Hugo Fontana
GUILLERMO CABRERA Infante nació en 1929 en una pequeña localidad de la provincia de Oriente, Cuba, y murió en Londres en 2005. A mediados de los 50, habiéndose trasladado con su familia a La Habana, comenzó a escribir críticas de cine en la emblemática revista Carteles bajo el seudónimo de G. Caín. En 1959, triunfantes las tropas castristas, adhiere al nuevo gobierno, funda el suplemento literario Lunes de Revolución, conoce a su segunda esposa, la actriz Miriam Gómez, y en 1962 parte hacia Bélgica como agregado cultural. Pero a diferencia de su relación con Miriam, quien lo acompañó hasta el último día de su vida, el romance con Fidel se hizo añicos velozmente y desde 1965 Cabrera se radicó en Inglaterra. Para ese entonces ya había publicado sus dos primeros libros: el volumen de cuentos Así en la paz como en la guerra (1960) y la novela Tres tristes tigres (1964), a raíz de la cual sería expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y ubicado de inmediato -aunque con sus bemoles de incorrección política- como uno de los integrantes más visibles de la generación del boom latinoamericano.
Desde Londres fue engrosando su obra con títulos como Vista del amanecer en el Trópico (1974), La Habana para un infante difunto (1979), Delito por bailar el chachachá (1995) y algunas recopilaciones de artículos, ensayos y viejas reseñas cinematográficas, como Un oficio del siglo XX, Mea Cuba (1992) o Puro humo (2000). Con algunos altibajos, Cabrera Infante fue un escritor brillante y un individuo que investigó todas las posibilidades del idioma castellano: divertido, nostálgico, audaz, desenfadado, hizo de la palabra un instrumento lúdico y reflexivo, y del lenguaje un arma satírica pero también impía. El escenario preferido de casi toda su obra fue La Habana de fines de los 50; su música de fondo, el bolero y las olas del mar golpeando contra el malecón.
Pero Miriam tuvo la mala fortuna de encontrar tres novelas inéditas entre los papeles que dejó su marido y, a paso seguido, la peor idea de editarlas sabiendo que él no las había corregido: Cuerpos divinos, Mapa dibujado por un espía y La ninfa inconstante. Esta última es la primera en publicarse, y resulta casi un agravio a su autor. Si bien la atmósfera del libro pertenece indefectiblemente al mundo de Cabrera Infante (La Habana, verano de 1957, Clark Gable, y Pedro Vargas), una anécdota menor (crítico de cine conoce a niña-mujer de 16 años, y abandona a su esposa por ella), intenta transformarse en el esqueleto de una escritura mayor, pero descontrolada y sin rumbo. Es así que las páginas se suceden en un interminable y tedioso juego de palabras, diálogos superfluos, intertextualidad, retruécanos, paronomasias, aliteraciones, latinismos y anglicismos, que seguramente de haber sido revisados hubieran disminuido o sencillamente desaparecido.
"Todo autor perecerá" se transforma en "Quel auto es una pecera"; cualquier frase puede ser tan larga, torpe y falsamente ingeniosa como: "Debe ser el amor porque el sexo da hambre al hombre, pero el seso quita el hambre y la sed y la sede del amor es el cerebro", o refiriéndose a los brazos de una mujer: "En la axila de uno tenía un valle y en la otra un inclán. Un perfecto Valle Inclán debajo de los brazos", o, de pie frente a un espejo y tras rememorar "falsas orquídeas, que almacenaban agua. Alma cenaban. Me miré en la luna del espejo y me vi. Era otro. Pero ¿había cambiado? El alma estaba en el espejo. Reflexioné en un reflejo. Nos cruzamos esa mirada roja de que habla Guidemo Passant. Guy de Maupassant. Guillermo que pasa...".
Una verdadera pena. Y faltan dos.
LA NINFA INCONSTANTE, de Guillermo Cabrera Infante, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, México, 2008. Distribuye Random House Mondadori, 283 págs.