Álvaro Buela
LAS FOTOGRAFÍAS lo muestran con pocos cambios a través de los años. A los 30 o a los 70, Louis B. Mayer (1884-1957) exhibía la misma semisonrisa enigmática, único rasgo piadoso en un rostro inexpresivo y casi espectral. Detrás de los anteojos redondos se adivina una mirada endurecida por las privaciones de la infancia y los trajes a medida no disimulan cierta tosquedad intrínseca, propia de un emperador bastardo o de alguien a quien el destino le ha deparado un esplendor inmerecido. Nada en esa estampa poco agraciada permite adivinar al visionario, el megalómano, el fabricante de paraísos artificiales y el asalariado mejor pago de los Estados Unidos que, en su pico de gloria, realmente fue. Mucho menos se vislumbra el manipulador mezquino que los testimonios de casi todos los que lo conocieron dejaron para la posteridad.
Como director ejecutivo de Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), "L.B." -su sobrenombre de entrecasa- contribuyó a diseñar el paradigma del cine como espectáculo y se empeñó en dotar al estudio de sus señas de identidad: un sistema aparatoso y distinguido, a menudo poblado de íconos populares y siempre atento a la perfección técnica. Convencido de que "(en) el negocio del cine tenemos la gran responsabilidad de llevar a la pantalla entretenimiento sano (y) saludable", orientó la producción hacia el terreno familiar y sentimental que hoy podría catalogarse de kitsch, salvo cuando se trataba de films musicales, género para el cual el estudio no tuvo competencia alguna, ni siquiera la del tiempo.
PODER ABSOLUTO. El verdadero talento de Mayer, sin embargo, se plasmó en la fundación, la proyección y la gerencia de una empresa colosal que en Hollywood albergaba sets kilométricos y edificios de oficinas, parques, peluquerías, centros de diversión y hasta el zoológico donde residían los sucesivos leones que adornaron la marca institucional. A ello había que adosarle las filiales en Europa, en especial la de Gran Bretaña, y las numerosas salas de exhibición que la Metro abrió a escala mundial, incluyendo la de Montevideo, inaugurada en 1936.
Tres años después de la muerte de Mayer, en 1960, se había editado en Estados Unidos un libro del crítico Bosley Crowther que lo retrataba de modo impiadoso, enfatizando sus aspectos ruines y autoritarios, que eran muchos y notorios, aunque el autor reconocía su obvia inteligencia para los negocios: "Escribí sobre un monstruo, de acuerdo, pero si me hiciera ganar tanto dinero como la criatura de Frankenstein, estaría absolutamente satisfecho". Una nueva biografía, El león de Hollywood, escrita por Scott Eyman, aspira a matizar la mala fama ubicando a Mayer en el contexto de otros monstruos, muchos de ellos creados por él mismo en el opulento escenario del Hollywood de los años 30 y 40.
En contraposición con sujetos de la calaña del inescrupuloso Nick Schenck (jefe y eterno rival), del cuasi gangster Eddie Mannix o del ultraderechista Robert Taylor, Mayer se perfila como un liberal moderado y honesto, aun cuando su modus operandi era el chantaje y su pensamiento sintetizaba el estereotipo del reaccionario. Incluso la comparación con el recordado Irving Thalberg (responsable de la supervisión artística del estudio hasta su prematura muerte, en 1936) permite a Eyman arrojar una opinión benévola sobre su biografiado, aduciendo que éste poseía algunos grados menos de codicia y que "ninguno de los hombres podría haber logrado la mitad de lo que lograron juntos, pero Hollywood siempre ha creído en los héroes y los villanos, tanto fuera como dentro de la pantalla. Física y emocionalmente, Mayer fue encasillado en el papel del malo".
