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Virginia Martínez
TRAS LA MUERTE de Stalin se inició en la Unión Soviética un período conocido como deshielo o desestalinización, caracterizado por una relativa apertura cultural seguida de retracciones que remontaban el país a la era glaciar. En febrero de 1956, en la última sesión del XX Congreso del Partido Comunista, un silencioso auditorio oyó el informe del secretario general Nikita Jrushov denunciando los crímenes cometidos por el Estado, atribuidos, sin excepción, al difunto dictador. El Partido censuró el culto a la personalidad de Stalin y rehabilitó a prisioneros, proscriptos y olvidados.
Los condenados comenzaron a volver de los campos, abrumados por las horribles experiencias del cautiverio. De ellas nacieron Un día en la vida de Ivan Denisovich, de Solzhenitsyn, Bajo el cielo de Kolyma, de Evguenia Guinzburg, y los conmovedores Relatos de Kolyma, de Varlam Shalamov. Pero todavía pasarían muchos años antes de que sus testimonios pudieran publicarse en la Unión Soviética. La descripción austera, casi distante -como la de Primo Levi- que Shalamov hace de la vida en Kolyma permite asomarse al abismo del gulag y cuesta reponerse del impacto que provoca su lectura. Dice Shalamov: "Hoy no querría regresar con los míos. En casa nunca me entenderían, no me podrán entender. Lo que a ellos les parece importante yo sé que es una tontería. Y lo que es importante para mí, lo poco que me queda de importante, ellos no podrían entenderlo ni sentirlo. Además les traeré nuevos miedos, un miedo más, sumado a los miles de miedos que inundan sus vidas. Lo que yo he visto, un hombre no lo ha de ver, ni siquiera lo ha de conocer".
Enterarse de que el Estado había asesinado y confinado a miles, fraguando pruebas o con confesiones arrancadas por la tortura, fue un golpe para los soviéticos que habían creído sinceramente en las razones del Partido. No eran ciertos los complots, las conspiraciones y sabotajes descubiertos por los "órganos", como se les decía. Muchos intelectuales y artistas se sintieron avergonzados por los crímenes, y cómplices por haber callado. La perplejidad y la vergüenza ambientaron el surgimiento de una nueva sensibilidad marcada por la voluntad de dar testimonio, y por un rechazo al dogmatismo.
EL CASO PASTERNAK. La peripecia de Boris Pasternak con El doctor Zhivago hizo visibles los límites del deshielo y reveló que en el post-estalinismo el pasado reciente seguía siendo tabú. El caso tuvo además otra consecuencia: decidió a muchos escritores a abandonar la intención de ser publicados por las editoriales estatales y a buscar la forma de expresarse al margen de ellas.
En Senior Service (Tusquets, 2001), magnífica biografía del editor italiano Giangiacomo Feltrinelli escrita por su hijo Carlo, puede leerse el relato de la accidentada historia de la publicación de la obra de Pasternak. Cuando Feltrinelli supo que el manuscrito de El doctor Zhivago dormía en Moscú sin esperanza de ser conocido, le hizo llegar al autor un mensaje ofreciéndose a traducirlo y publicarlo en Europa.
En agosto de 1956 el ministro de Relaciones Exteriores de la URSS calificó la obra de "feroz libelo" e inició gestiones con partidos comunistas europeos para impedir que se publicara. El gobierno soviético llegó incluso a pedirle a Feltrinelli que devolviera el texto. Lejos de ello, el editor puso el original a resguardo y aceleró la traducción. Entonces el Partido Comunista empezó a trabajar sobre Pasternak. Entre promesas y amenazas, la Unión de Escritores logró convencerlo de que él mismo le pidiera a Feltrinelli que abandonara la idea. A cambio le ofrecieron publicar la novela en la Unión Soviética, siempre y cuando la sometiera a convenientes modificaciones.
