Los perseguidos

Jean Duvignaud, una especie de genio, escribió Sociología del teatro para que yo descubriera la literatura que me importa y para otros fines que no me importan en absoluto. Lo único importante es que gracias a Duvignaud, esa especie de genio, descubrí por qué me fascina el teatro de Büchner, Kleist y Lenz (y por qué me aburre el de Goethe y Schiller).

Georg Büchner, Heinrich von Kleist y Lenz fueron los creadores de lo que Goethe, siempre despectivo, llamó el "teatro invisible". Los tres, por supuesto, enemigos directos o indirectos de Goethe, fracasaron estruendosamente: Büchner murió a los veintipocos años, Kleist se suicidó y Lenz perdió la razón, tragedia esta última sobre la que Büchner escribió una breve, incompleta e inmortal nouvelle titulada precisamente Lenz, influyendo buena parte de la narrativa moderna. En realidad tanto Büchner como Kleist y Lenz fueron "adelantados" que en lugar de abandonarse a la "sublimación poética", a la retórica, a la palabrería hinchada e insoportable de un Goethe, presentaron "situaciones": en La muerte de Danton o Woyzeck de Büchner hay "situaciones", no discursos, como las hay en Los soldados o El preceptor de Lenz, o en El príncipe de Homburgo o Pentesilea de Kleist. "Las situaciones de esas obras son voluntaria y sistemáticamente simples: se reducen todas ellas, y es el rasgo que las une, al análisis de una persecución social". Danton es perseguido y aniquilado como Woyzeck, pero todavía no estoy listo para hablar del gran Büchner y ya hablé del gran Kleist en otra columna. Hoy quiero concentrarme en el pobre e inofensivo Reinhold Lenz (1751-1792), cuyas obras rescatadas para el siglo XX por Brecht (El preceptor) y Kipphardt (Los soldados) ilustran admirablemente tres temas modernos si los hay: la humillación, la persecución, la aniquilación.

De sus humillantes experiencias como preceptor, especie de criado que educaba a los hijos de los nobles, Lenz destiló la obra que para Brecht era "el abecé de la miseria alemana". El preceptor, con el loable fin de no verse tentado por sus discípulas, de una clase superior e inalcanzable, termina castrándose y recuperando la "felicidad". En Los soldados el humillado y perseguido es un trabajador enamorado de una muchacha de su clase seducida por un oficial noble y, luego, por sus amigotes. El trabajador, el cornudo, silencioso, sufre las constantes burlas de los soldados hasta que se venga. No hay explicaciones, no hay charlatanería; hay "situaciones" en su más terrible desnudez. Tuvieron que pasar 150 años para que la genialidad de este loco, muerto en la calle como un pordiosero, fuera reconocida.

Felipe Polleri

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