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Cuatro novelas de Joseph Conrad
El misterioso capitán Marlow

Carlos María Domínguez

VARIAS HISTORIAS de Joseph Conrad tuvieron por narrador a Charles Marlow, marino británico con un notorio sentido de la piedad y del deber, a quien el propio autor describió como "un daemon susurrante". Esas novelas, Juventud, El corazón de las tinieblas, Lord Jim y Azar, fueron reunidas en un solo y grueso volumen. Las dos primeras tienen a Marlow por protagonista, de su primer viaje a Oriente, de su aventura en África; y las dos restantes, por confesor, del inconsolable Jim y de la ultrajada Flora de Barral.

Los críticos han señalado que no se trata, en rigor, de un personaje, aunque Virginia Woolf insistió en considerarlo como tal. Unos prefirieron ver una máscara, el "personificador" de un plan literario, y a todos Conrad contestó con la confidencia de un vínculo fortuito, "como ocurre con esas relaciones de balneario que a veces maduran en amistad". No hay razones para no creerle, incluso cuando afirma: "Entretiene mis horas de soledad cuando, en silencio, él y yo nos devanamos los sesos con gran confort y armonía. Luego, en el momento en que, al final de un relato, nos separamos, nunca estoy seguro de si habrá sido la última vez".

Si la irrupción de Marlow en la literatura fue azarosa, no fue inocua. Modificó la posición del narrador en la novela cuando los grandes relatos decimonónicos parecían agotar los recursos de la tercera persona y su ilusión omnisciente. Su efecto fue evidente en la obra de William Faulkner y en la de Juan Carlos Onetti, entre muchos escritores que adelantaron sus pasos por la puerta abierta de los testigos, la alternancia de la tercera y la primera persona del singular, y la duplicación de esta última en un juego de cajas chinas. ¡Absalón Absalón! y los relatos del médico Díaz Grey en Santa María son deudores de aquel vínculo de balneario.

Es posible que siendo polaco, Conrad enfatizara con el protagonismo de Marlow la pertenencia a una tradición británica de hombres de mar, pero la conjetura es indemostrable. Acaso fue también una forma de abrir la distancia necesaria para narrar experiencias personales, puesto que Juventud y El corazón de las tinieblas relatan episodios en los que participó, y conoció en Oriente a un marino de la traza de Jim. Pero sea cual sea el origen y su necesidad, más interesante que las señas de Marlow entre los personajes de la literatura -los hay más grandes, nítidos y realizados- fue lo que significó para los escritores.

Marlow le permitió a Conrad sumar a la novela la tensión y, en ocasiones, el pulso dramático de la voz del narrador. Con o sin plan, introdujo una segunda "primera persona" en el relato, sin abandonar la ilusión de realidad ni el dilatado tempo de las descripciones de paisaje y carácter de sus personajes. En Juventud, un testigo describe a Marlow sentado a una mesa, alrededor de una botella de vino clarete con otros marinos, hasta que sin mayor presentación, toma la palabra y cuenta la historia del Judea, un barco que debía llevar seiscientas toneladas de carbón de Londres a Bangkok, y quedó convertido en una metáfora del coraje irrecuperable de la juventud. El corazón de las tinieblas se inicia con una situación similar. En un velero fondeado en el Támesis, varios marinos demoran una partida de dominó, los alcanza el crepúsculo y sentado a popa, Marlow comienza a contar su extraño viaje al Congo Belga. Ambos relatos se prolongan hasta el final, con breves regresos a la situación inicial, y mientras avanzan, es inocultable la emoción, la contrariedad y el tormento del narrador al recordar los hechos, al extremo que en El corazón… la evocación se disloca por la dificultad de Marlow en comprender lo que ha vivido y transmitirlo. En Juventud el sentido de la historia es claro y epifánico. En El corazón…, es oscuro y demoledor, pero las dos nouvelles encuentran en la voz del marino un contrapunto que duplica su intensidad.