Se inició así una doble correspondencia entre autor y editor. En la oficial, un educado y obediente Pasternak reclama la postergación del proyecto. En la otra, privada, y que llega a Feltrinelli por manos amigas, le pide que no se desvíe un paso de los planes acordados: "Los problemas y las desventuras que posiblemente me esperan en el caso de que sólo sea publicada en el extranjero es algo que no debe afectarnos ni a usted ni a mí. Lo que me urge es que la obra vea al menos la luz", escribe Pasternak.
En agosto de 1957, la Unión de Escritores lo convocó para informarle, ahora directamente, que lo detendrían si no revocaba el contrato con el editor italiano. En la oficina donde Pasternak compareció, los funcionarios de la Unión le dictaron el texto del telegrama que debía enviarle. Seguro de que la publicación era un hecho irreversible, Pasternak aceptó hacer los deberes. Dos días después volvió a comunicarse con Feltrinelli: "Qué feliz me hace que ni usted ni Gallimard, ni Collins se hayan dejado engañar por esos requerimientos idiotas y brutales acompañados de mis firmas, firmas prácticamente falsas desde el momento que me fueron arrancadas utilizando el engaño y la violencia". En noviembre, finalmente, El doctor Zhivago se publicó en Italia.
En 1958, Pasternak ganó el Premio Nobel de Literatura. La reacción en Moscú fue inmediata: lo expulsaron de la Unión de Escritores y le advirtieron que pagaría la aceptación del premio con la pérdida de la ciudadanía y el confinamiento. El corresponsal de la televisión alemana en Moscú, Gerd Ruge, relató en sus memorias el clima de linchamiento que vivió el autor: manifestaciones frente a su casa en Peredelkino, y cartas de repudio en la prensa. En una asamblea, en la que estaba presente Jrushov, el jefe del Komsomol, organización de la juventud comunista, pidió que se expulsara del país al "cerdo que caga en su propio comedero". Agobiado, Pasternak pensó seriamente en el suicidio. Terminó por mandar un telegrama a la Academia sueca rechazando el premio. Murió dos años después.
Arte fantasmagórico. La década del sesenta vio nacer la figura del disidente, opositor de nuevo tipo, que tuvo gran repercusión en la opinión pública occidental y se convirtió en la piedra en el zapato de los dirigentes soviéticos. El disidente no participaba de los círculos oficiales; no tenía partido ni programa político; tampoco se proponía derribar al régimen. Reclamaba libertad de expresión y respeto a los derechos humanos; hacía circular textos políticos y literarios en forma clandestina y, sobre todo, buscaba comunicarse con el extranjero.
Esa forma de resistencia, que llegó a constituir una contracultura, encontró expresión en las llamadas samizdat, ediciones clandestinas, manuscritas o dactilografiadas, que permitían divulgar libros prohibidos. Quien recibía una obra, antes de pasarla al siguiente lector, intentaba asegurar su reproducción haciendo una nueva copia. A través del samizdat, muchos jóvenes leyeron por primera vez la poesía de Marina Tsvetáieva y Anna Ajmátova; los testimonios de Solzhenitsyn y Shalamov; las novelas de Bulgákov y la obra de otros proscriptos.
Algunos escritores elegían enviar sus manuscritos al extranjero para que se publicaran con seudónimo. Es el caso de Andrei Siniavski y Yuli Daniel, juzgados y condenados en marzo de 1966. Nacidos luego de la revolución, ambos se habían educado bajo el estalinismo. Representantes de una generación que rechazaba el realismo socialista y el marxismo no eran, sin embargo, antisoviéticos ni anticomunistas. Creían-como declaró Siniavski- en un comunismo no marxista y en una sociedad libre e igualitaria.
