Virginia Martínez
CONSIDERADA entre las grandes escritoras de viaje del siglo XX, Annemarie Schwarzenbach también ejerció el periodismo, la fotografía y trabajó como arqueóloga. Dejó siete libros publicados, entre los que se cuentan un Diario de viaje, una biografía y tres novelas. Pero no toda su obra vio la luz: una parte se perdió y otra -el Diario personal y cientos de cartas- fue quemada por la madre, que la juzgó inconveniente y escandalosa.
Durante mucho tiempo, el estatuto de Annemarie en la literatura europea no sobrepasó el rango de mención frecuente en el Diario personal de Thomas Mann y en el de su hijo Klaus, o de nota al pie en alguna biografía. No se la consideraba escritora por derecho propio, sino flor rara, ser extraño y de equívoca belleza. Un talento que la adicción a la morfina y la muerte prematura habían malogrado.
Su reconocimiento es relativamente reciente y se le ha otorgado con el entusiasmo que biógrafos y críticos confieren a escritores olvidados o de descubrimiento tardío. En 1989 Nicole Müller y Dominique Laure Miermont publicaron la biografía L`ange inconsolable. En 2001, los hermanos Donatello y Fosco Dubini recrearon uno de sus incontables viajes en el largometraje El viaje a Kafiristan. La aparición de textos perdidos impulsó a Miermont a realizar un segundo retrato biográfico, Annemarie Schwarzenbach ou le mal d`Europe (2004). En fecha más reciente, Anagrama publicó la biografía novelada Ella, la tan amada (2006) de la italiana Melania Mazzucco. Estudios académicos, seminarios y exposiciones fotográficas parecen anunciar la resurrección de esta escritora y viajera que hizo del tormento interior motivo de inspiración.
Madame la generala. A principios del siglo XX, los Schwarzenbach eran dueños de un imperio textil que tenía centro en Suiza, filiales en el resto de Europa y Estados Unidos y empleaba a trece mil trabajadores. La madre de Annemarie descendía del canciller Bismarck y, en honor a la tradición familiar, sometió a hijos y sirvientes a una disciplina que justifica el sobrenombre que se ganó: la generala. Renée Schwarzenbach adoraba la equitación, la fotografía, la música e imponerse a los demás. Esto último quizás explique que se las haya arreglado para obligar a su marido a aceptar la indisimulada amistad amorosa que la ligó durante treinta años a una cantante lírica alemana.
Annemarie nació en Zurich y fue la segunda de cuatro hermanos. Desde pequeña, alentada por la madre, mostró una conducta varonil. Vestía pantalón y botas de montar, y anunciaba a voz en cuello que seguiría la carrera militar.
Bajo pretexto de cuidarla de una escarlatina mal curada, Renée decidió no enviarla más a la escuela. Mientras sus hermanos tenían amigos y salían al mundo, Annemarie vivía recluida en la mansión familiar, estudiando con una preceptora, disfrutando -o a merced- del cariño de mamá. Annemarie no pudo desprenderse de esa relación de dominio y dependencia ni siquiera cuando se hizo adulta. Pasaba del amor al odio pero siempre, tras desgarradores arrepentimientos, volvía a la madre.
En 1929 se inscribió en la Sorbona para continuar los estudios de Historia y Literatura que había iniciado en la Universidad de Zurich. En París descubrió la bohemia artística y la distancia que la separaba de sus nuevos amigos, emigrados rusos la mayoría, pobres todos. Annemarie no conocía las privaciones, sí la angustia espiritual, que era de otra naturaleza. Cruzaba la ciudad al volante del auto regalado por el padre, vestía con elegancia y tenía modales refinados. Los amigos la llamaban "Alteza real".
Los hijos del Mago. En 1930 conoció a los inseparables hermanos Mann, con quienes empezó una amistad que se prolongó hasta el fin de su vida. Los muchachos vivían en Berlín y su padre Thomas - "el Mago" lo llamaban ellos- había ganado el Premio Nobel de Literatura el año anterior. Extrovertida y audaz Erika; retraído y frágil Klaus, el carácter de ambos le atrajo de inmediato. Se identificó con Klaus y se enamoró de Erika.
