Jorge Abbondanza
HACE SIETE décadas, cuando las tropas alemanas cruzaron la frontera polaca, el mundo inauguraba un cataclismo de tal magnitud que no fue comparable a ningún otro en la historia del hombre. El tiempo que ha corrido desde entonces parece más largo en términos políticos que cronológicos, porque ha sido un período en el cual se estiraron los cuarenta años de guerra fría, se desintegraron los imperios coloniales, creció el miedo nuclear, las superpotencias compitieron en su carrera al espacio, hubo revoluciones caribeñas e indochinas, se desmanteló el socialismo real capitaneado por la URSS, se expandieron las tibiezas de la socialdemocracia, se aglutinó una Europa nuevamente rica y China inventó el comunismo capitalista que le ha dado fama y fortuna, aunque no tolerancia.
Pero todo eso ocurrió así porque en un momento de grandes decisiones, que puede situarse en 1940 y 1941, media docena de hombres adoptó ciertas medidas que cambiaron el rumbo de los grandes países. Los viejos de hoy son guardianes de la memoria sobre aquella etapa, pero los jóvenes no tienen mucha idea, porque a menudo ignoran que la realidad en la cual viven es la consecuencia directa de los barquinazos de hace 67 años. Han oído hablar de la Segunda Guerra Mundial, pueden saber quiénes eran Hitler y Mussolini, no siempre están enterados del papel que jugó Stalin y sólo en contados casos ubican a dirigentes como Churchill y Roosevelt, por no hablar de Hirohito. Pero esos individuos, entre algunos otros, determinaron una encrucijada que comenzó en mayo de 1940 y culminó en diciembre de 1941. La sabiduría de un historiador inglés llamado Ian Kershaw -medievalista luego volcado al estudio del Tercer Reich- consiste en escoger esos dos años para reflexionar sobre las alternativas que se abrieron entonces ante la actuación de los grandes líderes políticos y los caminos por donde circuló la cautela de algunos y la megalomanía de otros, hasta dar vuelta el guante de la historia.
En este caso, Kershaw aparece como siempre equipado por una erudición abrumadora y una capacidad de investigación inagotable. Allí radica la masa de información a partir de la cual mide los márgenes de maniobra de que disponían los gobiernos de aquella época. No se trataba de una situación cualquiera a escala internacional, sino de un momento extraordinario. La guerra europea se había declarado en setiembre de 1939, los alemanes no sólo habían anexado Austria y Checoslovaquia sino que habían conquistado Polonia y también ocupado Noruega, Dinamarca, Bélgica y Holanda, al margen de lo cual iban a derrotar a Francia. También Gran Bretaña podía ser invadida y ese riesgo era capaz de empujarla a una negociación con Alemania, considerando que había quedado sola en su enfrentamiento con la máquina militar de Hitler y que éste tenía las espaldas protegidas por el pacto con la Unión Soviética, un acuerdo que en agosto de 1939 había dejado al mundo entero pasmado.
UNA CRISIS. Lo que baraja Kershaw en su libro es el dilema que enfrentaron las autoridades británicas en esa emergencia de la vida nacional, mientras la caída de Francia las despojaba de su aliado mayor y se avecinaban las batallas aéreas que disputarían el dominio del Canal de la Mancha, como antesala de un operativo anfibio que la Wehrmacht ya preparaba y podía aplastar a Inglaterra. A fines de mayo de 1940, el Gabinete de Guerra discutió en Londres durante tres días las perspectivas que tenía por delante, la más viable de las cuales era abandonar el combate y aceptar un tratado con Alemania. Pero el impulso del flamante primer ministro Winston Churchill mantuvo al país en su lucha contra el nazismo, una decisión que condicionó todo lo que ocurriría después, aunque aquel gabinete estaba al borde del abismo y estuvo a punto de ocurrir lo contrario.
El truco más seductor del libro se apoya en ese what if. Qué habría sucedido si Hitler no hubiera invadido la Unión Soviética en junio de 1941, con lo cual sus efectivos militares podrían haberse concentrado en la conquista de la isla británica, dando un vuelco a la guerra difícil de calcular. Qué habría pasado si en los meses siguientes Estados Unidos no hubiera resuelto el embargo de petróleo y materias primas a Japón, una medida enardecedora del nacionalismo que el 7 de diciembre de ese mismo año desembocó en el bombardeo a Pearl Harbor. Qué habría ocurrido si Italia no decidía entrar en la guerra en junio de 1940 y luego no optaba por invadir Grecia, una campaña que fracasó obligando a los alemanes a auxiliar a su aliada en los Balcanes, lo cual demoró la invasión de la URSS durante semanas quizá fatales. Qué habría sucedido si Stalin no hubiera decretado las purgas de 1937-38 contra la oficialidad superior del ejército soviético, debilitándolo así para enfrentar la embestida alemana que llegó tres años después. Qué habría pasado si Hitler no declaraba la guerra a Estados Unidos el 11 de diciembre de 1941, una decisión suicida que precipitó muchas otras cosas, entre ellas la conferencia de Wannsee en enero de 1942 donde se planificó el genocidio contra los judíos.
