Cuento
CUENTOS ÚNICOS, compilados por Javier Marías. De Bolsillo, Buenos Aires, 2008. Distribuye Sudamericana, 305 págs.
EN SU MOMENTO, esta peculiar antología apareció como el número 25 de la recordada colección "El ojo sin párpado" de la editorial Siruela. Ahora reaparece, aumentada y corregida.
Su seleccionador, Javier Marías, es conocido sobre todo como novelista y como columnista del diario El País de Madrid. Pero es además un lector minucioso y un excelente traductor (en especial del Tristram Shandy de Laurence Sterne). En el prólogo hace una advertencia: "Todo título es una exageración". Pero eso no lo detiene, y plantea que lo que ha elegido han sido "cuentos únicos", ya fuera porque el autor no escribió mucho más que lo elegido en ese género (Winston Churchill, por ejemplo), o porque su fama se debió justamente a un único relato. Eso vuelve más difícil la tarea de Marías. En el segundo prólogo a esta edición, reconoce que igual se le fue la mano al incluir en el grupo a John Collier, por ejemplo, tan vastamente conocido, disfrutado y respetado por los buscadores del género entre terrorífico y psicológico como el propio Saki. Una segunda advertencia reconoce que hay un solo cuento que no es de alguien, sino de él, con seudónimo, invitando a jugar con el asunto.
La lectura se vuelve cada vez más agradecida a medida que se suceden los relatos, no solo eficaces o memorables, sino también extraños. Valga como ejemplo paradigmático "El barco que vio un fantasma" de Frank Norris, que hace estricta justicia a su título. Todos pertenecen, de una u otra manera, al "cuento fantástico o de horror o de fantasmas", apto según Marías para "ese hallazgo aislado, (...) la joya minúscula y única". Muchos de esos encuentros felices figuran en estas páginas.
Vale la pena mencionar que la misma colección ha reeditado otro libro de buscador: las Vidas escritas, donde Javier Marías ha levantado un amplio inventario de rarezas y, sobre todo, chismografía sobre grandes o pequeños autores y autoras, acompañados por excelentes fotografías.
E. E. G.
Poesía
LA POESÍA EN CAJA (o TIPOEMACA o TIPOSTALES TALES TIPOS o BONUS TRACK TIPOGRAFÍA, POEMAS & POLACOS), de Gustavo Wojciechowski (Maca). Yaugurú, 2008, Montevideo, 45 págs.
WOJCIECHOWSKI, conocido como Macachín o Maca, es poeta, ocasional novelista, diseñador gráfico, editor, integrante en la década de los `80 del grupo de "Ediciones de UNO" (fenómeno poético y cultural reconocido por buena parte de crítica literaria). Casi todas esas condiciones confluyen en el objeto que aquí se comenta. Objeto y no libro porque se trata de una caja roja que contiene dos pliegos de poesía, varias postales en las que texto y aspectos gráficos y tipográficos se conjugan para la producción del sentido, y una cartulina con los cuatro títulos alternativos del trabajo, pues en la tapa hay un espacio punteado en blanco para poner el título que se prefiera. Esta presentación supone dos riesgos de lectura. El primero es maravillarse por la novedad "formal" y no atender lo bastante al "contenido", si bien en el caso de las postales la disposición del texto y su combinación con otros elementos gráficos es buena parte de "lo que se dice". El segundo es el opuesto: avisado de que estos experimentos vanguardistas ya van para el siglo, el lector podría tomar esta caja como un intento de pasarle gato vistoso por liebre valedera. El propio Maca sabe que la novedad no vale por sí misma, y mucho menos el ansia de ser novedoso: "el viento no tiene miedo de repetirse/ pasa todas las veces que sea necesario/ puede elegir otra vez determinada tipografía para decir otra cosa o la misma sin importarle un comino tal repetición" (en: "cuando pasa el viento", primer pliego de la caja). Así pues, este trabajo se inscribe en una tradición renovadora.