Thomas y Katia Mann recibieron calurosamente a la suiza y a poco de conocerlos, Annemarie era habituée de las cenas familiares. En Cambio de rumbo, Klaus evoca el primer encuentro de su padre con la suiza: "El Mago, que la miraba de reojo con una mezcla de inquietud y placer, terminó por decir: `Es curioso: si usted fuera un muchacho se diría que es de una belleza extraordinaria". El comentario es un perfecto retrato de la belleza andrógina y ambivalente de Annemarie, tan parecida a la del joven Tadzio de La muerte en Venecia.
En 1931 publicó Los amigos de Bernhard, su primera novela. La obra tenía mucho de autobiográfico: un muchacho de familia rica se empeña, contra la voluntad de los padres, en seguir la carrera de pianista. Desarraigado y sin esperanza decide abandonar la vida de lujo en París para emprender un viaje sin rumbo, liberador. Hermética, intimista y con una trama insustancial para el sombrío escenario de una Alemania marcada por la desocupación y el ascenso del nazismo, la obra no tuvo eco ni buena crítica.
Veneno. Después de obtener el título universitario comenzó a trabajar en una nueva novela que sus biógrafos dan por perdida. La tensión con los padres se hizo tan insoportable que directamente dejaron de hablarse.
Carl J. Burckhardt le propuso realizar un trabajo de investigación en Berlín, que la salvó del infierno familiar y fue irreprochable coartada para abandonar Zurich. Desde los años `20 Berlín era la capital de la homosexualidad europea y tenía una atractiva vida nocturna en la que, a salvo de la mirada materna, Annemarie se internó con la curiosidad de quien entra en territorio liberado. De traje y corbata, pelo ala garconne, delgada y altísima, su aparición en los bares de gays y lesbianas tenía algo sobrenatural. Una amiga describió ese período: "Vivía peligrosamente. Tomaba demasiado. Jamás se acostaba antes del alba. Estaba muy ligada a una joven mujer fría y cínica que era moza en un bar (…) y que trataba mal a todo el mundo".
Con los Mann se inició en el consumo de drogas. Para Erika la morfina era un placer social; para Klaus y Annemarie un intento de evasión. Pronto, como Klaus, se hizo adicta. Mezclaba alcohol, anfetaminas y sedantes. Se estimulaba y se deprimía. Los dos amigos se prometían abandonar el "veneno" pero cuando no lo hacían juntos, engañándose, consumían en solitario. Annemarie nunca logró cortar la dependencia y aunque decenas de veces inició curas de desintoxicación, siempre volvió a caer.
Compromiso y fuga. El incendio del Reichstag y el triunfo del nazismo en las elecciones legislativas derrumbaron los últimos obstáculos para que Hitler se alzara con el poder. Annemarie entendió que tenía un compromiso urgente: oponerse al nacionalsocialismo. De esa convicción nació la idea de crear una publicación antifascista. Propuso a Klaus y a su gran amigo el periodista Claude Bourdet -quien después se unió a la resistencia, sobrevivió a Buchenwald y fue destacado político de la izquierda francesa- integrar el consejo de redacción. Comenzó a buscar el apoyo financiero necesario y, con sorprendente ingenuidad, recurrió al padre. Como era de esperar, Schwarzenbach se negó a colaborar y la exhortó a sumarse a las filas del nuevo espíritu alemán en lugar de dedicarse a una revista.
En setiembre de 1933 salió el primer número de Die Sammlung. La revista se editó dos años y en ella colaboraron Bertolt Brecht, Joseph Roth, Ernest Hemingway, Boris Pasternak y Jean Cocteau, entre otros. El nombre de Annemarie no figuró en el equipo de redacción ni entre los colaboradores. De hecho, sólo escribió dos reseñas literarias y un tercer artículo fue retirado -a su pedido- antes de la publicación. Razones personales explican el alejamiento de una empresa nacida a su impulso. Por un lado la eterna y nunca resuelta dependencia de los padres: "No puedo existir sin el esfuerzo continuo de entenderme con ellos, con su vida", le escribió a Bourdet a manera de explicación. Luego, casada con el diplomático francés Claude Clarac, temió que la aparición de su nombre en una publicación opositora perjudicara la carrera del marido.