El innominado testigo del relato de Marlow en ambos textos no ocupa más que las primeras páginas. Conrad ha echado mano a las típicas situaciones de los muelles, cuando los marinos ociosos cuentan historias que luego merecen ser repetidas en cualquier latitud. Azar se inicia, sin embargo, en plena acción, con la voz de un joven empleado de Marlow, mientras acompaña a su patrón a una taberna portuaria, donde conversarán con un capitán a propósito de otras personas, pero en Lord Jim Conrad asume una tercera persona omnisciente para describir al personaje y la tragedia moral del Patna -el buque cargado de musulmanes que Jim abandonó con los demás oficiales cuando parecía a punto de hundirse-, hasta el momento en que enfrenta un tribunal. Es sobre el final del cuarto capítulo cuando Marlow aparece entre los asistentes al juicio y a partir de entonces completa y lleva la historia por los cuarenta y un capítulos siguientes bajo la forma de un relato oral. El pase es sutil y prodigioso como un truco de magia. Algunos críticos literarios le reclamaron la extensión de su parlamento, por imposible, pero Conrad justificó la existencia de individuos capaces de pasar la noche en vela con tal de contar una buena historia, y comparó el soliloquio de Marlow con los interminables discursos de los políticos. Apeló al humor porque solo una torpe comprensión literaria podía esgrimir un reproche que desecharía el teatro de Shakespeare por falsear con retóricas y divertimentos los diálogos de la corte en los tiempos de Enrique IV. Naturalmente, se trata de un artificio, y no es otro que el del arte literario, asumido bajo plena conciencia de su arbitrariedad y de su capacidad de ilusión.

Henry James advirtió el juego y le reprochó su excesiva atención al método narrativo, en un artículo titulado "La joven generación" que cargaba sobre H. G. Wells su desinterés por ese aspecto, pero es indudable que el salto de Conrad abrió una nueva frontera de libertad en el género de la novela. Legitimó su tránsito en múltiples direcciones, a condición de que la verosimilitud, el encantamiento y el misterio de la experiencia sobrepongan su poder de seducción sobre cualquier protesta de veracidad.

Luchas, trabajas. La edición de estas cuatro novelas de Conrad en un solo volumen es una idea feliz y ajada por la calidad irregular de sus traducciones. Las dos primeras están a cargo de Amado Diéguez y la tercera corresponde a Ramón D. Perés. Son, como queda dicho, ripiosas. Diéguez malogra una memorable frase de Juventud con una cacofónica conjugación que mata la música de Conrad: "Luchamos, trabajamos, sudamos, casi nos matamos, a veces en efecto nos matamos, intentando lograr algo… que no logramos. Y no por nuestra culpa, sino, sencillamente, porque nada puede hacerse, ni mucho ni poco, nada en absoluto, ni casarse con una vieja solterona ni conseguir que un maldito cargamento de seiscientas toneladas de carbón llegue a su puerto de destino". Compárese con la traducción de Banda Oriental para su Club de Lectores, revisada por Heber Raviolo: "Luchas, trabajas, sudas, casi te matas, en ocasiones realmente te matas, intentando conseguir algo y no puedes. No por culpa tuya. Simplemente no puedes hacer nada, ni grande ni pequeño, nada en la vida, ni siquiera casarte con una solterona o llevar una miserable carga de seiscientas toneladas de carbón a su puerto de destino".

Agréguese esta frase de Perés en el comienzo de Lord Jim: [La confianza en sí mismo] "Parecía obedecer más bien a cierta necesidad de su temperamento, y podía presumirse que tanto rezaba aquel aire consigo mismo como con los demás", y compárese con la traducción del mismo Perés, revisada por "M. C." en la edición de Emecé: "Parecía más bien fruto de una necesidad, y aparentemente estaba dirigida tanto a sí mismo como a los demás".

La traducción de Azar está a cargo de Miguel Martínez-Lage, que prologa la edición, y es ilegible. No por el argot, sino por la llana falsificación del agudo y sincopado fraseo de Conrad en la gomosa rimbombancia española. El tono, la cadencia y hasta los precisos silencios que dieron a Conrad su maestría de escritor han sido desarbolados como los aparejos de un barco sometido a una feroz tormenta. De amor o admiración, es posible, pero demoledora.

LOS LIBROS DE MARLOW, Juventud, El corazón de las tinieblas, Lord Jim, Azar, de Joseph Conrad, Edhasa, Barcelona, 2008. Distribuye Océano, 1.014 páginas.

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Foto: El País. 
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