Andrei Siniavski era conocido y estimado como crítico literario, especialista en la obra de Pasternak. En 1959 había publicado en el extranjero, bajo el nombre de Abram Tertz, un estudio sobre el realismo socialista. En él criticaba con fino humor la doctrina oficial de la literatura soviética, plagada de "héroes positivos". Dice Siniavski: "Los personajes se atormentan casi a lo Dostoievski, se entristecen casi a lo Chéjov, arreglan su vida familiar casi a lo Tolstói, y sin embargo compiten lanzándose unos a otros los lugares más comunes de la prensa soviética: `¡Larga vida a la paz en todo el mundo!` y `¡Abajo con los traficantes de guerras!`. Eso no es ni clasicismo ni realismo. Es un semi-clásico semi-arte perteneciente a un semi-realismo no demasiado socialista".
Los temas y el tono de su obra reflejan la nueva sensibilidad nacida en oposición a la cultura oficial. Inconformistas y escépticos, los escritores no oficiales crearon -al decir de Siniavski- un arte fantasmagórico en el que el grotesco desplazó al realismo; un arte de hipótesis en lugar de uno de propósito.
Basta repasar algunas de las obras de Siniavski para apreciar la magnitud de su herejía literaria y política. En Liubimov, nombre de un imaginario pueblo de provincia, crea un personaje dotado de poderes sobrenaturales. Lenia Tijomirov es un pobre mecánico de bicicletas, un pícaro que se las ingenia para imponer su voluntad al prójimo. Durante la fiesta del Primero de Mayo, Tijomirov logra expulsar del pueblo a las autoridades y se proclama gobernador. Cubre la villa de una suerte de manto que la hace invisible al mundo y se gana el favor de los pobladores haciéndoles creer que ya gozan de la siempre prometida prosperidad: sus pobres alimentos son manjares y el agua que beben tiene sabor a champagne. Todos están convencidos de la ilusión, salvo los perros, únicos seres lúcidos que resisten el engaño.
El cuento "Aquí habla Moscú", de Daniel no se queda atrás. En él relata la reacción de los soviéticos ante el anuncio del Presidium del Soviet Supremo, trasmitido por Radio Moscú, que decreta el 10 de agosto de 1960, Día del Asesinato Público: entre las 6 de la mañana y la medianoche todos los ciudadanos mayores de 16 años tendrán derecho a matar a un ciudadano, con excepción de policías, soldados y otras categorías que el comunicado registra minuciosamente. La respuesta apática y perezosa de la ciudadanía -como ocurre siempre que el gobierno convoca a una campaña colectiva- merecerá reflexiones de balance y perspectivas que se expresan en sesudos editoriales de Izvestia y en circulares del Comité Central.
Renegados. A la KGB le llevó unos cuántos años descubrir quiénes eran Tertz y Nikolai Aryak, seudónimo que usaba Daniel para publicar en el extranjero. Cuando por fin lo lograron, los detuvieron y se inició el juicio, el primero del post-estalinismo contra disidentes. Aunque el proceso era público no se permitió entrar a la prensa y se eligió con lupa a quienes podrían presenciar las audiencias. El juicio duró cuatro días y fue alentado desde Izvestia y Pravda con durísimos artículos que trataban a los escritores de "agentes del imperialismo", "cobardes", "moralmente depravados" y pedían que el tribunal no se dejara tentar por la clemencia.
El juicio desató una campaña internacional de solidaridad con los acusados. La condena interpeló a intelectuales de izquierda latinoamericanos sobre la libertad de creación bajo el socialismo. En el artículo "Una nueva política cultural en Cuba", Ángel Rama da cuenta de que, junto a otros escritores, discutió el caso con Fidel Castro. Mario Vargas Llosa, por ese entonces amigo de la Revolución Cubana y de la Unión Soviética, también se expresó, en un artículo de protesta y reflexión publicado en el primer número de la revista Mundo Nuevo, de Emir Rodríguez Monegal.
