Andrea Blanqué
EN DECLARACIONES a la prensa, Rosa Montero recordó una definición de Isaiah Berlin: "los novelistas se pueden dividir entre los escritores erizos, que son aquellos que se enroscan sobre sí mismos y siempre escriben la misma obra, y los escritores zorros, que son los que van en perpetuo camino hacia no se sabe bien dónde". Y concluyó: "Yo me considero una raposa (zorra) completa, desde la cola al hocico".
Si se recorren las varias novelas de Rosa Montero, desde su intimista primera novela, que conmovió profundamente a la España post-Franco (Crónica del desamor, 1979), hasta la penúltima, ambientada en la Edad Media (Historia del Rey Transparente, 2005), se percibe que la exitosa autora española busca y rebusca por los caminos de la literatura.
No obstante, hay ciertas constantes que le imprimen el sello Montero a todo lo que escribe: su estilo ágil, que hace fluir la lectura; su humor y tremendismo, que permite que las cosas más terribles sean leídas con una sonrisa en los labios; su precupación por el futuro, que la llevó a escribir dos novelas ambientadas dentro de unas pocas décadas (La función Delta, 1981) y dentro de cientos y cientos de años, con tono de fantasía heroica (Temblor, 1990); su ira ante la inmoralidad, que la hizo retratar el siniestro mundo de la publicidad y de sus egocéntricos creativos (Amado amo, 1988) y, sobre todo, su predilección por los ambientes sórdidos y marginales que le dan a varias de sus obras un toque de novela negra, en Te trataré como una reina, Bella y oscura, La hija del caníbal y El corazón del Tártaro.
La lectura de la última novela de Montero, Instrucciones para salvar el mundo, tiene mucho de todo esto. Así que la autopercepción de la escritora que se ve a sí misma como un escritor-zorro, que va buscando caminos hacia no se sabe bien dónde, quizás no es la misma que la de un lector que ha recorrido su obra. Tal vez la escritora española esté más cerca del escritor-erizo de Isaiah Berlin de lo que ella cree.
Esta nueva novela se ambienta en un Madrid reconocible y contemporáneo, un Madrid lleno de emigrantes que contrasta con aquel de la primera novela de Rosa (Crónica del desamor), donde en la pintura de una sociedad lo español era absoluto. Treinta años después, la atenta Rosa Montero sabe registrar en su obra la odisea de la prostituta Fatma, una chica africana, bellísima y violada cientos de veces en su Sierra Leona natal por los guerrilleros; de Luzbella, una colombiana que hace honor a su nombre; y un marroquí, Rashid, lleno de temor, fundado o infundado. El lector decidirá.
Pero los verdaderos protagonistas de la historia son dos hombres españoles. Uno es un taxista viudo -otro personaje "pan de Dios"- que ha perdido a su mujer en manos de la ineficiencia de los médicos y que parece sufrir hasta el infinito. Enfrentado a este personaje que sabe amar, está el otro personaje vencido, no por el sufrimiento, sino por la desidia, por el fracaso y por el desamor. Se trata de un médico de un hospital público de Madrid que hace quince años no toca un libro de medicina, trata a los pacientes como a perros, y que en lugar de investigar un dolor tal vez originado en un cáncer envía al paciente a su casa con aspirinas. Las historias de ambos hombres devastados por la soledad (uno a causa de la muerte, otro a causa de su desastrosa vida) se narran alternadamente hasta que en un momento se cruzan.
Es el momento en que surge la posibilidad de la moral -sí, la moral-, en un mundo siniestro, un mundo de prostíbulos, adictivos juegos virtuales, mercado sexual sadomasoquista, bandas de jóvenes casi neonazis y viejas alcohólicas que viven solas. Rosa Montero cree que aún en el caos y en la negrura, la vida -la imprevisible vida- da una oportunidad a la ética. De eso trata Instrucciones para salvar el mundo, aunque el título sea una broma y se ría de las utopías, que ya no existen.
INSTRUCCIONES PARA SALVAR EL MUNDO, de Rosa Montero, Alfaguara, Buenos Aires, 2008. Distribuye Santillana, 312 págs.