El vuelo de esas alternativas imaginarias, que sin embargo pudieron darse, resulta por momentos apasionante para el lector que disfruta con los pliegues de la historia, aunque también era un terreno resbaladizo. Pero con una sensatez ejemplar, Kershaw tantea cuidadosamente la capacidad operativa que tenían los dirigentes en aquellos cruces de caminos y saca de ello prudentes conclusiones. Sería muy fácil especular con una eventual victoria del Tercer Reich sobre un Imperio Británico doblegado, suponer lo que pudo acontecer si Japón se lanzaba contra las regiones orientales de la URSS aprovechando el ataque alemán de 1941, en lugar de avanzar sobre el sudeste asiático como realmente ocurrió, o calibrar lo que habría pasado en el Mediterráneo si Mussolini aceptaba en 1940 las propuestas de las potencias occidentales que pudieron pasar a Italia al otro bando. Menos fácil es en cambio lo que hace Kershaw: medir las condiciones internas (económicas, ideológicas, estratégicas, políticas) que cada gobernante enfrentaba en su país, confrontar la posición de ese país en un endiablado tejido internacional, agregar a ello el carácter de los diferentes regímenes y extraer así el arco de posibilidades que se abrían en cada caso.
MUCHOS DRAMAS. Por eso Decisiones trascendentales resulta tan atrayente. Toma en cuenta el peso de corrientes menos visibles que el liderazgo de las personalidades mundiales, un área casi oculta en la que figura por ejemplo el sentimiento aislacionista de un sector de la opinión pública norteamericana, dominada en aquel momento por la obsesión de mantener al país al margen de una guerra que consideraba remota y europea. Esa fuerza condicionó no sólo la actitud del Congreso sino también los pasos que daba Roosevelt en su empeño por asistir a Inglaterra con medidas que desbordaban la neutralidad de Estados Unidos, desde la entrega de cincuenta destructores hasta la ley de Préstamo y Arriendo que facilitó otras concesiones al esfuerzo de guerra británico. En ese delicado ajedrez de la historia, Kershaw también toma en cuenta el peso del militarismo japonés, que influyó sobre el protocolo cortesano de las conferencias celebradas en presencia del emperador, hasta torcer su ritual en favor de una guerra que estaba perdida de antemano.
En el caso alemán, el capítulo final del libro examina el proceso del nazismo hacia la instrumentación del exterminio de los judíos, y lo hace con el debido detenimiento. Señala ante todo el empuje de un antisemitismo que el régimen nazi heredaba de la Alemania del siglo XIX y que no debe faltar como punto de referencia en ninguna indagación del fenómeno, inseparable del disparatado ensueño de una nación racialmente pura. Hacia 1940, la mayoría de los alemanes estaba en contra de un genocidio, pero apoyaba en cambio la política antijudía del gobierno. Ese doblez permite entender lo que ocurrió antes (las Leyes de Nuremberg en 1935, la Noche de los Cristales en 1938) y sobre todo lo que pasó después, con las brigadas exterminadoras de las SS a partir de la invasión de la URSS y el establecimiento de los campos de la muerte en una Polonia ocupada, que funcionarían desde 1942. Las cámaras de gas no fueron más que la desembocadura macabra de un impulso que ya estaba latente en los dirigentes, cómplices y auxiliares del nazismo. No todo empezó ni terminó con Hitler.
La versión española del libro de Kershaw es en general pulcra, con tropiezos. La traductora llama "oficiales" a quienes debería denominar "funcionarios" o "jerarcas" y cae algunas veces en una redacción enredada, como en la pág. 271: "Otros no encontraban razones para no creer que Gran Bretaña sería incapaz de seguir resistiendo". La frase permite evocar una broma del viejo colega Mauricio Müller, que en el Montevideo de 1950 invitó a sus amigos a una reunión en su casa y se despidió diciéndoles: "No dejen de no venir".
DECISIONES TRASCENDENTALES de Ian Kershaw. Ediciones Península. Barcelona, 2008. Distribuye Océano. 760 págs.