Si los relatos de Siniavski y de Daniel están teñidos de surrealismo, igual impresión deja la lectura de las actas del juicio que los condenó por renegados y antisoviéticos. Las intervenciones del juez, del fiscal y de los testigos que declaran contra ellos son tan absurdas que bien podrían haber inspirado cualquiera de los relatos de los acusados. El juez confunde el concepto de "sociedad teleológica" -la que persigue un fin- con el de "sociedad teológica" -la que se organiza en torno a la religión-, y es incapaz de separar la opinión de los narradores de la voz de sus personajes. No menos absurdo es que una crítica literaria, presentada como testigo por el fiscal, se empeñara en demostrar "científicamente" que aquellos relatos minaban la estabilidad del régimen socialista.
Finalmente Siniavski fue sentenciado a siete años de trabajo en una "colonia de reeducación". Daniel recibió una condena apenas menor, de cinco años. Max Hayward -traductor al inglés de la obra de Ajmátova, Maiakovski, Pasternak, Mandelstam y Babel, entre otros- publicó las actas del juicio (Proceso a los escritores, Editorial Americana, 1967). En ellas destaca: "Por primera vez en la historia de la Unión Soviética se procesaba a dos escritores por lo que habían escrito. En el pasado muchos autores soviéticos fueron encarcelados, desterrados, ejecutados o silenciados, pero nunca mediante un juicio en el que la principal evidencia contra ellos fuera su obra literaria".
Escribir para el cajón. A diferencia de aquellos que hacían circular su obra como samizdat o la enviaban al extranjero, otros, en cambio, escribían para el cajón. La expresión alude a quien escribía sin intención ni esperanza de ser publicado ni de dar a conocer su trabajo. Escribir para el cajón era, sencillamente, escribir por amor a la literatura. La vida y la obra de Leonid Tsipkin son ejemplo de esa categoría artística y moral. Susan Sontag recoge su epopeya personal y literaria en la colección de ensayos y conferencias Al mismo tiempo (Mondadori, 2007).
La historia de Tsipkin está llena de persecuciones y muerte. El padre fue detenido durante las purgas estalinistas; sus dos hermanos desaparecieron en la misma época. La madre y la hermana mayor murieron, asesinadas por los nazis, en el gueto de Minsk.
Médico e investigador, Tsipkin no fue un escritor profesional ni hizo el intento de publicar su trabajo. Y cuando decidió mostrar a alguien sus poemas, el elegido -Siniavski- fue arrestado pocos días antes del encuentro. Tsipkin tampoco buscaba contacto con grupos alternativos por temor a las represalias de la KGB. Pasó la mayor parte de su vida encerrado en un laboratorio, entre microscopios y cultivos celulares. Casi nadie, salvo su mujer y su hijo, conocían los textos que escribía todas las noches, al volver del trabajo.
Su obra mayor es Verano en Baden Baden. La novela, editada en español por Seix Barral, relata un doble viaje, el del autor por la Leningrado de posguerra y el que emprende Dostoievski junto a su mujer desde Dresde a San Peterburgo. Según Sontag, la novela es "un curso acelerado de los grandes temas de la literatura rusa".
En 1977 el hijo y la nuera de Tsipkin lograron autorización para emigrar a Estados Unidos. El escritor pagó las consecuencias: lo degradaron al rango de investigador secundario, a pesar de que tenía dos doctorados, y le redujeron el sueldo. Siguió asistiendo todos los días al Instituto de Poliomielitis pero sufrió el vacío de sus colegas: nadie quería trabajar con él. Fue en esos difíciles años que empezó a escribir Verano en Baden Baden y logró sacar el manuscrito al exterior con un periodista amigo.
En 1979 Tsipkin pidió visa para salir del país. Recién en marzo de 1982 tuvo respuesta: las autoridades le informaron que nunca le permitirían emigrar. Días después lo despidieron del Instituto. El 15 de marzo, su hijo, que estudiaba en Harvard, lo llamó para anunciarle que la obra había empezado a publicarse por entregas en una revista de emigrados rusos en Nueva York. Cinco días después, Tsipkin murió de un infarto al corazón mientras trabajaba en la traducción de un texto médico. La novela, que el autor nunca vio publicada en vida, ha sido traducida a catorce idiomas.
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