El autor es consciente de que está en un país difícil para escribir y vivir en esa tesitura: "vivo en esta ciudad de este país que es un país de viejos/ lo dicen los jóvenes antes de ser viejos/ los jóvenes se aventan a irse como viento diría si no fuera tan redundante/ todos los jóvenes de esta ciudad se están yendo/ en algún momento no están/ vuelan/ vuelven viejos para decir que no hay necesidad de moverse". Así, el viento, el futuro, la novedad, terminan llegando siempre por aquí, pero tarde. Y con todo, tras decir esto tan triste, Wojciechowski, concluye el pliego afirmando que le gusta el viento.
Con eso anticipa el vitalismo de "CUERPO", el segundo pliego, en el que maneja una gran riqueza de neologismos, al modo de Vallejo, para cantarle a la evolución y a las partes de su propio cuerpo, en el mismo sentido del "Canto a mí mismo" de Whitman, pero con aires tangueros y sabio uso de juegos de palabras y conceptos, en variados registros de lenguaje. Pero en esta apoteosis del cuerpo también hay lugar para resfríos, sudores, temblores y arrugas: el poeta es optimista, pero no ingenuo.
Con las postales el lector debe tener ojo atento y cuidadoso, pues buena parte del sentido y del humor que implican se debe a la disposición de los elementos gráficos, que "leídos" al mismo tiempo que las palabras dan sentidos que no aparecen si se atiende por separado a lo gráfico o a lo verbal. De nuevo surge lo terrible (en una de las postales lo único que se entiende con cierta claridad es que "cada depresivo sabe dónde muere el día") pero es superado por lo animoso y por la apuesta a la poesía, que como consta en una de las postales, no tiene fecha de vencimiento y es necesaria como la leche de cada día.
J. de M.
Novela
LLENOS DE VIDA de John Fante. Anagrama, Barcelona, 2008. Distribuye Gussi. 157 págs.
EL PROTAGONISTA es un guionista de la Paramount. Vive en Los Ángeles en los dorados cincuenta y su esposa Joyce está embarazada. Tiene una buena casa y pese a un pasado turbio de mendigo sabe que, al menos por un tiempo, sus problemas están bajo control. Es práctico y algo sarcástico. Para ser el hijo de un pobre inmigrante, ha escalado en la sociedad estadounidense de la posguerra y lleva con decoro su nuevo papel de futuro padre. Sin embargo, un primer problema se dibuja en el horizonte del lector.
El guionista y futuro padre se llama John Fante, igual que el hoy reconocido novelista. Casi a consecuencia de esta homonimia, la casa paradisíaca en la que vive resulta abruptamente carcomida por las termitas. Tan carcomida que su esposa queda atrapada en un enorme hoyo en la cocina. No se puede demandar a nadie y el bello sueño americano huye como una bandada de palomas ante un halcón peregrino o mejor, un águila calva. Fante recurre a su padre. Albañil bebedor y rencoroso, vive con la madre del guionista en un pueblo de California.
El padre tiene otros planes para Fante. No quiere arreglar su casa, quiere construir otra y quiere un nieto. Como fatal consecuencia de este plan alternativo, acompaña a su hijo y literalmente se apropia de su vida. Lo empantana en la niñez, lo obliga a escribir una historia inverosímil sobre un ancestro asesinado por bandoleros en Italia y lo enfrenta a sus pecados de juventud.
La novela resultante de este juego de coincidencias es bella como una alegoría y efectiva como una ametralladora, una sátira de las permanentes escrituras que los hombres hacen de sus mitos, incluidos narrador y personaje. Como portavoz de una aviesa teoría narrativa Fante declara: "yo, el hacedor de palabras, y las páginas de mi alma estaban en blanco, sin escribir, y las pasaba una tras otra en busca de una oración rimada, de una frase cualquiera que expresara el hecho de que en aquel lugar no pensaba en impuestos ni en seguros, y mi agente, mi vecino y mi amigo adquirían una existencia un tanto incorpórea, se impregnaban de espiritualidad, de belleza; eran entidades y no seres, eran almas y no unos canallas".
Á. O.