La biografía de Dominique Laure Miermont insiste en pintar a Annemarie con trazos definidos por la lucha contra el nacionalsocialismo. Sin embargo ni su trayectoria ni su obra son los de una escritora política. Opuesta al nazismo por ideas propias y amistades, también fue sensible a la cuestión social y amiga de judíos en tiempos de persecución, pero eso no es suficiente para volverla creadora comprometida como sí lo fueron los hermanos Mann. En 1932 la intervención en un acto de la Liga Internacional por la Paz y la Libertad, le valió a Erika ser objeto de una furiosa campaña de la prensa nazi. Un año después abrió en Berlín su cabaret político literario antifascista, "El molino de pimienta", que luego reabrió en el exilio, en Suiza y Estados Unidos. Ese mismo año Annemarie inició un largo viaje por Oriente.
Hacia Oriente. Contratada por el semanario Zürcher Illustrierte durante siete meses recorrió Beirut, Damasco, Estambul, Bagdad, Jerusalén, Teherán. Llevó un diario de viaje publicado con el nombre Invierno en Cercano Oriente. La obra, ilustrada por fotografías, tenía un estilo de forzada objetividad. Al menos una parte de lo vivido era imposible de contar: las escapadas en compañía de prostitutas, la droga, las borracheras, los terrores nocturnos.
En Teherán conoció a Claude-Achille Clarac, secretario de la Embajada francesa. Clarac le propuso matrimonio. Annemarie aceptó bajo tres condiciones: no renunciar a su libertad, a la amistad con los Mann ni al trabajo literario. En 1934 se casaron en la Embajada. Seis meses después, cansada de la "estúpida vida mundana" de la comunidad diplomática, que aceptaba solo por lealtad a Claude, quería volver a Berlín.
Encontró consuelo en la joven hija del embajador turco. Fue una relación intensa y breve pues Yalé, enferma de tuberculosis, murió meses después. De esa etapa de su vida quedaron dos obras, La muerte en Persia y El valle feliz. Años después Clarac reflexionó sobre su relación con Annemarie: "No sentía ninguna necesidad de mí; yo estaba ligado a ella por uno de esos sentimientos que inspiran las peores imprudencias. (…) Era hermosa, brillaba con un encanto natural al que era imposible resistirse. Sus dotes, su inteligencia, su distinción social la colocaban en un plano de superioridad que esfumaba mis prudencias de pequeño burgués".
En 1935 regresó a Suiza y comenzó un tratamiento de desintoxicación. Describió a Klaus los horribles padecimientos físicos y psicológicos de la abstinencia. A la salida de la clínica alquiló una casa en Sils, cerca de Saint-Moritz, a la que no dejaría de volver hasta su muerte. Pronto debió ser nuevamente hospitalizada a consecuencia de una sobredosis.
En setiembre de 1936 desembarcó en Estados Unidos para realizar una serie de reportajes junto a la fotógrafa Barbara Wright. Fue una etapa de intensa producción que se tradujo en decenas de artículos sobre la era Roosevelt, la realidad de los trabajadores, la organización obrera y el racismo de los Estados del sur.
En 1938 volvió a Europa. Pasaría en total más de diez meses en tratamiento, con internaciones cada vez más prolongadas. Consciente del riesgo en que se encontraba, Annemarie redactó su testamento: legaba sus manuscritos a Erika y pedía a su amiga Anita Forrer que entrara antes que nadie en el refugio de Sils para rescatar sus papeles personales. A las dos correspondía el derecho a juzgar qué podía ser publicado.
Tierra de agonía. Poco después de la firma del pacto de no agresión germano soviético, Annemarie y la escritora Ella Maillart llegaban a Kabul. Contratadas por el Zürcher Illustrierte y revistas inglesas, se proponían, además, realizar un trabajo para el museo de Zurich. Amigos comunes habían advertido a Ella que no llegaría lejos con una compañera tan desequilibrada, pero el encanto y la inteligencia de Annemarie lograron vencer toda resistencia. Seguramente la escritora recordó las advertencias cuando Annemarie enfermó de bronquitis, cayó en la depresión y, enloquecida por la abstinencia, rompió las ventanas de la habitación amenazando suicidarse. Las noticias que la esperaban en Zurich no eran buenas: la familia Mann se exiliaba en Estados Unidos y la empresa Schwarzenbach estaba en crisis. En 1940 conoció a Margot von Opel, mujer del empresario de automóviles Fritz von Opel. Opuesto al nazismo, Opel había vendido parte de sus acciones a la General Motors y también emigraba a Estados Unidos. Annemarie decidió acompañarlos.
