cierto momento, el aroma que proviene de una pastelería lo incita a comprar unos bollos que lucen espléndidos porque huelen espléndidamente. Cuando en casa de los amigos que lo alojan intenta recuperar ese aroma, se siente defraudado. Los bollos no sólo no poseen aquel aroma embriagante, carecen de todo olor. Los amigos le cuentan que suelen colocarse en los estacionamientos de las pastelerías, ventiladores que distribuyen aromas artificiales para incentivar las ventas. Pamuk escribe: "A menudo sientes que la vida en Nueva York se impregna de esa divertida sensación de insipidez hasta que te acostumbras y la asumes. ¿Está hecha la hamburguesa que tengo en la mano de carne picada o de soja? ¿Son de plástico los claveles de las macetas de mármol que riegan ostentosos aspersores? ¿Es la máquina fotográfica que anuncia el periódico increíblemente barata la que quiero comprarme?" .

Estas reflexiones parecen ratificar ciertas indecisiones de un autor oscilante entre la Constantinopla greco-romana y la Estambul turca. Como si debiera establecerse en una u otra orilla del estrecho del Bósforo. Como si purgara alguna culpa antinacional.

Pamuk escribe al enterarse de la muerte de su padre estas palabras: "la muerte de cada hombre empieza con la de su padre". Ese es el narrador deseado. Y es poderoso y universal.

OTROS COLORES, de Orhan Pamuk. Mondadori, Barcelona, 2009. Distribuye Random House Mondadori. 480 págs.

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