En cuestión de pocos años había ascendido de chatarrero del sur de Canadá a exhibidor de Massachusetts y, desde 1918, a dueño de una pequeña productora en una Hollywood aún aldeana. Cuando en 1924 la cadena Loew`s adquirió un par de compañías en quiebra, Metro Pictures y Goldwyn Company, las fusionó en una nueva empresa y contrató a Mayer para gestionarla, integrándolo además como socio minoritario. De ese modo, el "Mayer" incluido en el nombre del flamante estudio era más una deferencia al promisorio gerente que un reconocimiento a su aporte económico. Bajo su dirección la MGM creció exponencialmente, sobrevivió sin grandes percances la crisis del año 29 y se perfiló como el más fastuoso y conservador de los estudios. Mayer aplicó una administración paternalista que lo tenía como centro de las decisiones fundamentales, ya fuera para involucrarse en una superproducción, cortar sin miramientos una película que se fuera de control (Avaricia, de Von Stroheim) o despedir a una vieja estrella en decadencia (John Gilbert).
Tal concentración de poder generó una serie de vicios, entre los que estaban los favoritismos injustificados, el florecimiento de informantes y un clima interno de suspicacia que se agravó luego de la muerte de Thalberg. En lugar de sustituirlo con un nuevo director de producción, Mayer rediseñó el plantel propiciando la competencia entre los ejecutivos y reservándose las decisiones finales. Reafirmaba así la política predominante de MGM como estudio de productores. En cuanto a los directores, quienes lograron sortear la burocracia del estudio (Cukor, Minnelli) lo hicieron en base a talento propio y a maniobras más astutas que el sistema, mientras que otros salieron disparando (Hawks, Mankiewicz, Kazan). Los directores protegidos por la empresa eran, en general, pusilánimes sin brillo del tipo de Edmund Goulding o Clarence Brown, pero ni siquiera ellos se acercaban remotamente al poder de productores como Edwin Knopf, Sidney Franklin o el brillante Arthur Freed.
FUERA DE ÉPOCA. La biografía de Eyman no sólo sigue de cerca los movimientos e intrigas de Mayer dentro de MGM sino también en su propio hogar, donde no tuvo el mismo éxito. El predicador de los valores familiares, el honor patriótico y los buenos sentimientos tenía puertas adentro un pequeño infierno, conformado por una mujer depresiva -a la que abandonó a cambio de una abultada suma- y dos hijas que se detestaban entre sí. Una de ellas, Edie, jamás le perdonó el abandono de su madre y ni siquiera fue a verlo a su lecho de muerte. La otra, Irene, era la favorita de Mayer y estuvo cerca de él hasta la última hora, pero cuando tuvo que aconsejar a su esposo de entonces, el productor independiente David O. Selznick, sobre una eventual asociación con su padre, lo desestimuló con firmeza.
Llevaba veintisiete años al frente de la empresa cuando se vio forzado a renunciar por falta de apoyo e incompatibilidad con Dore Schary, el director artístico designado por Schenck. A esa altura, sus ideas y su olfato para detectar los gustos masivos ya estaban desfasados y la pesada burocracia que había implantado en el estudio se volvió insostenible. Así como el conservadurismo de Mayer había significado que, décadas antes, MGM fuera el último estudio en acoplarse al cine sonoro, también implicó que fuera el último en adaptarse a la era de la televisión y al recambio de público en los años 50. Su visión idealizada de los Estados Unidos, que tan hondo había calado dentro y fuera del país, se volvió un decorado obsoleto y vacío. Pasó sus últimos años intentando volver al ruedo de manera independiente con proyectos grandilocuentes pero no volvió a producir ninguna película ni descubrió ninguna nueva estrella.
Había algo en Mayer que conjuraba lo grandioso pero destruía la escala humana. Era un Napoleón del imaginario popular que, por otra parte, conservó la madurez emocional de un niño y la visión política de un hombre de las cavernas. Sus películas favoritas eran las comedias sentimentales de Andy Hardy, protagonizadas por Mickey Rooney y Judy Garland, y su único credo político era el anticomunismo más obtuso, lo que lo llevó a una postura vacilante ante el nazismo y, más tarde, a colaborar con la caza de brujas del senador McCarthy. Por más empeño que ponga Eyman en mostrarlo bajo una luz favorable, la imagen de L.B. nunca se redime de su vulgaridad ideológica y su insondable ruindad.
EL LEÓN DE HOLLYWOOD. LA VIDA Y LA LEYENDA DE LOUIS B. MAYER, de Scott Eyman, Debate, Barcelona, 2008. Distribuye Sudamericana. 720 págs.