El infierno. La situación política y la vida personal iban cada vez peor. La angustiaban las noticias de Europa pero aunque se lo propuso, fue incapaz de sumarse a la actividad de Klaus y Erika en el comité de rescate a los detenidos en los campos de concentración de Gurs y Vernet. Por otro lado, los hermanos rechazaban su entorno y en particular a Fritz von Opel, a quien consideraban apenas un tibio antinazi.
Dos semanas después de llegar a Nueva York, bajo el efecto de la droga y la bebida, tuvo un incontrolable ataque de ira. Vivía encerrada, fumando y se negaba a comer. Una noche intentó estrangular a Margot. En carta a Klaus dio una versión menos truculenta del desastre: "En todo caso, para los otros, y para Margot, una sola cosa está clara, a saber, que no soy apta ni estoy dispuesta a vivir con alguien ni amarlo". Hería y después buscaba protección. Se nutría del conflicto.
En los peores días de Nueva York conoció a Carson McCullers. La escritora tenía 23 años, acababa de publicar El corazón es un cazador solitario y se la tenía por la revelación literaria del año. Carson descubrió en Annemarie a su otro yo: las dos eran novelistas, vestían como muchachos y les encantaba la música. Carson se rindió ante Annemarie. Años antes, a ella le había sucedido lo mismo con Erika -amor fulminante- pero ahora no estaba en condiciones de establecer relación con nadie. Vagaba llorando por las calles de Nueva York y perdía la elocuencia y el encanto tras el primer vaso de whisky.
En diciembre de 1940 Margot logró convencerla de ingresar en una clínica psiquiátrica de Greenwich, de donde fugó días después. Cuando Carson acudió en su ayuda vivió una escena terrible: desesperada, Annemarie reventó el teléfono contra las paredes, se encerró en el baño y se cortó las venas. Internada con chaleco de fuerza salió del hospital prácticamente "deportada".
La caída. De vuelta en Suiza, la familia le ofreció dinero para que dejara el país. Se embarcó en un navío portugués con destino a África. Recorrió el Congo, Marruecos, Uganda y Ruanda. Tras meses de inactividad, volvió a escribir para la prensa suiza y terminó Milagro del árbol, largo texto que, como era habitual, alimentó con vivencias propias.
En mayo de 1942 se reencontró con Claude, por ese entonces diplomático del gobierno de Vichy en Marruecos. Annemarie quería afincarse en un sitio y dedicarse a escribir. Por primera vez -dijo- se sentía capaz de vivir junto a Claude y responder a las exigencias de su profesión.
La tarde del 6 de setiembre salió con amigos a pasear por Sils en un carro tirado por caballos. Se cruzaron con una amiga que venía subiendo la cuesta en una bicicleta vieja y arruinada. Annemarie le propuso cambiar de vehículo para probar las habilidades de la infancia cuando se lanzaba pedaleando a toda velocidad con los brazos cruzados sobre el pecho. Metros más adelante voló de la bicicleta y se golpeó con una piedra. La internaron inconsciente con una gran herida en la cabeza. Recuperó la conciencia pero no reconocía a nadie. Su estado era deplorable: se arrastraba por el piso, no podía caminar ni alimentarse sola. Renée Schwarzenbach la trasladó a Sils, contrató dos enfermeras y prohibió que la vieran. Una amiga logró llegar hasta la casa y se indignó por el trato brutal que le daban las enfermeras. Murió dos meses después del accidente. Al día siguiente la madre fotografió a Annemarie muerta, la enterró casi en secreto en el cementerio de Zurich y se llevó sus papeles. Enterada de que la escritora le había legado su obra, Anita Forrer reclamó los manuscritos. Antes de entregarlos, Renée quemó casi toda la correspondencia. Anita se encargó del resto: juzgó sin valor las pocas cartas que habían escapado al fuego purificador de la generala y las tiró. También -difícil imaginar albacea más torpe- le entregó a Renée su Diario personal. Como es de suponer, tras la lectura Renée se negó a devolverlo. La abuela materna de Annemarie participó en la destrucción de los papeles. En una carta áspera y de acento militar justificó la decisión: "Asumo enteramente la responsabilidad, siempre encontré que era una bajeza remover el barro y las cosas desagradables. Créame, estimada señora Anita, es así. Hay ya demasiados `locos` rumores".